El tema de la mano cercenada ya me estaba sacando de quicio. No sé quién mierdas la dejo en mi habitación, los guardias no vieron nada así que estoy pensando que es obvio que se metieron por mi terraza.
—Voy a volverme loca —lanzo los papeles a un lado.
—Debes tranquilizarte —habla mi hermano.
—Luca, se metieron en mi casa a dejarme una maldita mano cercenada —hablo con seriedad—. En cualquier momento podrían meterse y matar a cualquiera de nosotros —golpeo el escritorio.
—Ella tiene razón —dice Marco—. Está más que claro que la persona que dejó la caja tuvo que haberse metido por la terraza de su habitación, logró burlar la seguridad así que sabemos que es bastante inteligente —explica con seriedad.
—¿Qué es lo que podemos hacer? —los observo a todos.
—¿No tienes un plan, Ky? —cuestiona Luca.
—¿Tú crees que si lo tuviese estaría aquí sentada, Luca? —suelto con brusquedad.
—Ky, calmate —suelta Varick serio.
Suspiro profundamente.
—Necesito mudarme de esta casa —digo sin pensarlo.
—¿De verdad quieres irte de la casa de Bruno? —habla el francés.
—Mis hijos están en peligro, si puedo me iré a la China para que nada les suceda —estoy rabiosa—. Marco, necesito que me busques una buena casa para vivir, tampoco quiero que Rita esté en la nueva casa, corre peligro y si le sucede algo no me lo perdonaría —observo al suelo.
—A sus ordenes, señorita —Marco sale del despacho.
Marco y los demás guardias salen del despacho, solamente quedamos Dustin, mi hermano, Varick y yo.
—¿Van a quedarse ahí mucho tiempo? —los observo a ambos.
—¿Qué te sucede, poginet? —suelta Dustin sin quitarme los ojos de encima—. Últimamente no eres tú, estás muy diferente —murmura.
—Me sucede que en cualquier instante alguien puede entrar en la maldita casa y todos podemos morir —golpeo el escritorio.
—Nadie morirá, pequeña —habla Luca.
—Eso ni tú ni nadie lo sabe —respondo furiosa.
—No ganarás nada hablando de esa forma, Kylie —regaña mi hermano mayor—. Iré con los niños, nunca he sabido cómo llevar una conversación normal contigo así —se queja y sale del despacho.
Siento los ojos de Dustin sobre mí, le observo y está analizando mi rostro.
—¿Qué?, ¿tengo monos en la cara o qué? —alzo una de mis cejas.
—Tú no estás así por la caja —murmura serio.
—No digas cosas que no sabes —ruedo los ojos y observo a Varick.
—Mejor voy a tomar un poco de aire fresco —se levanta del sofá y sale del despacho.
Suspiro profundamente y Dustin me observa serio.
—Pues disimulas algo mal, al menos hoy —sonríe de lado—. ¿Estás mal por el segundo aniversario de la muerte de Bruno? —no respondo—. Premio para Dustin Martin —menciona con superioridad.
—El otro día fui al cementerio a verle, dejé una fotografía de los niños y flores —suspiro—. Fue mi forma de dejarle ir, debo soltarle —murmuro mientras juego con un bolígrafo.
—Sé que él murió pero no deberías soltarle, poginet —frunzo el ceño—. Es el padre de los niños y estoy seguro de que ellos querrán saber como era él, tú como su madre debes contarles lo que deseen saber —habla con calma.
—No puedo —susurro.
—¿Por qué no puedes?
—No es asunto tuyo, ve y ayuda a Marco a buscar una nueva casa —me levanto de la silla y subo a mi habitación.
Salgo a la terraza y me quedo apoyada sobre la puerta corrediza observando hacia afuera.
Me siento en la cama y dejo la botella de agua sobre la mesa de noche. Me sobresalto al oír la puerta siendo golpeada contra la pared y luego ser trabada con seguro. Coloco mis ojos hacia el frente y Bruno se está desvistiendo con prisa.
—¿Qué mierda haces entrando en mi habitación así? —uso mis rodillas de apoyo sobre el colchón y le observo.
—Quiero sexo y no puedo salir de la casa para conseguir a otra persona —se acerca como si estuviese a punto de cazar a su presa.
—No me vas a venir a tomar como si fuese tu último recurso —lo empujo pero no cae al suelo, solamente termina lejos de mí por unos centímetros.
—No eres el último —se acerca a mí nuevamente y toma mi rostro entre sus manos acercando mis labios a los suyos—. Sei sempre la prima che voglio scopare, sei il peccato che devo sempre commettere, dea —muerde mi labio inferior con sensualidad.
Entrecierro mis ojos estudiando los suyos.
—No entiendo ni lo más mínimo de lo que estás diciendo, pero el follarme esta vez no será fácil —paso mi lengua por sus labios y me suelto de su agarre para luego alejarme de él.
Oigo como se acerca hasta mí y su respiración caliente choca contra mi cuello. Sus manos atrapan mis pechos y los aprieta, aparto sus manos y vuelvo a alejarme de él saliendo a la terraza. El frío viento eriza mi piel y para mi sorpresa Bruno me arrincona contra el barandal de la terraza, haciendo que nuestros labios rocen.
—Si me estás desafiando a que te folle en la terraza, me importará poco si alguno de los vecinos nos ve pero —vuelve a mi habitación y sale con su camisa en mano, la deja sobre el sofá para volver a acercarse a mí— ...cuando te desnude, te pondrás eso —frunzo el ceño.
—¿Por qué mierda... —me interrumpe.
—Porque si nos ven los vecinos, no quiero que ninguno vea el hermoso cuerpo el cual me pertenece, dea —susurra mientra sostiene mi barbilla con suavidad.
Coloco mi mano en su nuca y ataco sus labios con furor. Bruno lleva sus manos a mis caderas sosteniéndolas con firmeza y pegándome más contra su erección. Se separa de mis labios quitándome la blusa y luego la falda. Quedo en ropa interior frente a él, el frío hace que se me ponga la piel de gallina.
—Sei una dea —susurra y muerde mis labios.
Toma la camisa del sofá, la coloca sobre mi cuerpo y luego me quita las bragas.
—Será el mejor sexo que tengas en tu vida —deposita un beso sobre mi cuello y luego me lleva hacia el sofá.
—¿No que según tú ya había tenido el mejor sexo todas las veces en las que lo hicimos? —murmuro.
—Todas las veces que te haga mía lo serán, pero esta más —siento como su glande roza mi clítoris y luego se acerca a mi entrada torturando mi mente—. j***r, estás empapada y ni siquiera te he tocado —deja un rápido beso sobre mis labios.
—Deja de hablar y mejor mete tu pene en mi v****a —ordeno.
—Tus deseos siempre serán ordenes, dea —dicho eso de una profunda penetración ya se encuentra dentro de mí.
Suelto un gemido debido a su fuerza para introducirse en mí. Él comienza a moverse llegando hasta lo más profundo de mí. Los rayos y relámpagos son el sonido que nos acompaña, mis gemidos son ahogados en el hueco de su cuello mientras que Bruno gruñe y muerde la piel del mío.
—Sei il mio diavolo, il mio piccolo diavolo squisito —susurra con su voz teñida de deseo.
Simplemente atrapo sus labios en un beso salvaje y finalmente muerdo su labio inferior con sensualidad. Sus penetraciones son cada vez más profundas pero rápidas, lo que hace que mi cabeza dé vuelta, arqueo mi espalda sobre el sofá y elevo mis caderas para poder recibir mejor sus penetraciones, lo cual hace que mis gemidos se oigan más. Siento como por mi torrente sanguíneo comienza a correr el placer, indicador de que estoy por llegar a un magnifico orgasmo pero este es interrumpido debido a que Bruno se sienta en el sofá colocándome sobre sus piernas.
—¿Qué acabas de hacer? —le dedico una mala mirada.
—Quiero que me cabalgues —colocas sus brazos sobre el respaldo del sofá y me observa sin expresión alguna.
Lo observo a los ojos mientras que le doy una sonrisa ladeada y entonces coloco mis manos sobre su pecho para luego comenzar a moverme el círculos sobre su polla. Primero me muevo de una forma lenta, lo cual le es torturante debido a la expresión que tiene en el rostro.
—j***r, te mueves como una jodida dea —gruñe sosteniendo mis caderas.
Es entonces cuando comienzo con los movimientos rápidos de arriba hacia abajo, echo mi cabeza hacia atrás entreabriendo un poco mis labios y dejando salir pequeños gemidos. Luego doy sentones sobre él, haciendo que su polla se introduzca duramente hasta mi tope. Bruno lleva sus manos hacia mi trasero y baja un poco más la camisa de él que llevaba puesta.
Mientras daba duros sentones sobre su polla pude ver como en uno de los edificios de la lejanía había dos hombres masturbándose así como si nada.
—Bruno, dos hombres nos están viendo —jadeo sin dejar de moverme encima de él.
—Dales el espectáculo que desean ver —cuela su mano dentro de la camisa acariciando el valle de mis pechos guiando su mano hacia abajo, hasta que se encuentra con mi clítoris mientras que comienza a estimularlo como si de ello dependiera su vida.
Mis fuertes gemidos no tardan en salir de mi boca. Me muevo con más rapidez sobre la gruesa y venosa polla de este hombre, logrando que me tome por el cabello con la otra mano que le quedaba pegando su boca a mi oído para poder oír sus gruñidos. Siento como mi coño comienza a palpitar al igual que la polla de Bruno, los dedos de él comienzan a moverse con más agilidad sobre mi clítoris y yo con más rudeza sobre su falo hasta que ambos estallamos.
Une su frente contra la mía, nuestras respiraciones agitadas se mezclan y él coloca su mano sobre mi mejilla. Me quita de encima de él, recostándome en el sofá y abriendo mis piernas para luego introducirse entre ellas. Gimo al sentir como su lengua caliente y húmeda comienza a lamer mi orgasmo. Con mi mano hundo más su cabeza allí para poder sentirlo mejor, muerde mi clítoris haciendo que un gemido mezclado de placer y dolor se escape de mi boca. Se separa de mi intimidad y me tiende la mano.
—Volvamos dentro, yo creo que los vecinos ya tuvieron suficiente espectáculo por hoy —tomo su mano y nos introducimos en mi habitación.
Bruno aún está desnudo, su pene ha vuelto a estar erecto y se acerca cada vez más a mí.
—Dije que sería el mejor sexo —murmura observando fijamente mis ojos verdes.
—Pero puedes estar mejor —me quito su camisa y se la lanzo en la cara—. Ahora sal de aquí, debo ducharme —me quito el sostén frente a él haciendo mis pechos capten su atención y muerda su labio inferior.
—Te acompaño y de paso repetimos. Estoy deseoso. La tormenta hace que quiera mucho sexo, dea —me acorrala contra la puerta del baño y nuestros pechos desnudos se tocan entre ellos.
—¿Por qué me siento de esta forma? —paso mis manos por mi rostro y me adentro en mi habitación.
Recuesto mi cuerpo sobre la cama y clavo mis ojos en el techo. Quito los anillos de mis dedos y los contemplo.
—¿Qué sucedería si estuvieses vivo? —suspiro.
Se oyen gritos desde afuera, me coloco los anillos, me levanto de la cama para luego salir a la terraza y observar la escena.
Jacob estaba borracho intentando evadir a Marco y Justin.
—Esto tiene que ser una puta broma —bufo y decido salir de la habitación.
Al llegar a la parte delantera de la casa Jacob me sonríe y extiende sus brazos; intenta caminar hacia mí pero los chicos lo detienen.
—Ky, déjame abrazarte. Te extraño, nena —arrastra las palabras.
—¿Qué mierdas haces aquí, Jacob? —suelto con brusquedad.
—He estado pensando en ti todo este tiempo y me haces falta, nena —me observa con tristeza.
—No quiero verte aquí, Jacob —observo a los chicos—. Saquen a este hombre de aquí —ambos asienten y lo toman por los brazos.
Me volteo para volver a la casa.
—¡Sé quién te dejó esa caja! —me volteo hacia él.
—Suéltenlo —ordeno.
Camino hacia él y le observo fijamente.
—¿Tú como sabes eso? —enarco mi ceja.
—Pues porque fui yo quien dejó la caja en tu puta habitación —hipa.
—¿Al menos sabías lo que había dentro?
—No tengo ni la más puñetera idea, lo único que sé es que apestaba demasiado —hace una mueca.
—¿Quién te envió? —le cuestiona Marco.
—El Tigre —responde tranquilamente.
—Y tú piensas que dejaré que estés cerca mía —río seca—. Trabajas para mi padre y no pienso dejar que actúen a mis espaldas —gruño y veo temor en sus ojos.
—¿Qué harás, Ky? —cuestiona asustado.
—¿Yo? —alzo mis cejas—. Nada, pero ellos sí —sonrío y observo a los chicos—. Hagan lo que sea necesario para sacar información sobre mi padre y si no coopera, lo matan —asienten.
Vuelvo a la mansión y es inevitable oír los gritos de súplica que lanza Jacob.
Recuesto mi espalda sobre la puerta, cierro mis ojos y suspiro.
—¿Qué es ese escándalo? —la voz de Dustin llega a mis oídos.
—Un peón de mi padre que va directo a la muerte —explico aún con los ojos cerrados.
Un silencio se hace presente. Abro mis ojos y lo tengo a centímetros de mi rostro.
—¿Quieres besarme o qué piensas hacer? —él ríe y niega.
—Eras mujer de Bruno —susurra.
—¿Entonces qué?
—¿Tú te enamoraste de Bruno, poginet? —lo observo confundida.
—¿Qué? —es lo único que sale de mis labios.