— ¡No mamá, no insistas! Ya sé que mi abuelo quiere que estudie agronomía, para que me haga cargo de la hacienda, pero tú sabes que desde niña he soñado con estudiar medicina, tú me enseñaste a amar esa profesión, yo seré médico, igual que mi papá. Aunque nunca lo conocí, me has hablado siempre con tanto amor de él, que lo único que quiero en la vida, es ser como él, yo voy a poner en Palizada ese dispensario médico que él quería y que no pudo.
— Fernanda, tu abuelo siempre quiso que tu padre se hiciera cargo de la hacienda y ahora su esperanza eres tú — Rocío intentaba convencer a su hija de darle gusto al abuelo, pero no había manera de conseguirlo.
— Me voy mamá, ya sé que es de madrugada, pero hoy es el examen de admisión en la facultad de medicina de la Universidad Autónoma de México. Allí estudió él, y será en esa facultad donde yo consiga mi título de médico. Deséame éxito, he estudiado mucho para este examen, te prometo que sí no lo apruebo y no me aceptan, estudiaré algo relacionado con la hacienda. Pero sólo si no paso el examen.
— Está bien hija, ve. Iré a tomar un café con Graciela, que vino a visitar a sus padres y quedamos de vernos para ponernos al día.
— Diviértanse en el café, ojalá conozcas un hombre que te haga feliz. No es justo que después de tantos años sigas soltera, con lo guapísima que eres; estoy segura de que sí te dieras una oportunidad, tendrías a más de un hombre corriendo tras de ti.
— Mejor ya vete y conduce con cuidado.
Llegó a la UNAM muy entusiasmada, se esforzó mucho estudiando, y esperaba aprobar ese examen. Antes de entrar en el aula, cerró los ojos y pensó en su padre, no lo había conocido, pero su madre y sus abuelos, le mostraban fotografías y le hablaban mucho de él, cada año, hacían una misa en su honor, aunque no sabían si estaba vivo o muerto.
De niña solía soñar con que un día regresaría, pero ya habían pasado muchos años, así que cada vez, las esperanzas disminuían.
Entró y tomó su lugar, antes de comenzar el examen un profesor entró a presentarse.
— Buenos días jóvenes, soy el doctor Rivas, soy catedrático de la facultad. Antes de comenzar a contestar su examen de admisión, les voy a pedir que se presenten y me digan por qué quieren estudiar medicina, lo haremos en orden, empezamos por la fila de la derecha; mientras tomaré algunas notas.
Cada uno de los aspirantes comenzó a presentarse, debían decir su nombre completo y algunos datos generales, hasta que le tocó el turno a Fernanda.
— Mi nombre es Fernanda Carvajal y quiero ser médico, porque quiero habilitar un dispensario médico en una comunidad rural. Ese era el sueño de mi padre y ahora quiero hacerlo yo, en su nombre.
— ¿Dijiste Fernanda Carvajal? ¿Eres la hija de Fernando Carvajal? Él fue un alumno muy destacado en esta universidad, tengo entendido que se fue a Chiapas a atender un dispensario rural ¿No es así?
— No doctor, debe estar confundido, mi padre quería habilitar el dispensario en Campeche, pero él… Murió, nunca pudo conseguir su sueño.
— Seguramente me confundí, fue hace muchos años, pero sin duda era de esos alumnos que uno no olvida tan fácilmente. Es una lástima que no lo haya conseguido, tienes unos zapatos muy grandes que llenar, te deseo éxito.
Se sintió orgullosa al saber que después de tantos años, su padre todavía era recordado como un excelente estudiante.
Salió muy confiada del examen, estaba segura de que lo aprobaría, se había preparado para ello y sintió que tuvo un buen desempeño.
El día que publicaron las listas de los aspirantes que fueron aceptados en la facultad, Fernanda fue la más feliz del mundo, iba a cumplir su sueño.
— Mamá, quiero que vayamos a la hacienda y pasemos unas vacaciones allá antes de que comiencen las clases. Después será difícil para mí porque pretendo enfocarme de lleno a mis estudios, sabes cómo soy, también quiero hablar con mis abuelos, para decirles personalmente que estudiaré medicina.
— Me parece buena idea, hace ya mucho tiempo que no vamos y ahora que tu abuelo tiene prohibido viajar en avión, es más complicado para ellos venir, tienes que ser muy cuidadosa al hablar con él, no queremos que le vaya a dar otro infarto.
— No te preocupes mami, precisamente quiero ir hasta allá por eso, creo que sí se lo digo por teléfono, es más probable que se moleste.
Para Gregorio y Sara Carvajal, no había más tesoro que su nieta. Ambos lamentaban no haberla criado en la hacienda, junto a ellos. Durante muchos años vivieron aterrorizados, pensando que aquéllos delincuentes que buscaban a Fernando, se dieran cuenta de que la niña que buscaban vivía con ellos, así que sólo le permitían a Fernanda visitarlos en vacaciones, y ellos viajaban a la ciudad de México, de vez en cuando.
— ¿Quién es el abuelo más guapo? — Corrió a abrazarlo apenas bajó del taxi.
— ¿Por qué creo que me dirás algo que no me va a gustar?
— ¡No digas eso abuelito! Al contrario, te traigo una noticia maravillosa. ¿Acaso no deseas que tu nieta consentida sea feliz?
— ¿Y para la abuela no hay un abrazo?
— ¡Abuela! — Soltó a Gregorio y corrió a los brazos de Sara — ¡Claro que sí! ¿Cómo no voy a abrazar a mi abuelita favorita?
— Eso lo dices, porque soy tu única abuela.
— Los dos saben que los amo, con todo mi corazón, por eso he venido a darles una noticia. Sé que ustedes lo que más quieren en el mundo es verme feliz y mi felicidad, ahora es completa. ¡Fui aceptada en la facultad de medicina!
— Ah, ya decía que no me iba a gustar lo que me ibas a decir.
— Abuelito, no te enojes, el sueño de mi vida es ser médico cómo mi papá, por favor, apóyame en esto, me voy a sentir muy triste si te enojas conmigo.
— ¿Cómo podría enojarme contigo? Eres la luz de mis ojos hija, en tu rostro veo la cara de mi hijo, además heredaste su nobleza y su gran corazón. Ya estaba escrito: debíamos tener un médico en la familia.
A pesar de haber crecido en la ciudad, a Fernanda le encantaba la vida en la hacienda, montar a caballo, correr por el campo y a pesar de que sus abuelos nunca iban al pueblo, ella se escapaba cruzando la barranca que atravesaba los terrenos de la hacienda.
— Hija que bueno que viniste, uno de los caballos ha estado enfermo ¿Por qué no lo revisas? Es un buen semental y no quisiera tener que sacrificarlo — Dijo Gregorio a Rocío.
— Claro que si padrino, voy a cambiarme de ropa, y enseguida voy a las caballerizas.
Rocío había estudiado medicina veterinaria, sólo ejercía cuando visitaba la hacienda, pero le gustaba mantenerse al día, estudiando y actualizando sus conocimientos. De la noche a la mañana se había convertido en madre de tiempo completo y no se arrepentía, para ella, criar a la hija de Fernando como suya, era como un sueño hecho realidad, aunque hubiera querido, ser su madre biológica.
Revisó al caballo y descubrió que tenía parásitos.
— Padrino, voy a llevar unas muestras al pueblo, las voy a mandar a analizar y solicitaré un medicamento, tal vez lo vendan en la tienda de forraje del pueblo, pero debo ir personalmente.
— ¿Puedo ir contigo al pueblo mamá?
— Sabes que tú no puedes ir al pueblo — dijo Gregorio tajante.
Rocío tomó una camioneta y fue al pueblo a enviar la muestra y a comprar el medicamento. Cuando salió de la forrajearía, inesperadamente chocó con hombre.
— ¡Lo siento! — dijo sonrojada al ver que el hombre era bastante atractivo.
— No se disculpe señorita, la culpa es mía — le contestó mirándola a los ojos.
Rocío le sonrió nerviosa y subió a la camioneta, arrancó, pero se llevó una desagradable sorpresa, al ver que tenía pinchado un neumático.
El hombre se regresó y se ofreció a ayudarla, en unos minutos cambió el neumático.
— Ha sido muy amable ¿Cómo agradecerle su ayuda?
— Si me acepta tomar un café, me daré por bien servido.
— Lo siento, yo… no me gusta salir con desconocidos.
— Entonces permítame presentarme. Sergio Ramírez, a sus órdenes, ahora ya no somos desconocidos.
Rocío sonrió, recordó las palabras de Fernanda, que insistía en que debía darse la oportunidad de conocer a un hombre, y este era bastante atractivo.
Aceptó tomarse un café con él, era un hombre agradable, pero era mejor no entusiasmarse, ella regresaría en unos días a la ciudad de México.
— ¿Vives en la hacienda Carvajal? — Preguntó — la camioneta, es como las que usan los empleados.
— No vivo ahí, soy veterinaria, me llamaron para atender un caballo — mintió, después de lo que le había pasado a Fernando, le daba miedo que supieran que ella era de la familia.
— ¿Quién se hubiera imaginado que una mujer tan bella fuera veterinaria?
— Gracias — Se sonrojó ella ya no era una jovencita, acababa de cumplir treinta y ocho años y nunca tuvo una pareja. Se dedicó por completo a ser madre de Fernanda, así que su experiencia con los hombres era completamente nula — Lo siento, me tengo que ir, debo llevar el medicamento para el caballo.
— ¿Podemos volver a vernos?
— No lo sé, quizá cuando vuelva, en unos días regreso a la ciudad.
— Entonces ¿podemos quedar antes de que te vayas? Te invito a cenar, esta noche.
— ¡No! Hoy no puedo.
— ¿Mañana?
— Está bien, mañana.
— ¿Puedo ir por ti a la hacienda?
— Mejor no, nos vemos aquí. ¿Te parece?
Al siguiente día, Rocío salió a cenar con ese hombre, al final de la cena, él intentó besarla, pero ella tuvo miedo.
— Vas muy rápido, deberíamos conocernos mejor.
— Es sólo un beso, no te estoy invitando a mi cama, aunque me encantaría.
Rocío tragó saliva ante aquélla insinuación. Durante mucho tiempo anheló el regreso de Fernando, pero ya había perdido las esperanzas, y no quería morir sin haberse sentido mujer.
— Tienes razón, ya no somos unos jovencitos como para andarnos con rodeos.
La llevó a su casa en el pueblo, era la misma casa en la que una vez, ese mismo hombre puso un arma sobre la cabeza de Fernando. La había remodelado íntegramente, ya no era aquélla casa humilde, con sus negocios sucios, ganaba mucho dinero para darse una buena vida.
Esa noche Rocío estuvo en los brazos de un hombre por primera vez, había sido una agradable experiencia, él sabía perfectamente como satisfacer a una mujer.
Días después ella y Fernanda volvieron a la ciudad, las clases comenzaron y las notas de la gemela eran las mejores. Cada vez que tenía vacaciones, volvían a la hacienda, y Rocío pasaba por la cama de Sergio.
Se habían vuelto amantes ocasionales, ella no estaba enamorada, pero ese hombre le gustaba mucho, la trataba como una reina y siempre se esforzaba por complacerla. Y aunque sabía que lo más probable era que, cuando ella volvía a la ciudad, muchas otras mujeres desfilaban por su cama, no le importaba; después de todo, ella nunca se iba a enamorar de él, su corazón seguía siendo de Fernando, donde quiera que estuviera.