Capítulo 8

998 Words
Han pasado seis semanas desde que decidí empezar con esta locura en compañía de mi mejor amiga, Hellen. ¿Y saben qué? No me arrepiento de nada. Esta fue la mejor decisión que pude haber tomado. Mi cuerpo podrá sentirse como carne molida, pero mi corazón late fuerte y vibrante con la convicción de que estoy en el camino correcto. —Hellen, ¿cómo te sientes? —pregunté, mirando desde abajo a la mujer que yacía rendida sobre una silla—. ¿Hellen? —No —gruñó. —¿No qué? —pregunté, curiosa por su respuesta. —No me preguntes más nada —respondió con tono de queja—. Que si alguien me pregunta de nuevo cómo me siento, voy a tener ganas de cambiar de cuerpo, para que vea que así como me veo es como me siento en este momento —dijo, jalando su rostro hacia abajo con ambas manos, deslizándolas lentamente sobre él. Su expresión era tan trágica que cualquiera pensaría que acababa de correr una maratón de tres días seguidos. —Pobre mi niña, está agotada de ser explotada laboralmente en un turno de diez horas —dije también quejándome—. ¿Quién quiere ir por una noche de diversión para distraer esta mente cansada y estresada de tanto trabajo? Hellen levantó apenas una ceja, sin mover el resto del cuerpo. —Si la diversión incluye dormir ocho horas seguidas, me apunto. Definitivamente también me apuntaría a algo así —reí desde adentro—. Yo pensaba más en algo como pedir un balde de pollo frito picante, té de jazmín y películas de romance antiguas. —Entonces es un trato —dije, levantándome de golpe con más energía de la que en realidad tenía—. Serán nosotras, un balde de pollo, té de jazmín y maratón de películas cursis. Una noche legendaria para dos heroínas de la heladería más cansadas del planeta. —Heroínas laboralmente explotadas —corrigió Hellen, levantando un dedo sin abrir los ojos. Reí mientras apagaba las luces del local. El sonido del candado cerrándose fue, por un segundo, el sonido más reconfortante del mundo. Afuera, la brisa olía a pan recién horneado del local vecino. El tipo de olor que te recuerda que, a pesar del cansancio, estás viviendo algo bonito. Eran alrededor de las cuatro p. m., pero mi cuerpo clamaba descanso en una suave cama. Esa noche, ya en casa, el plan se cumplió a medias: el té estaba perfecto, el pollo demasiado picante y las películas… bueno, creo que vimos unos quince minutos antes de que el sueño comenzara a vencernos. Hellen roncaba con la cabeza apoyada en una almohada llena de migas, la cual no pude evitar sacudir para que las hormigas no treparan por su cara. Apenas tuve fuerzas para reírme antes de caer rendida también. Entre sueños, pensé que tal vez la vida adulta era eso: reír cuando no puedes más, comer lo que te gusta aunque estés cansada y compartir el cansancio con alguien que entiende sin que tengas que explicar nada. Y justo antes de quedarme dormida del todo, alcancé a murmurar: —Si mañana logramos levantarnos… prometo no poner menta con jengibre en el menú. Desde el sofá, medio dormida, Hellen respondió apenas con un murmullo: —Eso… sí sería un milagro. ——— El milagro no ocurrió. A la mañana siguiente, la alarma sonó tres veces antes de que alguna de las dos despegara un ojo. —No… puede ser… —balbuceé, intentando recordar en qué momento la vida se volvió tan agotadora. —Nos dormimos con ropa de trabajo —dijo Hellen, observando su delantal arrugado y sucio como si fuera una reliquia de guerra. El silencio se rompió con un gruñido estomacal que, por el volumen, parecía provenir de una bestia de clase legendaria. —¿Eso fue tuyo o mío? —pregunté alarmada. —No sé —respondió Hellen también preocupada—. Pero cualquiera que sea de las dos necesita comida o un exorcismo. Nos reímos tanto que el cansancio se desvaneció un poco. A veces, la risa era la única energía que teníamos siempre disponible. Dos hora después, ya estábamos en la heladería otra vez. El sol se reflejaba en los ventanales, y el aroma a vainilla y crema se mezclaba con la música que salía del pequeño parlante del mostrador. A pesar del sueño, había algo reconfortante en ver el local lleno de vida. Después de abrir, una pareja de ancianos pedía su helado de coco, unos niños discutían cuál sabor tenía más chispas, y un chico nuevo —el famoso cliente raro— se acercó al mostrador con su expresión de siempre, mezcla entre poeta y detective. —¿Ya tiene algo con sabor a inspiración o decepción existencial? —preguntó con seriedad. Hellen parpadeó lentamente. —No, pero tenemos chocolate amargo. Es lo mismo, pero dulce. Él sonrió, y yo apenas pude contener la risa mientras servía su helado. Así era cada día: un poco de locura, un poco de dulzura, y un montón de anécdotas que nos recordaban por qué valía la pena todo el cansancio. Cuando el último cliente se fue, el cielo ya se volvía naranja. Miré a Hellen, que limpiaba los mostradores con movimientos lentos pero constantes. A pesar del agotamiento, sus ojos brillaban con ese mismo fuego que tenía el primer día. —¿Sabes? —dije, apoyándome en el mostrador algo cansada—. Tal vez no tengamos un ejército de empleados ni grandes ganancias aún, pero tenemos algo que ellos no: helado gratis y un propósito bonito. Hellen asintió, con una sonrisa cansada. —Y una clientela que no se asusta cuando decimos “sabor experimental”. Reímos otra vez, y por un momento, todo el esfuerzo, el sudor y las horas sin dormir parecieron derretirse como una bola de helado bajo el sol. Porque, al final, lo que está hecho con amor siempre termina sabiendo bien.
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