Desde la galería de observación, Alejandra miraba la cirugía con los brazos cruzados, aún con parte del uniforme manchado de sangre. Debajo, en el quirófano, el equipo quirúrgico se movía con precisión impecable. El paciente, que había estado a un hilo de la muerte, se estabilizaba poco a poco bajo las manos expertas de la doctora Smith… y de Gabriel, el interno al que se le había otorgado la oportunidad de entrar a quirófano. A su lado, Emma se apoyó en el vidrio con la frente aún perlada de sudor. —De verdad pensé que ibas a entrar tú —dijo, impresionada—. Estabas casi dentro del paciente ya. Ryan, justo detrás de ellas, asintió. —La escena fue de película. No sé cómo no entraste. Alejandra se encogió de hombros, sin dejar de observar. —Gabriel fue quien logró estabilizar al pacien

