La luz del sol se colaba tímida entre las cortinas de la habitación de Alejandra. El aroma del pan recién hecho que vendía la vecina a la vuelta comenzaba a impregnar el aire, mezclándose con el murmullo lejano de los autos y el canto de los pájaros. Todo parecía normal. Pero para Alejandra y Valeria, ese día era especial. Porque era suyo.
Valeria despertó primero. Se quedó unos minutos en silencio, observando el rostro dormido de Alejandra, tan tranquilo, tan hermoso.
Le acarició el cabello con cuidado, como si al tocarla fuera a romper algo sagrado. Aún sentía el peso del momento del día anterior, el no haber avanzado más allá… pero también el alivio. Porque Alejandra la amaba de verdad. Y eso valía más que cualquier otra cosa.
Minutos después, Alejandra abrió los ojos y, al ver a Valeria, sonrió sin decir nada. Se acercó y la besó suavemente.
—Buenos días —susurró.
—Buenos días, mi amor —respondió Valeria, y ambas se sonrojaron. Era la primera vez que lo decía así, sin miedo.
Después de un rato, se levantaron y fueron a la cocina. Elías ya estaba allí, sentado a la mesa con su portátil y unos apuntes abiertos. Las miró de reojo, notando el aire diferente entre ellas, pero no dijo nada. Solo levantó la taza en señal de saludo.
—¿Quieren café?
—Sí, por favor —dijeron al unísono, y se echaron a reír.
Desayunaron juntos, hablando de cosas cotidianas.
De pronto, Elías se levantó.
—Voy a salir un rato a estudiar a casa de un compañero —anunció mientras guardaba sus libros en la mochila—. Regreso más tarde. No hagan fiestas ni quemen el barrio. Cierren bien todas las puertas y no le abran a nadie, yo me llevaré la llave que me dio la señora Lucia.
—Prometido —bromeó Alejandra.
Elías salió y las dejó solas.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Valeria, sentándose en el sofá.
Alejandra se dejó caer a su lado.
—Podemos ver películas. O escuchar música. O quedarnos así, sin hacer nada.
—¿Y si te enseño a bailar?
Alejandra la miró con una ceja levantada.
—¿Tú? ¿Bailar?
—¡Oye! No lo hago tan mal.
Encendieron la vieja radio del cuarto de Alejandra. Una canción lenta llenó la sala, una de esas que hablaban de amores imposibles y eternos. Valeria se levantó, le ofreció la mano a Alejandra.
—¿Me concede esta pieza?
Alejandra aceptó con una sonrisa y se dejaron llevar por la música. Sus cuerpos se movían lentos, torpes al principio, pero pronto se fundieron en una armonía callada, suave.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —susurró Valeria—. Que por primera vez, siento que esto es real. Que lo nuestro existe de verdad.
Alejandra apoyó la frente en la de ella.
—Lo nuestro siempre existió. Solo que ahora… ya no lo escondemos de nosotras mismas.
Se besaron, despacio, profundo. Y el día siguió así: con risas, miradas, silencios que ardían más que las palabras.
La noche cayó con suavidad sobre el barrio, envolviéndolo en esa mezcla de calma y peligro que solo conocen quienes han crecido ahí. En la casa de Alejandra, la rutina seguía tranquila.
Elías, fiel a su promesa, se metió en la habitación de Lucía con una botella de refresco y una lista de películas para ver en su portátil.
—Ahí les dejo unas botanas en la cocina —dijo antes de cerrar la puerta—. No me molesten a menos que haya un incendio.
—Gracias, hermano mayor responsable —respondió Valeria, burlona.
Alejandra y Valeria recogieron las botanas y corrieron a la habitación. Cerraron la puerta, se pusieron cómodas entre cojines y mantas, y encendieron la pequeña lámpara de la mesa de noche.
Mientras comían papas y dulces, hablaban de todo y nada, como tantas veces antes. Pero esta vez había una nueva electricidad flotando entre ellas. Una certeza.
—Tengo algo que decirte —dijo Alejandra de pronto, con voz seria.
Valeria la miró, curiosa.
—¿Qué pasa?
—Creo que mi mamá está saliendo con alguien.
—¿Sí? ¿Con quién?
—Con un doctor. Uno importante del hospital. No me lo ha dicho directamente, pero… la escuché hablando con él por teléfono. Se reía. Se notaba ilusionada. Desde que murió mi papá, nunca la había visto así.
Valeria se acomodó, más interesada.
—¿Y eso te molesta?
—No… bueno, un poco. Es que me da miedo. Si ella empieza algo serio con ese doctor, puede que quiera sacarnos de aquí. Llevarme a otro lugar, lejos. Y yo no quiero alejarme de ti.
Valeria tomó su mano con ternura.
—Ale… si eso pasa, será lo mejor para ustedes. Y yo te iría a ver dónde sea que estés. No pienso alejarme de ti. Nunca.
—¿De verdad?
—Te lo juro. Aunque vivas en el otro lado de la ciudad… o del mundo.
Se miraron en silencio. Sus ojos hablaban ese idioma secreto que solo se aprende cuando se ama de verdad. Alejandra se inclinó primero, buscando los labios de Valeria con timidez. El beso fue suave al inicio, pero pronto se volvió más intenso, más urgente.
Valeria acarició su rostro, bajó por su cuello, y esta vez, Alejandra no se apartó. Le sostuvo la mirada y asintió con suavidad.
—Estoy lista —susurró—. Si es contigo… quiero que sea contigo.
No hicieron falta más palabras. Las manos encontraron el camino, el ritmo. Entre suspiros y caricias, se despojaron de las prendas como si liberaran algo más que la ropa. No había prisa. Solo entrega. Solo amor.
El cuarto se llenó de una calidez distinta. Una mezcla de ternura y deseo, de nervios y seguridad. Porque, aunque era su primera vez, no era un experimento. Era una decisión.
Se amaron con cuidado, con respeto. Descubriéndose sin miedo, sin juicios. Con esa mezcla perfecta entre lo sagrado y lo salvaje que ocurre cuando dos almas se eligen.
Cuando todo terminó, seguían abrazadas, con el corazón latiendo lento, profundo.
—No me sueltes —susurró Valeria.
—Nunca —respondió Alejandra, besándole la frente.
Y así, en esa noche que parecía común, las dos jóvenes sellaron un pacto silencioso. Un “para siempre” que no necesitó jurarse en voz alta.
La casa estaba en completo silencio cuando Alejandra abrió los ojos. La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue de la calle que se colaba por entre las cortinas. El reloj marcaba poco más de las tres de la madrugada.
A su lado, Valeria seguía despierta, observándola.
—¿No puedes dormir? —preguntó Alejandra en voz baja, con una sonrisa adormilada.
—No quiero dormir. No después de lo que pasó esta noche —respondió Valeria, rozando con sus dedos la mejilla de Alejandra—. Siento que si me duermo… podría ser solo un sueño.
Alejandra se acercó un poco más, hasta que sus frentes se tocaron.
—No es un sueño. Te siento aquí… conmigo. Todo fue real.
Valeria suspiró, feliz, dejando que sus dedos dibujaran líneas suaves en el brazo de Alejandra.
—Fue la mejor noche de mi vida —susurró—. Perder la virginidad contigo… con amor, con ternura. No me imaginaba que podría ser así. Siempre pensé que iba a ser incómodo o raro…
—Y no lo fue —interrumpió Alejandra, acariciándole el cabello—. Fue perfecto. Porque fuiste tú.
Se quedaron unos segundos en silencio, con el corazón latiendo al mismo ritmo.
—¿Tú también querrías… hacerlo otra vez? —preguntó Valeria con una sonrisa pícara, bajando la mirada—. Porque yo sí.
Alejandra la miró, entre divertida y enamorada.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Y antes de que Alejandra pudiera responder, Valeria se abalanzó sobre ella con un beso suave al principio, pero cada vez más profundo. Las risas quedaron atrás, reemplazadas por suspiros y caricias encendidas.
Esta vez no hubo nervios, solo deseo, complicidad, pasión. Ya no se trataba de descubrir, sino de explorar. De disfrutar. Sus cuerpos se reconocieron como si hubiesen sido hechos el uno para el otro, moviéndose con un ritmo natural, como si cada gesto, cada mirada, cada roce ya estuviese escrito en sus pieles.
La noche se volvió un susurro de amor entre las sábanas, una coreografía íntima, libre, donde el mundo no existía.
Cuando todo terminó, casi al amanecer, ambas yacían desnudas entre las mantas revueltas. Valeria tenía una pierna sobre Alejandra, el rostro enterrado en su cuello. Alejandra le acariciaba la espalda con los ojos cerrados, sintiendo la paz de quien acaba de entregarse por completo y sin miedo.
—Te amo —murmuró Alejandra, apenas audible.
—Y yo a ti —respondió Valeria, antes de quedarse dormida con una sonrisa.
El sol comenzaba a insinuarse en el cielo, pero en esa habitación, el tiempo se había detenido. Porque en medio del barrio, del ruido, del peligro… ellas se habían encontrado.
Y dormían plácidamente, amándose en silencio.