3

3253 Words
—¿Están todos en posición? —cuestiono en un susurro por el micrófono que llevo escondido. —Sí, señora —dicen mis hombres en respuesta. Tapo el micrófono con mi mano y observo al cielo. —Has lo posible para que esto salga bien y los niños estén a salvo, Bruno —ruego asustada. —Ellos estarán bien —oigo a mis espaldas. —¿Qué haces ahí, Dustin? —le observo. —Voy a entrar contigo, Emily pensará que la he abandonado —hace una mueca. Mi teléfono comienza a sonar, lo tomo entre mis dedos y respondo. —¿Qué es lo que quieres, Petrov? —respondo observando fijamente el lugar en el que estaba. —Oye, nena —habla frío—, a mí me hablas bien porque tus pequeños son quienes saldrán mal de todo esto —aprieto mi mandíbula. —Estoy fuera —es lo único que respondo. —Pues te aguantas unos minutos —ruedo los ojos—. Enviaré a alguien para que te requise —cuelga la llamada. —Van a requisarme —le informo a Dustin para luego guardar nuevamente mi teléfono. —Era algo obvio —suspira. —No es nada imbécil —bufo—, pero tiene demasiado miedo de que le maten —observo mis alrededores. —No debería requisarte, si tan inteligente es podría luchar contigo pero no lo hace porque sabe que perdería contra ti, poginet —me guiña el ojo. —Creo que no me encuentro en aptas condiciones físicas para pelear —hago una mueca—. Aunque por mis niños sacaría fuerzas de donde no las hay —susurro. —Un hombre se acerca a ustedes, señora —me habla Marco por el audífono que tengo bien escondido por el cabello, el micrófono estaba por dentro de mi blusa. Observo con atención al hombre; es demasiado alto, corpulento y calvo. —Separe las piernas, señorita —ordena con una voz gruesa. —¿Por qué no vino una chica a requisarme? —lo observo fijamente—. No me gusta que un hombre desconocido me toque sin mi permiso —él suspira. —Le tocará dejarse requisar por mí sino quiere morir —no sé si me asusto más la expresión amenazante en su rostro o la forma en la que sus músculos se movieron. Abro mis piernas y extiendo mis brazos a mis laterales, dos segundos después el grandote comienza a requisarme meticulosamente. —Puede entrar —observa a Dustin— ...pero solamente ella —gruñe, se voltea y comienza a caminar. —Poginet, debo ir... —lo interrumpo. —Te prometo que Emily saldrá sana y salva —susurro sosteniendo su rostro entre mis manos. —Ve con cuidado... —Lo haré —asiento—. Tengo el micrófono, así que podrán escuchar todo —él asiente y yo alcanzo al grandote. El hombre me observa por encima de su hombro. —¿Le cederá su puesto? —murmura. —Haría lo que fuera por mis hijos —le observo. —Eso dice que es una buena madre —le medio sonrío—, pero ahora...siento lo que va a suceder —suspira. —¿A qué se refie... —siento un fuerte golpe en mi nuca y luego de eso todo se ha vuelto n***o. ‖ ... ‖ Abro mis ojos y me percato de que estoy en el lugar donde conocí a Bruno, intento levantarme del sofá pero estoy atada con cadenas de pies y manos. —Esto tiene que ser una broma... —bufo e intento hallar alguna forma de quitarme esto. Cada lugar en el cual mis ojos se posan logran que Bruno vuelva a mi mente. Hemos subido dos pisos de escaleras y siento que los tacones se me están insertando en la piel de los talones. La mujer se detiene frente a una doble y gran puerta de color n***o, la observo sin entender y su rostro no expresa absolutamente nada. Supongo que éste es el lugar, así que abro la puerta y veo una silla de espaldas a la entrada. —Suerte —susurra—. Señor Russo, la chica acaba de llegar —informa ella. Hace una seña con sus dedos para que pase a la habitación pero me quedo allí de pie sin saber que hacer, hasta que, la chica me da un empujón y cierra la puerta detrás de mí. Me dedico a analizar la estancia; tiene tonos neutros que con la combinación que posee inspira un aspecto de soberbia y arrogancia total pero se ve bastante limpio. Es algo amplio pero se siente acogedor, creo que es un despacho con biblioteca incluida. —Nunca creí que alguien analizaría más un despacho antes que a la persona que tiene delante —una voz grave y arrogante llega a mis oídos. Siento como mis piernas tiemblan ante su voz y mi mirada viaja hacia el dueño de la misma. Tiene los ojos cafés, como si se tratase de un café totalmente amargo, bueno, de esa forma. Su mandíbula perfectamente marcada, barba que se nota es de unos pocos días y unos labios completamente apetecibles. Veo una mano extendida delante de mí. —Soy Bruno Russo —le veo sonreír de lado. Es más que obvio que notó la forma en la que le analizaba y con nerviosismo estrecho su mano entre la mía—. Un placer tenerte aquí —lleva mi mano hacia sus labios y estos rozan mis nudillos, en ese preciso instante algo extraño recorre mi espina dorsal. Mi boca se siente seca, paso la lengua por mis labios para mojarlos y poder hablar. —Yo soy Kylie Jones —oculto el escalofrío que recorrió mi cuerpo en cuanto mi piel hizo contacto con la suya. Señala el sofá n***o que hay en una esquina de la estancia y voy hacia allí para luego sentarme. Él toma asiento a mi lado, coloca sus manos sobre sus muslos y uno de sus dedos roza mi pierna desnuda, una corriente eléctrica recorre mi espina dorsal. *Esta será una difícil tarde.* —No me hará bien estar aquí... —susurro. La puerta se abre y frente a mí aparece una chica de no más de veinte años, si es que no tiene menos. —¿Y tú quién coño eres? —frunzo mi ceño. —Soy la pequeña de los Petrov —habla con superioridad. —¿De verdad te crees tanta cosa siendo una mocosa? —enarco una de mis cejas. —Dime... —se acerca a mi rostro y me observa fijamente. —No me van las mujeres, si es lo que quieres saber —sonrío burlona. —Quien es la que está atada, ¿tú o yo? —ignora completamente lo que dije. —Eso depende —me observa sin entender—. Yo estaré atada de pies y manos pero tus neuronas seguramente están todas muertas de lo asfixiadas que estuvieron, es solo una suposición, no te vayas a ofender —finjo una expresión de tristeza. Recibo una bofetada de su parte la cual hace que mi rostro se voltee. —Ten cuidado con lo que dices, mosca muerta —gruñe en mi oído—. Puedo ser peor que mi hermano, te juro que traeré a tus pequeños aquí y los mataré —susurra mientras me jala el cabello con fuerza. —A mis hijos no les pondrás una mano encima, perra —volteo mi rostro y le escupo en el suyo. —Que asco —chilla limpiándose. —Te dije que no entrases aquí hasta que yo no estuviese, Hanna —se oye la voz de Alek recriminando. —Quería atormentarla un poco —me observa con malicia. —¿Atormentarme? —río falsamente—. Uy sí, me estoy cagando del temor que me generas —hablo seria—. De verdad, eres muy imbécil —veo que levanta su mano para golpearme. —Hanna, no —suelta firme—. Sal de aquí, ve con los niños y la mujer de Martin, no te quiero aquí —veo como Hanna queda estupefacta. —Pero, yo... —la interrumpe Alek. —¡QUE TE LARGUES! —le grita y ella sale cabizbaja. Alek comienza a caminar por los alrededores hasta que se posa frente a mí y se coloca en cuclillas sin quitar sus ojos de los míos. —¿Puedes explicarme por qué coño me ataron? —gruño—. Esto no era parte del trato, Alek —lo observo mal. —Es que si te tengo así, es más divertido —sonríe con malicia—. Durante estos dos años he visto que has hecho muchas cosas más de las que yo esperaba —suspira. —¿Y que con eso? —enarco una de mis cejas—. ¿Acaso crees que una mujer dentro de la mafia puede lograr menos cosas que un hombre?, ¿esa es la razón por la cual tratas tan mal a la odiosa de tu hermana? —medio sonrío. —No es porque las mujeres no sean capaces, es que, nadie puede tener más poder que yo y eres mujer, por eso lo lamento demasiado —finge tristeza. —¿Vas a matarme acaso? —elevo mis cejas—. Que valiente de tu parte. Sí, de seguro será mejor matarme sin que yo sea capaz de poder defenderme —bajo mi mirada—, sé que temes que pueda derrotarte, Petrov. —Tú nunca matarías ni a una mosca, Cobra —me río de forma socarrona ante su comentario. —Por favor, que cosas dices —niego con la cabeza entre risas—. Sabes muy bien que he matado a la mayoría de mis enemigos y tú serías algo tan insignificante pero, de igual forma, acabaría contigo —me encojo de hombros. —La verdad te escuchas muy convencida —me observa. —Es lo que tengo —hago una mueca. —Acabarás muerta —sus ojos están fijos en los míos. —Pues me encantaría ver eso —lo enfrento—. Aunque es injusto, tú tienes armas y yo estoy sin nada, y encima de todo, me tienen amarrada como si fuese a ir al matadero —extiendo mis manos mostrando las cadenas que rodean mis muñecas. —¿Me crees idiota o qué? —enarca su ceja—. Sé que en el momento de soltarte escaparás o harás alguna estupidez, así te quedarás hasta que yo lo decida —ruedo los ojos ante los que dice. —¿Me crees idiota o qué? —utilizo sus mismas palabras—. Tienes a mis hijos y sé que sea lo que sea que vaya a hacer, les harás daño y no lo soportaría —paso saliva. —¿Por qué hablas en plural? —frunce el ceño—. Que yo sepa solamente tienes un hijo y creo que su nombre es Benjamín, el otro niño es el bastardo hijo de Bruno —se gana una mala mirada de mi parte. —Naim es tanto hijo mío cómo lo es Benjamín —respondo tajante—. Madre no es quien tiene a un hijo, madre es quien los cría y me he encargado mejor que su madre biológica de él, así que, me considero su mamá —lo observo de mala gana. —Eso no lo dice la biología —le escupo en la cara. —¡LA BIOLOGÍA ES UNA PUTA MIERDA! —exclamo completamente alterada. —Tampoco te sobresaltes porque sabes lo que sucederá, zorra —habla entre dientes y se comienza a alejar de mí. —¿Piensas dejarme aquí? —su risa hueca llega a mis oídos. —Será mejor que te acostumbres —el sonido de su voz es reemplazado por un fuerte portazo. —Mierda... —bufo—. ¿Cómo coño se supone que saldré de aquí? —hablo sola. —Poginet... —oigo en mi oído. *El audífono, que idiota eres, Kylie.* —¿Me oyes, Dustin? —hablo en un susurro por si acaso. —Todos hemos oído todo, así que, sí —suspiro—. ¿Cómo te encuentras, poginet? —noto la voz de Dustin teñida con preocupación. —Estoy bien, me duele la cabeza por el golpe que me dieron pero es lo menos importante —resoplo—. Lo que importa es que salga de aquí, al igual que los niños y Emily pero... —mi voz se corta. —¿Pero qué? —cuestiona Marco pero no respondo. —¿Nena, estás bien? Responde, coño —se oye a Anton refunfuñar. —No puedo salir, estoy atada como bien pudieron oír antes —dejo de hablar al oír pasos acercarse a la habitación. —¿Con quién se supone que hablas? —Hanna se acerca a mí y me analiza. —Déjame salir de aquí, te daré el mando a ti, si es lo que quieres pero deja que mis hijos y yo salgamos —me observa por unos segundos. —No quiero el mando, quiero que todos los hombres caigan a mis pies —frunzo el ceño. —Por favor... —susurro cansada de tanta estupidez. —Ven, debes ver algo —dice para luego levantarme del sofá y llevarme a la fuerza hacia alguna parte. Intento caminar de una forma normal pero las cadenas de mis pies pesan demasiado y se me está haciendo casi imposible. —Mueve el culo, imbécil —se queja la pequeña Petrov. —Lo intento, ¿sabes? —la observo agotada de ella—. Estas mierdas pesan, no es mi culpa —ruedo los ojos y en ese momento se oyen disparos. Aprovecho la distracción de Hanna para asfixiarla con las cadenas que ataban mis muñecas. —Déjame —susurra sin aire e intenta arañarme pero yo aprieto más las cadenas. —Lo siento —segundos después cae redonda al suelo. Me coloco en cuclillas para tomar su pulso y, efectivamente, está muerta. Al levantar mi rostro veo que el gorila que me había requisado estaba muerto y Anton estaba caminando hacia mí. —¿Qué coño haces aquí? —susurro. —Haremos esto juntos, nena —sonríe. —¡¿Estás loco?! —exclamo—. No di ninguna orden y podrías morir —le recuerdo. —¿Sabes?, cuando una persona está enamorada es capaz de dar hasta la vida —lo observo con lentitud—. No importa que tú a mí no me quieras como yo a ti pero, de igual forma, te protegeré —acaricia mi mejilla con suavidad y medio sonrío. Doy un paso hacia atrás y él hace una mueca. —Ven, te ayudo —no sé cómo coño hace pero logra quitarme las cadenas. —Gracias pero... —como si supiese lo que fuese a decir me entrega un arma y una navaja. —Todos tuyos —sonríe y yo los tomo con gusto. —¿Acabaste con todos los guardias? —cuestiono acomodando la navaja. —En eso están los demás —responde con superioridad. —Nos queda Alek para nosotros, quien estoy segura de que no tardará en lleg... —soy interrumpida. —¡CUIDADO, KY! —exclama Anton y enseguida se lanza sobre mí para luego oír como alguien dispara dos veces. Anton cae al suelo de rodillas y luego es su espalda la que toca este. Sin pensarlo me coloco a su lado con manos temblorosas e intento hacer presión sobre su herida. —No, no, no... —susurro. Anton lleva su mano hacia las mías y las aparta con poca fuerza. —Nena...no —susurra casi con un hilo de voz. —Anton, tú no puedes morir así, no puedes morir por mi culpa —niego con mi cabeza. —No moriré por tu culpa —ríe un poco—. Lo único de lo que tú eres culpable es de que yo te ame... —su mano se posa sobre mi mejilla con debilidad. —Pero así no debería ser tu final... —murmuro. —Mi final es el indicado si logré que tú sigas viva, nena —veo como Anton toma su arma y jala una vez del gatillo hacia mis espaldas—. Tienes el camino libre para ir a buscar a los niños —frunzo el ceño y volteo hacia atrás. El cuerpo de Alek se encuentra de rodillas en el suelo. —Gracias... —le susurro— ...por todo... —¿Puedo pedirte una última cosa, nena? —tose y sus heridas sangran aún más. —Házlo —asiento. —¿Puedes darme un último beso? —sus ojos se están entrecerrando—. Necesito irme con el sabor de tus labios sobre los míos —me sonríe. Con lentitud me acerco a su rostro, él me sujeta por la barbilla y nuestros labios se unen en un beso lento, en el cual reina la tristeza. —Te amo, nena —susurra al separar nuestros labios y luego de eso sus ojos se cierran. Limpio las lágrimas, las cuales no había notado y acaricio su mejilla. —Lo siento mucho, Anton... —murmuro observándolo. Suspiro profundamente y me pongo de pie. Veo como Alek intenta arrastrarse para llegar a su arma pero me acerco y la pateo lejos de su alcance. —Creo que te dije que si te veía otra vez acabaría contigo. Veo que no sabes obedecer una regla —aprieto sus mejillas mientras clavo mis uñas en ellas. —No saldrás viva, perra —habla entre dientes—Tus hijos morirán. Tomo la navaja y corto su yugular, inmediatamente la sangre comienza a brotar con rapidez. —Te veré en el infierno, Petrov —clavo la navaja en lo profundo de su pecho. Limpio mis manos en una cortina y observo el c*****r de Anton con dolor. —Pueden entrar, todos dentro están muertos —observo el cuerpo de Anton—. Marco y Justin, necesito que saquen el cuerpo de Anton de aquí —ordeno—. Iré a buscar a los niños y Emily —anuncio por el micrófono. —Entendido —dicen todos. Comienzo a recorrer el lugar; he perdido la cuenta de cuantas puertas he abierto y solo encuentro habitaciones vacías. —Espero que aquí estén... —ruego antes de abrir. En cuanto abro veo a mis dos niños en el suelo, amarrados de pies y manos con una mordaza en la boca, al igual que Emily. —¡Niños! —exclamo y corro hacia ellos. A diferencia de mí están amarrados con cuerdas, por lo cual, no es díficil desatarlos. En cuanto los dejo libres ambos se lanzan a abrazarme. —Sabía que vendrías, mami —susurra Naim en mi oído. Siento como mis ojos se inundan de lágrimas. —Siempre estaré para rescatarlos, mis príncipes —beso la frente de mi pequeños. Dustin entra corriendo y Emily se lanza a sus brazos, el francés le da un enorme abrazo y yo sonrío observándolos. —Mami... —Benjamín llama mi atención. —¿Sí, pequeño? —murmuro. —Te amo —sonríe y siento como las lágrimas caen por mis mejillas. —Yo también te amo, mami superheroína —ríe Naim. —Y ustedes dos no se hacen una idea de lo que los amo —los abrazo nuevamente y dejo que más lágrimas escapen de mis ojos. *Gracias por haberlos protegido, Bruno.*
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD