Capítulo4.-Fiesta.

1266 Words
La música retumbaba en las paredes de la pequeña casa donde se celebraba la fiesta, las luces de colores giraban como si intentaran distraer a Alejandra de lo que en verdad le dolía: Valeria. Desde una silla contra la pared, con un vaso casi intacto entre las manos, Alejandra observaba cómo su mejor amiga reía, giraba, bailaba… con Emiliano. Él era mayor, uno de esos chicos que habían sido leyenda en la secundaria por su actitud de “chico malo”, su mirada desafiante y su moto negra siempre estacionada en la esquina del barrio. Valeria lo había admirado desde que tenía memoria, como si fuera una estrella inalcanzable. Y ahora ahí estaban, bailando, sonriendo, como si el mundo fuera solo de ellos dos. Alejandra sentía un nudo en el pecho. No era solo tristeza. Era celos. Era impotencia. Desde hacía un tiempo se había sincerado consigo misma: no amaba a Valeria como una simple amiga. La amaba de una forma que no podía decir en voz alta. No allí, no en ese barrio donde amar a otra mujer era un pecado capital. Un escándalo. Una vergüenza. Bajó la mirada. Su corazón latía con fuerza cuando vio que Emiliano tomó la mano de Valeria y se la llevó hacia afuera. Alejandra se levantó de golpe, sin saber si debía seguirlos. El miedo la atravesó como un rayo. Valeria aún era inocente, y Emiliano… Emiliano era un hombre que sabía exactamente lo que hacía. En el patio trasero, lejos del bullicio, Emiliano encendió un cigarro y se lo ofreció a Valeria. Ella dudó un segundo, pero luego lo aceptó con una tímida sonrisa. —¿Fumas ahora? —preguntó él, arqueando una ceja con diversión. —Solo cuando me dan —respondió ella, llevándose el cigarro a los labios. Tosió un poco después de la primera calada, y Emiliano rio bajo. —Has cambiado mucho, Valeria. Ya no eres la niña que me miraba desde la acera con cara de boba. Ella rio, aunque sintió cómo algo se removía dentro de ella. Durante años, fantaseó con que ese momento llegaría. Que él la vería, que la elegiría. Pero ahora que pasaba… no se sentía como lo había soñado. —Supongo que crecí —murmuró, mirando hacia el cielo, oscuro y estrellado. —Y bien que creciste —dijo él, acercándose un poco más. Su mirada era intensa, su voz baja—. Eres preciosa, ¿lo sabías? Valeria tragó saliva. Sintió el halago, pero no el cosquilleo. No el calor en el pecho que creía que vendría con esas palabras. Su mente, por alguna razón, pensó en Alejandra. En cómo la había visto esa tarde estudiar por horas, concentrada. En cómo le acariciaba el cabello cuando se dormía en su regazo. En cómo la miraba. Emiliano se acercó aún más, y ella retrocedió un paso. —¿Pasa algo? —preguntó él, frunciendo el ceño. —No… solo que… tengo que volver adentro —dijo con voz temblorosa. Le devolvió el cigarro, ya casi consumido, y se dio media vuelta. Mientras regresaba a la casa, con el corazón latiendo extraño, no pensaba en Emiliano. Pensaba en Alejandra. Y sin saber por qué, sonrió. Valeria apenas había dado tres pasos hacia la puerta cuando escuchó los pasos de Emiliano detrás de ella. No le dio importancia al principio, hasta que sintió su mano firme sujetarla del brazo con fuerza. —¿A dónde crees que vas? —dijo él, arrastrando las palabras con una mezcla de arrogancia y molestia. La giró bruscamente y la pegó contra su pecho. Valeria se tensó, intentando zafarse, pero él la sostuvo con más fuerza. —¿Qué clase de jueguito estás jugando, eh? —espetó él, mirándola de arriba abajo—. No te hagas la muy seria, sé perfectamente que te mueres por mí. Me has mirado así desde que eras una mocosa. Y ahora estás aquí, preciosa, perfecta… este es el momento, Valeria. Intentó besarla, su rostro acercándose con violencia. Ella giró el rostro con fuerza y lo empujó con las dos manos. —¡No! —gritó, temblando—. ¡Aléjate de mí! Emiliano retrocedió un paso, sorprendido, pero enseguida volvió a avanzar hacia ella con los ojos encendidos de rabia. La tomó otra vez del brazo. —¡No me hagas esto! ¡Tú quieres esto! —¡¿Qué demonios estás haciendo?! —la voz de Alejandra se alzó como un trueno, firme, cortante. Emiliano levantó la mirada justo a tiempo para ver a Alejandra avanzar hacia él, con el rostro rojo de furia y los ojos desbordando determinación. —¡Suéltala ahora mismo o llamo a la policía! ¡Te lo juro, Emiliano! Él dudó por un instante. La soltó con brusquedad, haciendo que Valeria casi perdiera el equilibrio. Miró a Alejandra con odio y luego escupió al suelo. —Están locas las dos —murmuró con desprecio, antes de dar media vuelta y desaparecer por la calle. Valeria corrió a los brazos de Alejandra sin pensarlo. Se abrazaron con fuerza, como si en ese contacto pudieran deshacer lo ocurrido. Alejandra no dijo nada, solo la sostuvo, acariciando su espalda temblorosa. —Vámonos de aquí —susurró finalmente—. No quiero que estés ni un segundo más en este lugar. Caminaron en silencio hasta la casa de Valeria. Pero apenas llegaron a la puerta, voces fuertes, furiosas, se escapaban por las paredes: el padre de Valeria y su madre discutían a gritos. Valeria bajó la cabeza, y Alejandra tomó su mano. —No entres ahí —le dijo en voz baja—. Ven a mi casa. Mi madre está trabajando esta noche. Y la abuela de seguro ya esta dormida. Valeria no discutió. Asintió con un movimiento leve, como si el día la hubiese vaciado por completo. Siguieron caminando bajo la noche, sin decir nada, dejando que el sonido de sus pasos llenara el vacío de sus pensamientos. En la habitación de Alejandra, la luz tenue de una lámpara iluminaba suavemente las paredes. Alejandra fue por una de sus pijamas y la dejó sobre la cama. —Te ayudo —dijo, viendo que Valeria seguía quieta, ausente. Con cuidado, la ayudó a quitarse el vestido, notando cómo su piel aún temblaba. Luego le puso la pijama. Ninguna dijo palabra, pero el silencio entre ellas era íntimo, protector. Se metieron a la cama. Alejandra apagó la lámpara. En la oscuridad, solo se oía el respirar de Valeria, aún agitado. —Estoy cansada… —murmuró de pronto Valeria—. De esto. De los chicos. De tener que estar siempre alerta. De no poder confiar. De que cualquier día algo peor pase… —Eso no va a pasar —respondió Alejandra con voz suave, pero firme—. No te va a pasar nada mientras yo esté contigo. Pero tienes que dejar de buscar cosas que no necesitas, Valeria. No te adelantes al futuro. Enfócate en lo que importa. —¿Y qué importa? Alejandra se giró y le tomó la mano en la oscuridad. —Salir de aquí. Estudiar. Ser alguien. Luchar por una nueva vida… juntas. Yo no me voy sin ti. Valeria se quedó en silencio. Luego giró el rostro. A pesar de la poca luz, sus ojos se encontraron. Se miraron en silencio, respirando la misma emoción, el mismo vértigo. Y entonces, sin pensar, sin medir, Valeria se inclinó y la besó. Un beso tembloroso, suave, cargado de miedo y deseo, de gratitud y algo que estaba creciendo entre ambas desde hacía mucho tiempo… aunque ninguna lo hubiese dicho aún.
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