Me había pasado cuatro días sin salir de mi habitación. No me apetecía ver los rostros de todos aquellos que me habían ocultado tan cruda verdad y se habían burlado de mi ignorancia. ¿Qué les había hecho pensar que me haría mejor mantenerme privada de la verdad? Ahora no hacía más que lamentarme no poder haber hecho algo antes. Thea, Luca, Silas, Naya, incluso Gus se habían aparecido golpeando mi puerta por si algún día me dignaba a abrirla. Spoiler: eso no había sucedido. Mitch me había estado enviando la comida a través de un desconocido, ya que tampoco quería verlo a él. Probablemente, él tampoco quería verme luego de revelarles que Branko me había visto. —Branko me ha visto sin la máscara. El pánico se instaló en el rostro de Gwendolyn y fue Mitch quien ahora golpeó la mesa con su puño. —¿Qué dices, Valdine? —si no supiera que no se atrevería a ponerme las manos encima, su tono de voz actual me haría cagar en los pantalones, creyendo que eran mis últimos segundos con vida. —Lo que oyeron. —¿Cómo sucedió? —la voz de Gwendolyn se oyó como un susurro mientras conservaba su mirada fija posada sobre mí. —Esperando a que el coche me recogiera, él me ocultó en un callejón y me quitó la máscara —expliqué —. Parecía como si ya supiera quién era yo. La morena cayó con todo el peso de su cuerpo sobre la silla y su vista se perdió en alguna parte de la habitación. Sabía que la noticia no les caería nada bien, pero debía decírselos. —Todos saben quién eres, Jensen —emitió ella —. Lo que debemos saber es cuáles son sus intenciones contigo. —Y la gran mayoría te quiere muerta —añadió Mitch y observó a Gwendolyn —. ¿Qué haremos? El silencio nos invadió por unos largos y tensos segundos hasta que uno de los tres se dignó a hablar. —Él podría haberla asesinado —dijo ella —, pero no lo hizo... —¿Qué quieres decir? Ella suspiró. —Quiero decir que tenemos dos opciones: él aún no se ha aliado con KEK y por eso no la ha asesinado en cuanto tuvo la oportunidad, o utilizará su conocimiento como forma de manipulación en el futuro. Mitch llevó ambas manos a su cabeza y comenzó a maldecir por lo bajo. —¿Podría saberlo y ya? ¿Nada de chantajes ni nada? Sólo... quedarse con aquel conocimiento para sí mismo. —Ella se encogió de hombros. —No podemos saberlo —respondió —. No nos queda otra opción más que esperar y ver si recibimos algo de su parte en los próximos días. No comprendería por qué no haría uso de aquella valiosa información. —Me ha dado a entender que no diría... —comencé a decir. —Vete, Valdine —me interrumpió Mitch. Pues... nada. No habíamos recibido nada de nada. ¿Que qué haría él con lo que sabía? Ni puta idea. Por mucho que quisiera quedarme aquí encerrada hasta recibir algún tipo de propuesta para salvar a Broc, no podía permanecer toda la vida aquí. A poco me enteraba del clima por la pequeña ventana que ahora iluminaba la habitación. Me decidí a ir por mi propia cena -ya comenzaba a creer que Mitch me enviaba comida asquerosa para que saliera de aquel lugar de cuatro paredes- y eso significaba que tendría que regresar al mundo social... Y a ver ciertos rostros familiares. Cogí la bandeja y me digné a no observar a nadie a mi alrededor. Si podía evitarlos a todos hasta regresar a mi pequeña cueva, lo haría. Bueno... Lo iba a ser, pero aquello no fue posible. —Al fin te vemos el rostro, Jensen —una voz asquerosa como la suya no se olvidaba con facilidad. Cerré mis ojos e intenté llenarme de paciencia. Mis pulmones se inflaron de aire, pero esa técnica de mierda no me ayudaba ni un poco. —Estar encerrada te sienta bien —volvió a hablar —. Ha sido agradable no tener que verte pasear por toda la central por algunos días. Sentía cómo mi corazón latía a mil por hora dada la adrenalina y mi piel se iba volviendo más cálida. En cualquier momento, comenzaría a echar fuego por mis orejas. —Lo de encerrada iba con doble sentido —vaya, que inteligente... —. Tú deberías estar en el lugar de Broc. Aquello había sido el detonante y se lo agradecía. Al menos, ahora tenía una excelente justificación para haberle partido el rostro. Apreté la bandeja entre mis manos con fuerza y me volteé hacia él, haciendo que aquella impactara en su rostro con toda la furia que cargaba. Lo asesinaría sin piedad alguna. Él tenía razón; sí debería de haberme quedado encerrada en mi habitación. Volví a impactar la bandeja en su rostro y cayó al suelo. Su mejilla derecha estaba bordo del golpe y su labio estaba sangrando. Me acerqué a él y cogí el cuello de su playera entre mis manos, acercándolo a mi rostro. —Y yo te voy a matar... sin ningún doble sentido —gruñí y llevé mi puño a su rostro. Uno... dos... tres... cuatro golpes después, y mis nudillos podrían haber continuado destruyendo su rostro a pesar del dolor que sentía pero, como era de esperarse, fui apartada de Miller. Unos brazos me rodearon la cintura y me alejó de aquel idiota. No sabía si la sangre en mi mano era de mis nudillos destrozados o de su rostro lastimado. Poco quedaba de su piel limpia visible sin haber sido invadida por su sangre. Sonreí, satisfecha con mi desempeño. De seguro, ahora mismo me veía como una puta loca. Todos en la cafetería habían dejado de hacer lo que se encontraba haciendo y habían querido presenciar el asombroso show que les había sido otorgado. Me moví bruscamente de aquellos brazos y me volteé a verlo. No iba a negar que me había llevado una desilusión al ver a Silas. No había sabido nada por parte de Cailan en cuatro días y él solía ser quien me salvaba de estas situaciones. Estiró mi mano derecha hacia él para inspeccionarla y me regresé a ver a Miller que se encontraba rendido en el suelo. Ojalá que aquello le hubiese servido para que no volviera a meterse conmigo. —Necesitas ir a la enfermería —me informó Silas y quité mi mano de su agarre. —Él también —hice referencia a aquel patético ser humano, sin quitar mi furiosa mirada de encima de él. Cogí una botella de agua y unos emparedados como si nada hubiese sucedido, y me largué de allí. Tomé asiento en mi cama, me vendé la mano con un trapo de una playera mía y le di un mordisco a mi almuerzo. Sabía sabroso, mucho mejor a comparación de lo que Mitch me había estado enviando. La puerta de mi habitación sonó y bufé. La palabra "paz" no tenía lugar en mi vida. Lo ignoré y le di otro mordisco a mi comida. Por mucho que intentara tomarme las cosas con calma, las cosas parecían no tomarme con calma a mí. Un pie fuera de esta caja y ya se creaba un alboroto. j***r. Es que cada día me creía más que mi nombre y apellido eran sinónimo de problema, o que mi apellido llevaba consigo una fuerte maldición. Tal vez, todo esto no llegaría a un fin hasta que el último Jensen desapareciera de la faz de la tierra, y esa era yo. La puerta volvió a sonar, poniéndome los nervios de punta, y dejé mi emparedado sobre mi mesa de noche. Me acomodé en la cama y le di la espalda a la puerta. Hasta hace una hora, no estaba convencida que quedarme encerrada aquí por días fuera lo mejor para mí. Ahora confirmaba que era lo mejor pero para los demás. Cerré mis ojos y ahora el dolor en mi mano comenzaba a hacerse presente. Oí la puerta abrirse detrás de mí y cerré mis ojos. Si me hacía pasar por dormida, puede que me dejaran tranquila. —Sé que estás despierta. —Abrí mis ojos tras reconocer su voz. Al fin se dignaba a aparecer... Me volteé a verlo y venía acompañado de aquella pequeña caja de primeros auxilios. Sería estúpido de mi parte preguntarle qué hacía aquí cuando la respuesta estaba más que clara. —Me ha enviado mi madre —explicó —. Ella está haciéndose cargo del idiota a quien por poco asesinas. —Qué lástima que no lo haya logrado —emití y me acomodé en mi cama, tomando asiento en ella. —Te diría que no puedes ir por la vida golpeando a las personas, pero... —No pude evitar reír por lo bajo. Él era el menos indicado para decírmelo. —Al menos, debía intentarlo —cogió lugar a mi lado y exigió mi mano lastimada. La apoyé sobre su pierna y se deshizo de mi miserable venda. —¿Qué te dijo? —me preguntó mientras limpiaba la sangre y mis heridas. No quería recordarlo ni darle más importancia de la que necesitaban sus sucias palabras. Hablar y acusar con el dedo era muy fácil, pero comprender cuán mierda y culpable ya me sentía por lo que Broc había hecho por mí... Desearía que alguien pudiera ponerse en mi lugar y así saber exactamente cómo me sentía. —Mi golpe está justificado, es lo único que vale la pena saber —sonrió. Mi piel se erizó al apreciarla y chillé del dolor al él limpiar lo que parecía ser una herida algo profunda. —Ya lo creo, aunque sé que le hubieses partido el rostro de igual forma. —Fruncí mi ceño. ¿Acaso ya me veía como una violenta que sólo golpeaba por diversión? —. Aún le debías una paliza por lo de aquel rumor que esparció. Cierto. Aquel en el que me había acusado de acostarme con la mitad de la central y revelar lo de mi embarazo. Asentí. Divisé algunos cortes nuevos en una de sus manos y vi que comenzó a llenar de líquido una jeringa. Demonios. Nunca me libraba de las putas suturas. Aparté mi mirada y sentí aquel esparcirse entre los tejido de mi piel. —¿Qué te sucedió en la mano? —le pregunté sin regresar mi mirada. —Así como tú utilizaste a Miller para descargar tu ira, yo hice lo mismo con la pared. Cuando yo lo había presenciado, no había sido para tanto, al menos, no lo suficientemente violento como para que le quedaran aquellas cicatrices. —¿Cómo te encuentras? Ahora ya algo más calmada que aquella vez en la que me lo había contado todo, podía intentar apoyarlo. Había notado que a él también le había dolido tener que hablar de Broc y de su situación, por lo que podía contar conmigo en caso de que lo necesitara. —Ardido —respondió. También yo. —Él no lo merecía... Merece —se autocorrigió. —No creí que fueran tan unidos —comencé a decir —. De hecho, ni siquiera creí que se conocieran. A juzgar por su actitud de los días pasados, podía deducir exactamente todo lo contrario. —Somos mejores amigos —declaró. Esto parecía una broma que no me creía aunque, al parecer, debería acostumbrarme a esto. Broc había llevado una doble vida de la que no había sabido nada, por lo cual estaba desinformada de un cincuenta por ciento de ella. Pagaría lo que fuera por ver su rostro si algún día descubriera que había follado con su mejor amigo. Por poco que me gustara que eso sucediera, anhelaba que lo hiciera. Sin importar las circunstancias o el momento, quería volver a tenerlo a mi lado aún así fuera para regañarme por haber dormido con alguien como Cailan. Si Jayce jamás le había agradado como mi novio, no quería imaginar qué pensaría de Cailan como solamente aquel muchacho con el que tenía sexo. —Broc se unió a nosotros hace seis años atrás —explicó —. Al principio, muchos aquí desconfiaban de él porque creían que estaba engañando a Gwendolyn y que realmente aún seguía del lado de Irene. Sin embargo, nos demostró más de una vez que no era así. Él se ganó el respeto de todos en este lugar, incluyéndome. Desde ese entonces, Gus, Broc y yo hemos sido inseparables... mejores amigos. Sonreí. Me alegraba que hubiese tenido otras amistades fuera de KEK. Él siempre pasaba el rato junto a Yuna, Anya y yo, ya que la única compañía masculina que nos acompañaba -mi ex novio- no le agradaba ni un poco. —¿Él alguna vez... —suspiré — les ha hablado sobre mí? Me encontraba evitando tener que ver su rostro o lo que se encontraba haciendo, por lo que no podía descifrar su expresión facial. —Siempre. Cerré mis ojos y me permití sentir cómo mi corazón se hacía pequeñito a causa de la tristeza y la angustia. Si intentar evitar sentir este dolor no me ayudaría a sobrellevar la situación, puede que intentar conectarme con él de una manera más profunda me hiciera sanar de alguna forma. —Era insoportable lo mucho que hablaba de ti. —Me eché a reír a pesar de que las lágrimas comenzaban a caer por mis mejillas. No me marcharía de este mundo sin antes haberlo hecho todo para recuperarlo. Cailan acabó por vendarme la mano y se puso de pie. —No me extraña lo que ha hecho por ti —emitió. Él había sufrido tanto como yo y eso también me partía el corazón. Si había alguien en esta central que pudiera comprenderme, esos eran Gus y Cailan. Gus parecía ser de esos que controlaba sus emociones y aquello podía deberse a lo que había atravesado durante su niñez. Él tenía las herramientas necesarias como para lidiar con este tipo de situaciones. En cambio, Cailan y yo... Bueno, nuestras emociones nos controlaban a nosotros. —Al menos, ¿ha podido despedirse de ustedes? —pregunté. Él clavó su mirada en el suelo y aclaró su garganta. —No —tragó grueso —. Fue lo suficientemente idiota o inteligente como para saber que si lo hacía, no permitiríamos que se marchara nunca más de este lugar. Estaba más de acuerdo con que había sido un idiota... Un idiota que había salvado mi vida, al fin y al cabo. Él se acercó a mí y me entregó unas píldoras. —Tómalas por tres días cada doce horas —me indicó —. Es para evitar que tus heridas se infecten. En todo el rato que habíamos estado en la habitación, él no se había atrevido a mirarme. Haber visto su sonrisa había sido encantador, haber hablado con él había sido de alguna forma terapéutico, pero ver aquellos ojos celestes podrían ser como mi morfina natural. Cogí su mano para evitar que se marchara y detuvo su paso. Aquella se sentía algo fría y suave como la seda. —Yo también lo siento —emití, pero ni aún así lograba que me observara —. Siento que también hayas tenido que enfrentarte a la realidad de su tortura y creer haberlo perdido. Cailan no hacía ni decía nada. Es como si su mente estuviera hundida en un mar de pensamientos y estuviera teniendo problemas para salir a la superficie. Eliminó la unión de nuestras manos con cuidado y cogió la maleta de primeros auxilios del suelo. —Me alegra que Miller haya recibido su merecido —concluyó y se marchó, dejándome con las ganas de disfrutar de aquellas perlas