Estoy sentada en el despacho con la vista pérdida en alguna parte del lugar.
Aún no he podido quitar la imagen del cuerpo sin vida de Anton frente a mis ojos. Él tenía que seguir vivo, debía conocer el verdadero amor y ser correspondido pero no, él está muerto por mi culpa.
Unos golpes fuertes se oyen en la puerta.
—¡¿Quién mierda es?! —exclamo alterada.
La puerta se abre y la cabeza de Dustin aparece por el hueco de la puerta.
—¿Qué te sucede, poginet? —me analiza con la mirada.
—Nada, déjame sola —me volteo en la silla.
—¿Crees que podrás echarme así de fácil, poginet? —sé que tiene un sonrisa burlona en los labios.
—Me da igual, sal de aquí, francés —bufo.
No obtengo respuesta pero dos segundos después el rostro de Dustin aparece frente a mí.
—Ya he dicho, Dustin —ruedo los ojos y él ríe.
—¿Aún piensas en que la muerte de Anton fue por culpa tuya? —dice serio.
—No lo pienso, fue mi culpa —Dustin niega.
—Anton estaba haciendo su trabajo, poginet —suspira.
—No debí haberlo metido en esa mansión, tenía que ir sola —desvío mi mirada.
—Es muy posible que tú hayas muerto —menciona tajante—. ¿En serio querías dejar a tus hijos huérfanos? —elevo mi mirada y lo observo de mala forma—. Perdieron a su padre, no necesitaban perderte a ti también, poginet —susurra.
—Anton estaba enamorado de mí —susurro—. Lo último que dijo antes de morir fue que me amaba —siento una opresión en mi pecho.
—No tienes la culpa de no haberle correspondido...
—Él no logró ser feliz, no formó su propia familia ni pudo cumplir sus objetivos —gruño.
—Tienes que ser fuerte, Ky —coloca sus manos sobre mis hombros y me observa—. Tus hijos te están esperando, estás viva y ellos igual; la muerte de Anton tuvo un buen fin, poginet —habla en tono bajo.
—Pero no logró ser feliz, si quería formar una familia no pudo y eso es por mi culpa —cierro mis ojos con fuerza.
—Anton tuvo un hijo —en ese momento siento como si algo se clavase en mi pecho.
—¡Dejé a un niño sin padre, Dustin! —exclamo exaltada.
—El niño murió, tenía leucemia y Anton comenzó a trabajar aquí para pagar el tratamiento —me recuesto más sobre la silla—. Creo que murió dos años antes de que tú llegases a la mansión —explica calmado.
Suspiro profundamente y cierro mis ojos con fuerza.
—Me hace falta Bruno... —confieso por primera vez en largo tiempo.
—A todos nos hace falta —abro mis ojos y le observo—. Pero dejó todo esto en buenas manos, todo está saliendo bien, poginet —sonríe.
—¿Puedes cuidar de Naim y Benjamín? —me levanto de mi silla.
—¿Dónde irás? —me observa con una ceja arqueada.
—Necesito dar una vuelta... —al decirlo no le veo a los ojos—. Volveré pronto —murmuro.
—Yo los cuido, ve con cuidado —asiento y salgo del despacho.
|| ... ||
Me arrodillo en el suelo frente a la lápida e inspiro oxígeno.
—Hace mucho no venía a visitarte, Bruno... —susurro—. Si te soy sincera no he tenido las fuerzas suficientes para venir aquí porque sé que al hacerlo estaría superando tu muerte, la cual siento que no superaré jamás... —sonrío con labios temblorosos.
Coloco las flores que había llevado en el lugar en donde se supone que van. Abro mi bolso, tomo la fotografía que tenía de mis niños y la acomodo de forma correcta.
—¿Sabes?, nuestro hijo es demasiado parecido a ti —sonrío recordando a mi pequeño—. Sus expresiones son muy similares a las tuyas y solamente tiene dos añitos...no quiero imaginar en el momento que tenga dieciséis —río un poco—. Naim es el niño más lindo de todos, siempre se la pasa hablando de ti en presente y eso hace que me cueste aún más superar tu muerte —suspiro.
Observo a mi alrededor y puedo notar que el cielo está completamente oscuro.
—Si estuvieses vivo estoy segura de que nos hubiese ido bien en este mundo —medio sonrío—. Aunque hubiese sido difícil, ya que era una de tus enemigas dentro de la mafia —murmuro—. Podíamos clavarnos un puñal por la espalda así como si nada pero créeme que si eso hubiese sucedido, tú no saldrías victorioso —me lo imagino frente a mí.
Observo mi anillo de compromiso y de matrimonio junto con Bruno; a pesar de que el matrimonio haya sido falso y le haya hecho firmar los papeles de divorcio, aún los llevo. El contacto con la familia Russo no ha acabado, Antonella al saber la noticia de mi embarazo se puso a llorar de la emoción, casi siempre hablamos.
En cuanto supo que el nombre de su nieto sería igual al de su difunto esposo, juro que me lo agradeció en mil idiomas diferentes y su emoción se notaba. En cuanto le informé de la muerte de Bruno, su forma de afrontarlo me tomo por sorpresa; sentí que en el fondo no sentía dolor y yo al estar en su posición, si uno de los niños llegase a morir estoy segura de que me iría en vida.
—Los niños te necesitan a su lado —susurro— ...al igual que yo —hago una mueca.
La lluvia comienza a mojar mi piel.
—Creo que ya es hora de dejarte ir... —susurro y coloco mi mano sobre su nombre en la lápida—. Sé que en el lugar que te encuentres estás bien, haré lo que sea para que nuestros hijos sean felices —sonrío—. Hasta siempre, Bruno —suspiro y cierro mis ojos.
Me coloco de pie e inspiro profundamente.
—¿Has venido a jugar tu papel de viuda, Cobra? —oigo una voz masculina a mis espaldas.
Volteo y allí veo a Varick de pie.
—¿Y a ti qué coño te importa? —gruño.
—Nunca se ven mujeres deslumbrantes en un cementerio, nena —me guiña el ojo y yo pongo los míos en blanco—. ¿Aún estás triste por la muerte de Bruno?, no fue tan relevante —se encoge de hombros.
—¿Tú quien te crees para meterte en mis asuntos, idiota? —enarco una de mis cejas.
—Te lo digo porque te ves desanimada y hace bastante tiempo no vas a las cenas —murmura con sus ojos fijos en los míos.
—Eso no es de importancia —desvío mi mirada.
—Si te soy sincero eres a la primer mujer que veo dentro de este mundo y le va bien —frunzo ceño—. Eres inteligente, tienes todo lo que hay que tener para estar en este mundo y lo haces lucir tan natural —sonríe.
—Ya... —río con amargura y comienzo a caminar por el cementerio.
—No me crees, ¿verdad? —se posiciona a mi lado para luego caminar juntos a mí.
—Eres uno de mis enemigos, nunca se debe creer en la palabra del oponente —voy observando las lápidas.
—Pero tu eras la mujer de uno de los más peligrosos, de quién tenía más poder —explica suave.
—¿Y eso qué? —cuestiono como si fuese nueva.
—Eres... —suspira y le observo— ...algo así como "intocable" —hace comillas con sus dedos—. Aunque no te hubieses hecho cargo del puesto de Bruno, lo seguirías siendo —simplemente río.
—El haber estado trabajando bajo las sombras y asesinando gente no hizo que la reacción al saber mi identidad fuese suave, y tú mismo lo sabes —digo en un tono retador.
—Lo que digo es que, estuviste haciendo cosas cubriendo tu identidad por largo tiempo y nadie lo supo hasta el día que lo desvelaste —alza su ceja.
—Por alguna razón tuvo que ser así —me encojo de hombros y detengo mi paso frente a una lápida en especial.
—¿Miedo? —río ante su sugerencia—. ¿Entonces que? —le por sobre mi hombro.
—¿Conoces a Paul Kuznetsov? —alzo mis cejas.
—Sí, El Tigre —dice el apodo de mi padre—. ¿Por qué la pregunta? —arruga su entrecejo.
—Él es mi padre —abre sus ojos sorprendido—. No te sorprendas tanto que tengo razones para ir en contra de él —observo la lápida.
—¿Tu hermano igual? —asiento y él observa la lápida—. ¿Quién es Dayana Jones García? —suspiro.
—Mi madre... —susurro.
—¿Se puede saber cómo murió? —medio sonrío.
—No son cosas que tú debas saber, Varick —respondo tajante.
—¿Quieres que te deje sola? —asiento—. Bien, estaré en la entrada del cementerio —se va.
—Hola, mami —susurro y me arrodillo frente a su tumba—. Ha pasado mucho tiempo desde la última visita, mamá —sonrío—. Me has hecho demasiada falta este tiempo.
Acaricio su nombre con delicadeza y suspiro.
—Quiero acabar con Paul y Dedrik, mamá —murmuro—. Pero siento que no podré hacerlo y, por primera vez en mucho tiempo, tengo miedo —confieso.
Observo al cielo y cierro mis ojos con fuerza dejando escapar mis lágrimas.
—Sé que posiblemente ya lo sepas pero estaba casada, con un mafioso —hago una pausa—. El día que te asesinaron dijiste que no querías que estuviese al lado de un mafioso y que no querías un infierno para mí, pero... —suspiro— ...Bruno no era como papá, él era todo lo contrario a él —sonrío recordándolo.
Limpio mis lágrimas y dejo las otras rosas en su lugar.
—Espero que ambos se hayan conocido —medio sonrío y me levanto de mi lugar—. Prometo visitarte pronto, mamá. Te amo —balbuceo y camino hacia Varick.
Me observa serio para luego guiarme hacia su coche.
—¿Qué estás buscando, Varick? —bufo en cuanto subimos.
—Necesito hablar contigo —lo analizó totalmente seria.
—¿Sobre qué? —suspiro.
—Quiero ayudarte con Dedrik y Paul —arrugo mi entrecejo—. Lo sé, es algo extraño —balbucea.
—Me trataste de puta la primera vez que te conocí y no fuiste muy agradable conmigo —acomodo un mechón de cabello tras mi oreja.
—Lo sé y lo siento —le observo y noto que está siendo sincero—. ¿Podríamos hablar en otra oportunidad, Kylie? —lo pienso por unos minutos.
—¿Qué me garantiza que no acabarás por matarme para conseguir el mando de la mafia? —Varick se ríe.
—No me interesa eso, Jones —fija sus ojos en los míos—. Soy amigo de Luca y sé cuanto le importas, también digamos que tu padre me ha hecho la vida a cuadros —me observa con atención—. Solo quiero ayudar a destruirlo.
—Está bien —murmuro.
—¿Lo dices en serio? —asiento.
—Solamente espero que no hagas que me arrepienta, Fischer —él sonríe.
—¿Quieres que te lleve a la mansión? —niego.
—Mi coche está a unas calles —estaba a punto de bajar del coche cuando me detiene.
Varick me coloca un abrigo sobre los hombros con lentitud para luego observarme fijamente.
—Podrías enfermarte con el día así —trato de darle una sonrisa.
—Gracias, Varick —murmuro y él guarda una tarjeta en el bolsillo del abrigo.
—Es mi número, llama cuando necesites —inmediatamente bajo del coche y camino hacia donde tenía el mío estacionado.
|| ... ||
Abro la puerta de la habitación de Benjamín y veo que está en su cama durmiendo, cierro suavemente y al voltear veo a Naim a mi lado.
—¿Qué haces aún despierto, pequeño? —lo tomo en mis brazos y le observo.
—¿Dónde estabas, mami? —sonrío.
—Mami fue con la tía Daf —miento.
—¿Por qué me mientes? —hace su rostro de tristeza.
*¿Por qué estos niños son tan inteligentes?*
—Bueno... —murmuro—. Estuve con el tío Tom preparando la sorpresa para el cumpleaños de la tía Daf —sonrío y él hace lo mismo.
—¿Va a haber pastel, mami? —cuestiona emocionado.
—Por supuesto que sí —Naim mueve sus manitos feliz—. Pero ahora debes ir a dormir porque los niños que no duermen temprano, pues no comerán pastel —hablo lo más seria que puedo.
—¿Me llevas a la cama, mami? —cuestiona con inocencia.
Lo llevo a su habitación para luego dejarlo sobre la cama y acobijarlo.
—Que descanses, pequeñín —beso su frente.
—Tú igual, mami —se acomoda en su cama.
Salgo de la habitación y voy a la mía.
Al entrar allí veo que hay una gran caja sobre mi cama.
—Esto es raro... —murmuro y me acerco a paso lento.
La abro con lentitud y el horrendo olor a putrefacción vuelve a salir por la caja.
—Mierda —observo el contenido de la caja.
Tomo mi teléfono y llamo a Dustin.
—¿Sucede algo, poginet? —cuestiona enseguida.
—Ven a mí habitación, ahora mismo —finalizo la llamada y mis ojos no se quitan de la caja.
La puerta de mi habitación se abre y Dustin ingresa rápidamente.
—¿Para que me que... —se cubre la nariz—. ¿Qué es ese olor asqueroso? —hace una mueca de repugnancia.
—Me enviaron una mano putrefacta... —me observa con los ojos abiertos—. Hoy ví a Varick en el cementerio, todos están muriendo por culpa mía, Dustin —él niega.
—Si eso fuese así, yo estaría muerto —se encoge de hombros—. ¿Tienes su número para llamarlo y comprobar que no sea su mano?
Rápidamente recuerdo la tarjeta. Corro hacia el abrigo y la tomo para marcar el número a toda prisa.
—Responde... —suplico nerviosa.
—¿Hola? —se oye la voz de Varick del otro lado.
—¿Estás bien, Varick? —Dustin me observa atento.
—¿Por qué no lo estaría?
—Acabo de recibir una mano cercenada y creí que... —él me interrumpe.
—Lamento decirte que no es mi mano, tengo ambas dos y estaba haciendo un buen uso de ellas —se oye una risa femenina detrás—. Pueden ser amenazas de tu padre.
—Eso puede ser cierto —murmuro—. Perdona la interrupción —finalizo la llamada y suspiro profundamente.
Lanzo mi teléfono a mi cama y paso mis manos por mi cabello.
—¿Por dónde rayos se metieron? —observo a Dustin.
—Tu ventana —señala y es verdad.
La ventana está abierta y hay una silla tirada en la terraza.
—¡Carajo! —golpeo la pared.