Narra Sophia
—Soy Sophia, tengo veintiún años, pero en un mes cumplo veintidós.
—¿Tienes experiencia?
—La verdad no, pero aprendo muy rápido. Soy buena en lo que sea que usted quiera que haga. Si quiere puede ponerme a prueba y se dará cuenta. Además, soy muy puntual y responsable. Quizás haya días en lo que no sepa que hacer pero si me orientan yo puedo hacer bien mis funciones, esa es una cualidad que heredé de mi padre…
—Hablas mucho —menciona el hombre de barriga protuberante.
Pongo mis manos en la boca y trago lo demás que estaba por decir.
—Lo lamento.
—Me agradas, en los cinco minutos que llevas aquí sentí una excelente vibra. Solo espero que no hagas desastres, si cumples con tus funciones todo lo demás estará bien. Así que bienvenida a Órale mexican restaurant.
—¡Guou! ¡Muchas gracias! —grito emocionada y corro hasta el señor para abrazarlo— le aseguro que no se va a arrepentir.
La mañana siguiente inicié como camarera, el mismo señor Gerardo —mi jefe— se encargó de hacerme la inducción. Esa misma tarde inicié y me adapté más rápido de lo que esperaba. En un abrir y cerrar de ojos lo que sería solo un tiempo corto se convirtió en un mes, en este lugar celebraron mi cumpleaños con una torta y un almuerzo para mí y para el resto de compañeros. Fue la primera vez que compartí un cumpleaños sin la compañía de mis padres, a mamá le envié una foto de mi torta y le dije que mis compañeras de la agencia en el corto tiempo libre que tuvimos me prepararon una pequeña celebración, fue un día en el que sentía mucha melancolía.
En los siguiente meses, encontré un par de trabajos como modelo; volví a modelar mis pies para una tienda de calzado, mis uñas para un salón de belleza, mis orejas para una tienda de accesorios, mis piernas y glúteos para una línea de jeans y mis ojos para una marca de delineadores. Las ganancias no fueron muchas pero la experiencia fue satisfactoria, en ese tiempo, el señor Gerardo era muy comprensible y me permitía tener esos días libres —aunque debía compensarlos los fines de semana.
Lo que para mí sería poco tiempo, se vuelve a convertir en viaje rápido de los días, porque ya he cumplido un año en Órale. A mis padres que siempre preguntan por lo que hago, les mando las fotos de los pocos estudios que he hecho, también le envío a mi madre los obsequios que me dan las marcas. Quisiera enviarle dinero pero sé que no lo recibiría y tampoco estoy en las mejores condiciones para insistirle.
Hace dos meses, Jess tuvo que viajar a otra ciudad porque ha encontrado un buen empleo, quiso que fuera con ella pero no puedo irme ahora de Los Ángeles. Aquí he ido construyendo algo, tengo el empleo en el restaurante y salen algunas fotos.
—Sophia, servicio en la mesa ocho listo —escucho a Ethan desde la cocina.
—¡Ya voy!
Guardo mi móvil en mi delantal y voy a la cocina, allí tengo listo el pedido así que lo llevo hasta la mesa ocho. Hay clientes que son habituales y por eso son generosos con las propinas, he sabido ganarme el cariño de muchas personas, igual el tiempo aquí me ha dado esa oportunidad.
—Muchas gracias —responde la señora Mercedes con una sonrisa.
Ella viene todos los días a almorzar a este lugar.
Al final del servicio, guardo mis cosas en el morral y voy hasta el apartamento. En este lugar he sabido vivir por mi cuenta, me he encargado de todo sola y espero que pueda ser así por más tiempo.
Antes de acostarme a dormir, le envío un mensaje a mi madre para contarle el día maravilloso que tuve, le he dicho pequeñas mentirillas y le he enviado fotos de Google de los supuestos lugares a los que he ido. Sé que pronto podré tener la oportunidad de ser honesta y que todas esas historias se conviertan en verdad.
Mi alarma vuelve a sonar a las 6:30 como es costumbre, abro mis ojos pensando en si de verdad necesito ir a trabajar, pero luego recuerdo que en unos días debo pagar la renta y se me pasa. Froto mis ojos y me siento en el borde de la cama para ver el infinito; espero unos segundos y pongo ambos pies en el piso, estoy lista para empezar un nuevo día. Me levanto y cuando doy el primer una chincheta se clava en la planta de mi pie.
—¡Ay! —grito levantando mi piecito mal herido y volviendo a tirarme en la cama.
Lloro por dentro como niña pequeña, pero soy valiente y puedo solucionarlo. Así que sin mirar voy tanteando mi pie hasta que puedo tocar el pequeño objeto que me está destrozando la pierna completa, lo agarro con fuerza y lo extraigo sin pensarlo demasiado. Espero un par de minutos a que pase aquella emoción fuerte y esta vez, antes de caminar, me aseguro que el piso esté despejado.
—No fue nada, solo fue un pinchazo, solo eso. Estás bien Sophia, solo ignora lo que pasó y sigue tu día con normalidad —me digo a mi misma para motivarme.
Luego de bañarme y cojear por todo el lugar, recuerdo que debo planchar mi camisa del restaurante, así que con mucho cuidado voy pasando la plancha por el cuello, las mangas y de la nada mi teléfono comienza a sonar. Así que voy corriendo al cuarto y veo en la pantalla el nombre de Jess.
—Hola.
—¡Jess! Es muy agradable escucharte.
—Me haces mucha falta Sophia, aquí donde estoy trabajando encontré a una compañera con la que comparto apartamento y es un desastre. ¡Quiero que vengas!
—Quisiera, pero sabes que ahora es muy difícil para mí. Pero prometo que ahorraré e iré a visitarte.
—No, apenas reciba mi pago te enviaré los pasajes para que vengas, juro que en unos días puedo terminar aventando por la ventana a mi compañera.
—Calma, no es para… Espera, algo huele a quemado —digo alejando el móvil e inhalando con fuerza.
—¿Qué cosa?
—¡Demonios, mi camisa! —grito al recordar lo que estaba haciendo antes.
Tiro el móvil en mi cama y salgo en una carrera para encontrar la sala llena de humo, levanto la plancha y veo un triángulo oscuro estampado en mi uniforme, ¡rayos! Sacudo un poco la camisa en el aire y la pongo frente a mí, esto no tiene arreglo, hasta puedo ver a través de ella.
Voy a mi armario y trato de buscar otra de las camisas que tenía, pero no encontré nada, por lo que a última hora por falta de tiempo, termino poniéndome cualquier cosa.
Estos últimos días le he quedado mal al señor Gerardo, tuve unas fotos de última hora y no tuve más opción que dejar mi puesto tirado, así que ahora me da vergüenza tener que llegar tarde.
—Aquí estás, el señor Gerardo ha preguntado por ti mil veces.
—Lo siento, pero tuve un inicio de día muy loco.
Corro a mi casillero para guardar mis cosas, tomo mi delantal y con el mismo afán paso por la cocina para poder ir a recibir a los clientes, hoy como nunca se ha llenado más de lo normal. Mientras trato de amarrar en mi espalda las dos tiras que ajustan mi delantal, paso por detrás del chef y sin percatarme lo tropiezo — juro que no lo vi— por lo que con uno de mis codos los empujo de forma accidental haciendo que queme su brazo con un sartén.
—¡Por Dios! Lo siento, chef. ¿Está bien?
El chef traga su grito, contiene el dolor pero su cara roja lo delata.
—Déjeme ayudarle —menciono desesperada tratando de encontrar algo con que pueda auxiliarlo.
Empiezo a soplar su brazo y en medio del caos del momento, aparece mi jefe para enterarse de mi desastre.
—Le diré a Sonia que te acompañe a emergencias, tu herida se ve mal. Yo me quedo hoy en la cocina —dice el señor Gerardo, el cual tiene un semblante serio.
El pobre chef sale del restaurante conteniendo las lágrimas, de verdad no lo vi.
—Lamento mucho lo que pasó señor Gerardo, venia corriendo de los casilleros y…
—Sabes que en la cocina nunca se corre, conoces los riesgos que se pueden presentar. Siempre les he dicho lo cuidadosos que deben ser con ustedes mismos y con los demás.
—Lo siento.
—Ya no sirve lamentarse, ve afuera, los pedidos se han retrasado.
Salgo de la cocina muy apenada, espero que el chef esté bien.
Saco de mi delantal la libreta y el bolígrafo para tomar la orden, me dirijo a la mesa uno donde está un hombre de traje elegante al que nunca antes había visto.
—Buen día, bienvenido a Órale mexican restaurant, ¿Qué desea pedir? —saludo con amabilidad al sujeto que está concentrado en su periódico.
—Un pozole de la casa —ordena sin responder a mi saludo.
—¿Desea algo más? —cuestiono.
—No.
—Bien, entonces solo quiere un…
—Un pozole de la casa, ¿debo repetirlo?
Me impacta lo mal educado, sin embargo trato de ignorarlo.
—Con gusto, ya se lo traigo.
Voy a la cocina y entrego la orden, espero unos minutos a que el chef me de aviso por lo que mientras voy a otras mesas; el hombre mal educado sigue mirando su periódico con esa cara de concentrado, de que le sirve ser tan guapo sin es tan antipático.
—¡Orden de la mesa uno, lista!
Me dirijo a la cocina por la bandeja con la sopa que el caballero ha pedido, así que la tomo con cuidado y camino hasta él para que se las trague rápido y se vaya, no me gustan los clientes así. Pero como hoy no es un día normal y desde que aquel chinche se clavó en mi pie inyectando la torpeza en mí, hago un nuevo desastre; no había notado que el cordón de mi zapato se había soltado y justo cuando estoy por llegar al hombre lo piso, ¡Aish! No quiero contar lo que es obvio, pero ahí estoy pintada de nuevo. Por accidente termino vertiendo el plato de pozole sobre el pecho del caballero, llenando su elegante traje de maíz.
—¡Dios mío! —grito con mis ojos abiertos por el reguero.
—¡Eres una inútil! — dice el hombre poniéndose de pie.
Veo como caen los granos de maíz al piso y juro que el rostro del hombre está rojo como un tomate.