Selene —¿Dónde vas? ¿No vas a contarme cómo te fue? —pregunté, mi voz aún ronca de sueño, el cuerpo cansado, pero la mirada fija en él. En Kael. En ese hombre que tantas veces había dicho que lo podía todo, pero que esta noche traía los hombros vencidos, los ojos más oscuros que nunca. Se giró despacio. Cerró la puerta con ese gesto suyo tan silencioso que a veces dolía más que cualquier palabra. Se apoyó en ella como si necesitara que algo lo sostuviera. Y me miró. Lo miré también. Con su ropa manchada de lo que fuera que hubiera dejado atrás. Sus ojos me buscaron, pero no para amarme. No para pelear. Solo para respirar profundo en mi presencia, como si tuviera un peso demasiado grande en sus hombros. —¿Qué quieres que te diga? —me dijo al fin. Su voz sonaba más rasposa de lo habitu

