La noche cayó como un suspiro sobre Dulce Locura.
Ya habíamos cerrado, la caja estaba cuadrada, el piso brillaba más que nuestras esperanzas de ganar un premio nacional, y el cansancio se nos pegaba al cuerpo como si fuera otro uniforme obligatorio.
Hellen se dejó caer en una silla con un quejido dramático digno de ópera.
—Ay… si mañana amanezco viva será un milagro —gimió, tirándose el cabello hacia atrás.
—Mujer, por favor —respondió Thiago, desplomándose en otra silla— tú eres capaz de sobrevivir a un grupo scout entrando a comprar helado con descuento. No exageres.
Reí mientras preparaba tres vasos de limonada helada —nuestro ritual nocturno de “sobrevivimos otro día sin convertirnos en estatuas de hielo”— y me uní a ellos.
—Ok, ok… —dijo Hellen, enderezándose con una sonrisa maliciosa— Noche de chismes. ¿Qué vieron hoy? ¿Quién se enamoró, quién tropezó, quién lloró por falta de helado?
Thiago se incorporó con una lentitud teatral.
Sonrió. Se acomodó el cabello. Se tocó el pecho. Inspiró.
Yo supe en ese instante que venía algo fuerte… algo dramático… algo MUY Thiago.
—Bueno… —empezó con voz temblorosa— Hoy vi al amor de mi vida.
Silencio.
Luego, una carcajada tan exagerada que casi se cae de la silla.
—Ay Gabriela, si hubieras visto ese hombre… —dijo golpeando la mesa con felices palmadas— yo creo que mis ancestros aplaudieron, se levantaron y me dijeron: “Hijo, ese es tu futuro esposo”.
Yo solté una risita.
—¿Quién? ¿El señor que vino por helado sin azúcar? Estaba bien vestido, pero tenía como… sesenta años.
Thiago puso los ojos en blanco.
—¿Y? ¡Amiga! Ese hombre parecía salido de una novela turca. Ese bigote bien recortado… esas manos grandes… y cuando se fue caminando… ¡por favor! Ese hombre no caminaba: flotaba sobre pasiones prohibidas.
Hellen se carcajeó. Yo también, aunque había algo en la forma en que Thiago hablaba… como si quisiera decir algo más.
Y entonces suspiró profundamente, bajó la mirada y jugó con el borde del vaso.
—Ya… hablando en serio… quería decirles algo hoy.
Hellen le dio un codazo suave.
—Ya era hora. Yo llevo días esperándote —dijo con una sonrisa tranquila.
Yo lo miré, preocupada.
—¿Pasa algo? ¿Te sientes mal?
Thiago negó, sonriendo con nervios.
—No, no es nada malo. Solo que… —tomó aire— chicas, soy gay.
El mundo no se detuvo. Ni el corazón.
Pero yo sí.
—Ay, Thiago —dije acercándome— si en algún momento dije algo que te hizo sentir incómodo, lo siento muchísimo. De verdad, nunca quise—
Él me puso un dedo en los labios.
—Shhh. Pan de Dios, no empieces —rió suavemente—. No lo dije antes porque, honestamente, convivo contigo y siento que si te digo que me golpeé el dedo del pie, vas a disculparte por haber existido cerca de donde me lastimé.
Hellen soltó una carcajada tan fuerte que casi se cae de la silla.
—¡Es verdad! Gabriela se disculpa hasta porque el viento sopla. Es parte de su encanto.
Inflé las mejillas indignada.
—¡Solo quería estar segura de no lastimarte! —respondí.
Thiago tomó mis manos con dramatismo, nivel telenovela de las 3 p.m.
—No me trataste diferente, Gaby. Y eso lo valoro. Me gusta sentirme normal, incluido… pero… —levantó un dedo al cielo— ahora que ya lo dije, prepárate. ¡Porque ahora sí voy a soltar chisme sin filtro!
—Ay no —dijo Hellen entre risas— ya se activó el modo “tía borracha”.
—¡Obvio que sí! Soy gay, tengo licencia vitalicia para hablar de mis crushes cada cinco minutos —declaró Thiago con orgullo—. En fin… empecemos con el bombón que viste tú hoy.
Se giró hacia mí, ansioso, como esperando el capítulo de una telenovela que quedó en “continuará”.
Yo me puse roja hasta las orejas.
—No quiero hablar de eso…
—¡Ay por favor! —se abanicó con una servilleta—. Gaby, hija mía, se te salió el alma por los ojos cuando lo viste. Casi dejo el helado derretirse solo para ir a recogerte del piso.
Hellen apoyó la barbilla en las manos.
—Venga. Cuenta.
Tragué saliva.
—Ustedes no entienden… ese chico… ese hombre… estaba trotando. Con una camiseta gris pegada al cuerpo… ¡parecía pintada! Y esas gotitas de sudor bajando por los brazos, y el pecho moviéndose… yo… ¡yo solo iba a entregar paletas de helado! ¡Y regresé con pensamientos extraños!
Los dos estallaron en risas.
—¡No se rían! —chillé, muerta de vergüenza.
—Lo siento Gaby —dijo Thiago limpiándose las lágrimas— pero eres tan puritana que no puedo contigo. Ese hombre no trota, Gabriela… ese hombre anuncia perfume. ¡Eso fue una bendición gratuita del universo!
Hellen ya lloraba de la risa.
—Mañana si lo veo, le doy un helado gratis solo por darnos tema de conversación.
—¡No! —protesté— ¡eso sería horrible!
—Horrible sería no agradecer tal servicio a la humanidad —respondió Thiago.
Nos quedamos riendo así, con el local iluminado solo por las luces cálidas de la barra, la limonada fría entre las manos y una sensación de hogar que no se puede explicar pero se siente en el pecho.
Thiago se recostó en la silla y suspiró.
—Gracias… por esto. Por ustedes.
Hellen y yo sonreímos al mismo tiempo.
—Somos familia —dijo ella.
—De la buena —agregué.
—De la caótica —añadió Thiago.
Y así, entre risas, chismes gays nivel novela, confesiones sinceras y vasos de limonada, cerramos la noche con el corazón lleno.
Llenito, dulce…
y listo para todo lo que vendría.