Ya han pasado tres meses.
¿Cómo lo hemos logrado? No tengo ni la menor idea, pero aquí estamos.
Desde los inicios hasta hoy, lo dimos todo a más no poder. Y después de más de noventa días, ¡lo logramos! Alcanzamos ventas estables, un mostrador lleno de productos únicos y sabores de edición limitada que ya tienen sus propios fans.
Además, nuestras actividades dinámicas se han vuelto un éxito entre la clientela fiel que nos acompaña cada fin de semana.
—Hellen, dime que esto no es un sueño —dije, agarrando su brazo con fuerza, temblando de emoción.
—Pues si es un sueño, vaya que el dolor es muy real —respondió, intentando zafarse mientras reía—. Afloja un poco o me vas a dejar sin circulación.
—Lo siento —dije soltándola de inmediato—. Es que me siento extraña, una mezcla de emociones entre ansiedad, alegría, euforia… y ganas de llorar y vomitar al mismo tiempo.
Hellen se recargó en el mostrador y me miró con una media sonrisa.
—Eso, querida jefa, es lo que yo llamo éxito con efectos secundarios.
Reímos. Pero detrás de la risa, había algo más: la sensación de que todo estaba cambiando.
La heladería ya no era solo “nuestro pequeño experimento”, era un punto de encuentro, un espacio donde las personas venían a celebrar, consolarse o simplemente reír un rato con un cono en la mano.
Ese día, mientras limpiábamos el mostrador por enésima vez, una pareja de turistas entró preguntando por el “famoso helado de caramelo salado con toque de romero”.
Hellen levantó una ceja.
—¿Famoso? —susurró con incredulidad.
—Al parecer sí —respondí conteniendo la risa—. Creo que oficialmente estamos en el mapa.
Ella asintió, con esa sonrisa suya que mezcla cansancio y orgullo.
Y por primera vez, sentí que no solo habíamos sobrevivido… sino que estábamos empezando a florecer.
Esa sensación duró exactamente hasta las once de la mañana, cuando el teléfono del local empezó a sonar sin parar.
—¿Atendemos o fingimos que el teléfono estalló? —preguntó Hellen mientras secaba una cuchara.
—Si suena más de tres veces, seguro no es mi mamá—respondí, tomando el aparato con cierta sospecha—. Heladería Dulce Locura, ¿en qué puedo ayudarla?
Una voz emocionada al otro lado casi me deja sorda.
—¡Señorita Gabriela! ¡Felicitaciones! ¡Acaban de salir en el blog “Sabores del Sol”!
—¿Perdón? —pregunté, parpadeando—. ¿Qué cosa dijo ahora?
Hellen dejó lo que estaba haciendo y se acercó de inmediato, oliendo el drama a distancia.
—¿Qué te dicen? —susurró—. ¿Alguien nos demandó o nos volvimos famosas?
—Creo que lo segundo —dije, aún sin procesar—. Alguien escribió una reseña sobre nosotras.
Colgué y abrí el enlace que me enviaron por mensaje.
En la pantalla del teléfono aparecía una foto de nuestra heladería: la fachada con sus luces calidad, colores pastel y el cartel ligeramente torcido. El título decía:
“El rincón más dulce y auténtico del malecón”
—Oh, por Dios… —murmuró Hellen, llevándose una mano al pecho—. ¿Quién escribió esto, mi madre secreta?
Comencé a leer en voz alta:
> “Lo que diferencia a Dulce Locura no es solo el sabor, sino la calidez. Es el tipo de lugar donde la dueña te sonríe y bromea aunque lleve diez horas batiendo crema, y donde cada sabor parece tener una historia detrás de su preparación.
Recomendado: caramelo salado (porque las locuras dulces también necesitan un poco de equilibrio).”
Terminé de leer y nos quedamos en silencio.
Por un momento, ninguna dijo nada. Estaba con la boca abierta.
Luego, Hellen se giró hacia mí, con los ojos muy abiertos.
—¿Acabo de escuchar que alguien notó nuestra “calidez”? —preguntó—. ¿En serio? Yo pensé que lo único que la gente notaba eran mis ojeras.
—Tus ojeras también son parte del encanto —bromeé, todavía sonriendo como una tonta—. ¡No puedo creerlo, Hellen! ¡Estamos en un blog de reseñas!
Ella levantó las manos al cielo.
—¡Y sin pagar nada! Eso sí que es un milagro.
La noticia se propagó rápido. Para la tarde, el local estaba lleno de curiosos. Algunos venían por el caramelo salado, otros solo para tomarse fotos frente al cartel del blog pegado en la puerta.
Y aunque el cansancio seguía siendo el mismo, algo había cambiado: ahora estábamos agotadas, pero emocionadas.
Esa noche, mientras contábamos la caja, Hellen me miró con una sonrisa tranquila.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?
—¿Qué? —pregunté, aún revisando los billetes arrugados.
—Que lo hicimos sin perder la cabeza y enloquecer… bueno, casi.
—Casi —repetí, riendo—. Pero si esto es estar un poco loca, creo que vale la pena.
Minutos después sonó la campanita de la puerta justo cuando me disponía a apagar las luces.
Hellen y yo nos miramos, sincronizadas, con esa expresión de por favor, que no sea otro cliente a última hora.
—Perdón, ¿aún están abiertas? —dijo una voz familiar.
Levanté la vista y lo vi: el cliente raro.
El de las frases existenciales, las combinaciones extrañas y las cejas perfectamente desordenadas.
Traía una sonrisa tímida y una libreta en la mano.
—Oh, no… —murmuró Hellen—. Vino a pedir helado con sabor a tristeza otra vez.
—No hoy —respondió él, riendo un poco—. Hoy vine por otra razón.
Se acercó al mostrador mientras yo, por reflejo, acomodaba el delantal como si fuera una armadura.
—Antes de que piensen que soy un loco —dijo levantando las manos—, quiero confesar algo.
Hellen lo miró de arriba abajo.
—Suena a inicio de historia policial, pero continúa.
Él rió nervioso.
—Soy Julián Vera. Escritor y crítico gastronómico. Bueno… más bien bloguero apasionado del azúcar. Fui yo quien escribió la reseña sobre su heladería.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Tú? —pregunté, entre sorprendida y divertida—. ¿El tipo que una vez pidió helado con sabor a “inspiración y decepción existencial”?
—Culpable —asintió, llevándose una mano al pecho—. Aunque debo admitir que el chocolate amargo cumplió ambas funciones.
Hellen cruzó los brazos, fingiendo indignación.
—¿Así que viniste todo este tiempo a espiarnos para tu blog?
—No exactamente —respondió él—. Vine porque el ambiente aquí me gustó desde la primera vez. No era un lugar pretencioso, ni frío. Solo dos personas haciendo algo con el corazón. Y pensé… la gente necesita leer sobre eso.
El silencio que siguió fue breve, pero se sintió enorme.
Sentí que mi garganta se apretaba un poco, en ese tipo de emoción que no sabes si te hará reír o llorar.
—Vaya… —susurré—. Entonces, ¿esa reseña fue tu forma de decir “gracias”?
Julián sonrió.
—Sí. Aunque si quieren agradecerme, podrían hacerlo con una bola de su nuevo helado de maracuyá con miel. Por motivos estrictamente periodísticos, claro.
Hellen soltó una carcajada.
—Periodísticos, ajá. Ya veo tus métodos de investigación, señor bloguero.
Le serví una bola generosa del sabor que pidió.
Cuando la probó, cerró los ojos y sonrió.
—Definitivamente, sigue siendo magia —dijo—. Pero con refri.
Hellen y yo nos miramos y no pudimos evitar reírnos.
Era la misma frase que ella había dicho meses atrás, el día en que todo comenzó.
Y de pronto, entendí que no había sido una coincidencia.
Todo el cansancio, las dudas, las noches sin dormir… habían valido la pena para llegar justo a ese momento.
Mientras Julián salía del local, dejando atrás el sonido suave de la campanita, Hellen murmuró:
—¿Sabes qué, Gaby?
—¿Qué?
—Creo que acabamos de encontrar nuestro primer fan real.
—Y el más raro —añadí, sonriendo.
Ella me guiñó un ojo.
—Los mejores siempre lo son.