El despacho de James Smith olía a madera, café fuerte y éxito. Los ventanales dejaban entrar la luz de la mañana, y sobre el escritorio reposaban varios expedientes médicos, aún sin abrir. Callie entró sin tocar. James levantó la vista y sonrió apenas al verla. —¿Te vas a acostumbrar a no tocar ahora que estás enamorada? —bromeó. Callie rodó los ojos y se dejó caer en una de las sillas frente a él, cruzando las piernas con una sonrisa que no había podido borrarse desde hacía días. —¿Tienes cinco minutos? —Para ti, siempre. Callie respiró hondo. —Alejandra y yo… decidimos mudarnos juntas. James parpadeó una vez, luego sonrió con entusiasmo. —¡Por fin! Ya era hora. Sabía que terminarías dando ese paso. —¿Sí? —Callie, por favor. Alejandra es la mejor elección que has hecho en años.

