Aaron.
− ¿Juegas fútbol? − Preguntó con la taza entre sus manos, mientras le daba un sorbo.
−Sí, juego y soy dueño de un equipo.
− ¿Dueño? Mierda, debes tener mucho dinero, Cox. − Clarissa sonríe y se pasa la lengua por los labios. Ella era una verdadera belleza. − ¿Qué más? ¿Qué sabes hacer?
− Canto, y bueno, toco un poco de piano. − Digo haciendo una mueca.
− Tocas piano, yo también se tocar. − Clarissa se pone un mechón detrás de su oreja. Me levanto del sillón y le ofrezco mi mano para que se levante, la toma y con dificultad desenreda sus piernas de la posición de indio en la que estaba y camina por detrás de mí.
Abrí la puerta y entramos a la habitación. Era grande, espaciosa y tenía solo un objeto, había comprado este departamento justamente por el espacio. El piano n***o brillante con las teclas de marfil estaba oculto bajo la gran tela blanca que le había dejado encima para evitar el polvo. Hace mucho tiempo que no tocaba, no tenía tiempo ni ánimos y mis dedos están un poco oxidados, por así decirlo.
− Bueno, he aquí uno de mis tesoros. − Y lo era, de las primeras cosas que había adquirido cuando había tenido el espacio suficiente para meterlo dentro de una casa. Era un piano lujoso y afinado, sonaba bien, aunque estuviera sin usar por meses y tenerlo en casa me traía recuerdos de esas tardes con mi abuela, quien me enseñó el amor por las teclas.
− Es…hermoso. − Sonrío y le hago una seña para que se siente en el banquillo, me entrega la taza de café y se sienta, pasa sus manos por las teclas sin presionar ninguna y vuelve a mirarme.
− No toco hace años, en la calle no es muy común ver un piano. La última vez que toque fue uno en la casa de mis padres y digamos que no era muy lujoso.
− Yo tampoco toco hace tiempo, déjame ver. − Me senté a su lado en el banquillo del piano. Presiono mis dedos contra las teclas y las cuerdas comienzan a tocar una melodía suave y lenta, mis dedos se movían lentamente y con movimientos pausados. Miro a Clarissa y ella mira mis dedos atentamente, y entre la música suave una nota grave interrumpe la melodía. Paro de tocar y suelto un suspiro de frustración, me he equivocado.
Clary suelta una carcajada y vuelve a tomar un poco de café, se pasa la lengua por los labios y pone sus dedos en las teclas.
− Déjame ver si aún me queda algo de lo que aprendí. − Toma aire y empieza a sonar una suave melodía suave y por lo menos triste, pero limpia, sin errores y que te atrapaba como una telaraña. Los blancos dedos de Clarissa se mueven como si estuvieran hechos para eso y disfruto de lo que hace porque toca de las mil maravillas. Incluso mucho mejor que yo.
La música sigue sonando y de pronto, comienza a ponerse más rápida e intensa, Clarissa no se equivoca en ningún momento, se mueve con seguridad y cierra los ojos mientras sigue tocando. Las últimas notas son suaves y van en descenso, hasta que termina con la más suave y abre los ojos. Toma la taza y vuelve a tomar el último sorbo de café.
− Delicioso, gracias.
− Wow, tocas muy bien.
− Fue mi abuela, ella me enseñó desde que tenía seis hasta los quince, cuando murió. Por problemas económicos nos tuvimos que deshacernos de su piano, me negué rotundamente pero no había salida, papá lo vendió al día después. Desde allí que no toco ninguna tecla, hasta ahora. − Explica, soltando un suspiro. Se levanta y camina en dirección a la sala otra vez. La sigo y se sienta en el sillón con la taza aún entre sus manos.
− Lo siento, por tu abuela.
− Ya pasó, estoy bien. − Sonríe y se levanta a dejar la taza en la cocina y camina hacia mí.
− Bueno, yo me voy a dormir, adiós Cox. − Clarissa caminaba en dirección a mi dormitorio.
− Eso te iba a decir, que durmieras en mi cuarto y…− Me interrumpió con sus manos y con una hermosa sonrisa en el rostro.
− Y tú en el sillón, si he visto varias películas románticas y clichés, Cox. Sé cómo funciona, además, me lo hubieras dicho o no me hubiera acostado en tu cama de todos modos, no pienso dormir en ese sillón, mi espalda es frágil, ¿Sabes? − Se encoge de hombros y sonríe descaradamente. – Buenas noches, sueña conmigo.
− Buenas no…− Y se larga antes de que pueda despedirme. Woah, ella sí que es diferente. Suspiro mientras me quito los zapatos con mis propios pies. Termino por acostarme en el sillón mientras que con el brazo y con mucha flojera, apago las luces de la sala. Mi teléfono vibra y enciende su pantalla con un nuevo mensaje de Alex.
“Hey, hermano, ¿Cómo te ha ido? :D”
“Bien” Contesto.
“Uhh, que ánimo. Joseph y yo estamos en un bar, ¿Te animas?” Pregunta al minuto.
“No, lo siento, estoy ocupado”
“¿En qué? ¿Vas a dejarnos tirados a mí y a Joseph? Mal amigo” Ruedo los ojos y comienzo a responder.
“Estoy con alguien” Respondo en un suspiro. Alex tarda en responder, pero finalmente, lo hace.
“¿Entonces qué haces hablando conmigo, pedazo de animal?”
“Deja de hablarme, trato de dormir” Contesto.
“Usa condón, suerte :D”
Doy por finalizada la conversación tras aquel mensaje, dejando el teléfono por alguna parte y luego me doy vuelta para dormir. La lluvia golpea las ventanas sin parar y un rayo resuena por las ventanas de mi departamento. Las luces de la sala se encienden y veo a la delgada de figura de Clarissa frente a mí, con los brazos cruzados abrazándose a sí misma.
− Estaba pensando que podías quedarte a dormir conmigo, hace mucho frio aquí y me da cosa dejarte aquí solo, después de todo, es su casa. – La castaña me mira de arriba abajo antes de volver a hablar. − Vamos a la cama.
−No, estoy bie…− Me detiene cogiéndome la mano y levantándome mientras tira hacia el sentido contrario, haciendo fuerza con su propio peso.
− No es una opción, es una orden. − Dice Clarissa, mientras me arrastra hacia mi habitación. Efectivamente, estaba más caliente que la sala y se escuchaba mucho menos las gotas de lluvia estrellándose contra el cristal.
− Buenas noches, Aaron Cox. − Dice, con voz apagada, al borde de quedarse dormida al igual que yo. – Gracias por salvarme.
− Buenas noches, Clarissa Stone. Cuando quieras. − Ella se da vuelta y me da una sonrisa débil. A los minutos, me uno a ella y me quedo profundamente dormido.
A la mañana siguiente, el olor a huevos revueltos inunda el aire y en parte, mi memoria. Recuerdo cuando mi madre me hacía huevos para el desayuno a mí y a mis hermanos, eran buenos tiempos.
Me levanto atraído por el aroma como un perro con hambre y camino por el pasillo, entro a la sala y veo como Clarissa está parada enfrente de la cocina, moviendo un sartén de donde se huele el exquisito olor a comida.
− ¿Clarissa? − Pregunto mientras me acerco, ella se da vuelta y sonríe. Lleva los pies desnudos y el cuerpo apenas cubierto con una de mis camisetas.
− Hola Aaron, estaba haciendo el desayuno. Espero que te gusten los huevos y el pan tostado. – Automáticamente, pongo una sonrisa en mi cara. − ¿Cómo dormiste?
− Excelente, gracias. ¿Quieres que me encargue mientras vas a ponerte calcetines? Te puedes resfriar. – Pregunté, con la mirada pegada en sus pies descalzos. La chica sonrió y colgó un paño de cocina en mi hombro.
− Está bien, papá. Encárgate de esto. – Me cede el puesto con la sarten y desaparece. Con una cuchara comienzo a remover el huevo mientras termina de cocinarse para finalmente apagar el fuego. Clarissa regresó con un par de calcetines míos y unas zapatillas que le quedaban enormes.
− Está bien, mi turno. – Dijo, rodeándome con su mano por la cintura para quitarme el control de la sartén. − Saca dos vasos y sirve jugo de naranja para ambos, por favor.
Asiento sin rechistar y sigo sus instrucciones. Pongo los vasos en la mesa y me siento mientras espero el desayuno. Mi teléfono vibra y lo desbloqueo, un mensaje de Alex.
“¿Cómo te fue amigo? ¿La pasaste bien?”
“No voy hablar eso contigo, Alex” Escribo rápidamente en el teléfono.
“Oh vamos, ¿Sabes cómo se llama?” Pregunta.
“Si, ahora vamos a desayunar” Contesto.
“Genial, voy para allá, si no me la presentas yo voy a presentarme solo, ¿Qué hay de desayunar?”
“Tú no vas a venir hacia acá, ¿Entiendes? Además, come de tu comida y no me fastidies el desayuno y si vienes te pego en las pelotas. No es broma.” Advierto.
“¿Soy un fastidio? D:” Ruedo los ojos y contesto:
“Eres un dolor de huevos gigante” Suelto una carcajada y sé que Alex también lo está haciendo donde quiera que esté. Siempre nos tratamos así, estamos acostumbrados. Doy por finalizada la conversación, pero a los minutos, el castaño responde con un último mensaje:
“Alégrate, Joseph y yo vamos para allá :D Espero un buen desayuno, Cox” Suspiro y la voz de Clarissa resuena por la habitación.
− ¿Con quién hablabas?
− Con Alex, quiere venir para acá.
− Oh Dios, bien, tomo mis cosas y me voy. − Dice ella mientras se levanta de la mesa, caminando en dirección al baño donde yo había dejado su ropa mojada.
− No, ¿Qué haces? − Me levanto al igual que ella, la sigo y veo como ella toma la ropa y comienza a cambiarse rápidamente.
− Me voy, gracias por todo, Aaron.
− ¿Por qué tanta prisa?
− ¡Tus amigos están en camino, idiota! ¡Van a verte conmigo!
− ¿Y?
− ¿Y? Pasa que soy una prostituta, una chica de la calle, no me pueden ver contigo, una estrella de pop ídolo de masas de jóvenes, ¡Qué vergüenza te haría pasar! − Ella comienza a doblar mi ropa y me la entrega, camina rápidamente por el pasillo, pero alcanzo a retenerla poniéndome entre medio de ella y el pasillo, espacio suficiente para evitar que se marchase corriendo.
De nuevo.
− No te vas a ir, menos por mis amigos.
− Mierda Aaron, suéltame.
− No, no te tienes que avergonzar si yo no lo hago, tú te vas a quedar conmigo, ¿Entendido? Ahora quítate esa ropa que, por cierto, está húmeda todavía y ponte algo mío porque luego de desayunar vamos a salir. − Mi voz sonaba decidida y por un momento pensé que ella me iba a golpear o algo debido al ceño fruncido que mantenía y los ojos desafiantes con los que me miraba. Sin embargo, nada de eso pasó, acto seguido se encerró en la habitación y a los minutos salió con mis jeans apretados negros que le quedaban largos y apenas sueltos, unas de mis zapatillas y una camisa que le quedaba grande.
− ¿Feliz? − Sonrío y asiento. Caminamos en dirección a la mesa, otra vez, para desayunar. Ella se sienta y comienza a comer. El timbre suena y me levanto para abrir lo suficientemente rápido como para que ella no tuviera el chance de siquiera levantarse. Tras el umbral de la puerta, Alex y Joseph están en sus teléfonos, ambos concentrados en los aparatos y casi como gemelos, ambos los guardan en los bolsillos de sus respectivas chaquetas y proceden a mirarme.
− Te dije que vendríamos. −Alex sonríe mientras se pasa la mano por su cabello rojo.
− Y yo te dije que eras un dolor de cojones, ¿No entiendes que no debes venir cuando no eres invitado?
− Sí, lo entiendo, pero había desayuno gratis y, además… − Alex se acerca mucho a mi rostro, específicamente a mi oído para susurrar: − Queremos conocer a tu chica, hombre.
Suspiro, cansado y al mismo tiempo rendido, mientras me hago al lado para que entren. Ambos invaden mi casa y se sientan en la mesa, específicamente en mi asiento y al otro lado de Clarissa, rodeándole.
− Hola, soy Alex, seguro este cretino te hablo de mí. − El castaño sonríe y Clary sonríe tímida también.
− Sí, me mostro sus premios y una foto de ustedes. − Clarissa mira en dirección al rubio. − Tú debes ser Joseph, gusto conocerte.
− Claro, te sabes el nombre de ese rubio teñido y no te sabes el mío, genial. − Alex se cruza de brazos y rueda los ojos.
− Es que a la gente tan horrible es un poco difícil de recordar. − Murmuré. Para cuando levanté la mirada veo a Dixon con la mandíbula tensa y a Joseph casi tirado en el piso riendo.
− Me las vas a pagar, Cox. − Advierte el pelirrojo mientras me encojo de hombros y me siento en la mesa comenzando a comer nuevamente, antes de que los dos idiotas de mis amigos se terminaran por comer todo. Diablos, estaba delicioso.
− Mierda, esto está más delicioso que los waffles de Alex. − Dice Joseph mientras saborea las tostadas.
− Eh, teñido, si no te gusta mí comida ve a hacerla tú mismo. Además no sé que te crees para llamarme teñido, ¡Tú eres más teñido! − El aludido lo mira con el ceño fruncido.
− Yo no las hice, las hizo Clary. − Miro en su dirección y ella sonríe agradecida.
− Entonces, Clarissa, ¿Cuánto cobras? − La chica abre los ojos al igual que yo. ¿Acaso Joseph se había dado cuenta del trabajo de Clary? ¿Cómo?
− ¿Qué? − Pregunto. Joseph mira para todos lados con pánico en sus ojos para ver a quien ha ofendido, preguntándose seguramente que es lo que dijo que estaba mal.
− P–preguntaba cuanto cobraba para que me cocinara un poco, solo eso, ¿Qué dije de malo? − Sonreí y Clarissa seguía con su cara de impacto aún.
− Nada, no dijiste nada malo. −Clarissa recobra su mente y sonríe.
− Puedo cocinarte gratis, Joseph. Me parece genial. − El rubio se ríe y sigue comiendo.
− Claro y nadie le cocina al pobre Dixon, es invisible incluso siendo el más hermoso de la habitación. − Clarissa, al igual que yo, no puede evitar soltar una carcajada ante las estupideces de mi amigo.
− Es igual de egocéntrico como me dijiste, Aaron. − Ambos nos reímos y ella mira al pelirrojo nuevamente. – Lo siento, Alex, pero yo soy mucho más hermosa que tú.
− Bien, Clary vámonos, tenemos que salir. − Ella frunce el ceño, pero se levanta y se disculpa.
− Te la llevas porque no quieres que sea nuestra amiga, ¿Verdad? − Joseph me mira con el ceño fruncido y yo le respondo negando con la cabeza.
– Tenemos que salir realmente, Joseph, nos vemos luego. Además, tanto acercamiento a ustedes puede pegársele el ego de Alex y ahí tendríamos un problema.
– ¡Deja de molestarme! – Grita Alex con la boca llena y una tostada en la mano
– Lo siento. – Me disculpé. – Es que me encanta molestarte, pero sabes que nosotros somos amigos, Alex. – El pelirrojo rueda los ojos.
– Sí, sí, hazte el idiota. Nos vemos mañana. – Fruncí el ceño y me giré para mirar a mi compañero.
– ¿Qué pasa mañana?
– Mierda Aaron, ¿Dónde tienes la cabeza? Mañana tenemos un show, un concierto. – Asiento, recordando que así era. Diablos, con Clarissa me había olvidado de todo.
− No lo había olvidado, lo juro.
− Claro, y yo soy rubio natural. −Joseph niega y Clarissa aparece con mi chaqueta de jeans puesta. Sonrío y ambos salimos de mi casa, caminamos hacia mi auto y ambos nos subimos.
− ¿A dónde vamos? − Me pregunta Clarissa.
− Vamos de compras.
− ¿Qué?
− Vamos a usar mi dinero en algo útil, vamos a comprarte ropa.
− No necesito ropa, yo tengo mi ropa.
− Pero yo quiero comprarte ropa y la tuya sigue mojada.
− No voy a aceptar tu lástima.
− No es lástima, cariño. Es un regalo.
− No quiero ir a comprar.
− Pero vamos a ir. −Sonrío ante la situación; parecemos una pareja de casados o un par de niños pelando.
− ¿No vale cuanto te diga que no, iremos igual? − Asiento.
− Iremos de todas formas, aunque no quieras. − Y acelero para adentrarnos en las calles lujosas. No encuentro otra forma mejor de gastar mi dinero que en ella, se ve bien hasta con mi ropa y no dudo que con la ropa que yo le voy a regalar se va a ver más hermosa de lo que es.