Narra Marion
—Como ha pasado el tiempo, parece que fue ayer que te vi en parís —dije acariciando el cabello de Luna.
—Me sorprende cuanto he cambiado, mira esta fotografía; fue de las primeras que me hiciste.
Miré la foto de cerca y las mariposas me hacen cosquillas en el estómago.
—Ese día te veías hermosa.
Luna seguía mirando las fotos y yo seguía acariciando su cabello, miraba su rostro desde mi perspectiva y aun sentía esa bonita sensación en mi pecho. Es tan hermosa, fue la primera en reconocer mi talento y me juré hacerla grande. Damos pasos pequeños, pero son con tanta seguridad que varias empresas se empiezan a interesar en ella.
—¡Mira esta!
Ella levanta su mano y era la foto de nuestra primera cita.
—Recuerdo que ese día me diste el primer beso, no sabíamos cómo reaccionar, me da mucha risa ahora que recuerdo a detalle.
Luna fue la respuesta a las preguntas que me hice por años, sabía que algo me hacía falta, que había una parte de mí que no estaba completa; en mis relaciones anteriores no me sentía conforme, los chicos con los que estuve eran los mejores, eran grandes hombres, pero para mí no era suficiente. No sabía que era lo que pasaba conmigo a exactitud hasta que mis ojos capturaron a la mujer más hermosa de todas.
Al volver de Paris hablé con mi abuelo, necesitaba su apoyo para abrir la agencia más importante, quería algo grande, tan grande como mis sueños. Gracias a Dios mi abuelito aceptó y con su apoyo lo hice, aun no soy tan famosa como quiero, pero por mi agencia han pasado grandes celebridades.
Luna seguía despertando en mí aquellas emociones que solo ella podía generar en mi corazón, no sabía cómo acercarme más sin que ella se sintiera extraña o incómoda. Hasta que una noche me decidí a dar ese pequeño paso que me faltaba, en nuestra primera cita le di un beso, fue repentino; solo tuve que cerrar mis ojos y pegar nuestras bocas. Aún recuerdo sus ojos azules abiertos de par en par por el asombro, pero lo peor que podía pasar era que se fuera espantada y no pasó. La vida me junto con alguien que se sentía igual que yo, alguien que también buscaba esa llamita con el deseo de ser querido y también querer sin sentir inseguridades. Nos hicimos pareja esa noche, es mi novia hace tres años. Aunque de esa relación solo sabe Sarah, en mi casa, en la agencia y ante los ojos de los demás, somos amigas y compañeras de trabajo.
—Te amo —dije de la nada.
—Estás muy romántica, ¿a qué se debe? Tuviste un buen día por lo que veo.
—¿Eso responderás? Debes decir que también me amas y que soy lo mejor que te ha pasado.
—Te amo, te amo y te amo. ¡Oh! También te amo.
Tomé su mentón y di un corto beso en sus labios.
Por obra y gracia de Dios se me dio por mirar hacia la mesa de noche y ver la hora.
—¡Carajo! ¡es muy tarde! mi abuelo se va a morir, ¿Cómo se me fue el tiempo así?
—¿Qué pasa?
—Quedé de cenar con mi abuelo, ¡cómo se me olvidó! ¡mierd*!
—Calma es solo una cena, aun estás a tiempo.
—Amor, sabes como es mi abuelo.
Vivir con el señor Abel —mi abuelo— es complejo, es un hombre tan riguroso y complejo. Claramente él no sabe sobre Luna, de saberlo me mataría con sus propias manos, por eso prefiero solo ahuyentar a los hombres con los que quiere que me case; es la mejor manera de resolverlo, lo prefiero así antes que una decepción de su parte.
—Te envío un mensaje cuando llegue a casa.
—Espero que te vaya bien con tu abuelo.
—Gracias, creo que necesito un milagro.
Tenía temor por volver a casa del abuelo, no más de pensar en su ceño fruncido y en su bigote las piernas me temblaban.
Le di un beso a Luna y salí de su apartamento, el tiempo con ella se me va corriendo.
Conduje buscando rutas cortas, quería llegar lo antes posible a casa, miré en mi móvil las mil llamadas que tenía perdida, lo que me hace morir aún más de miedo.
—Abuelito de mi vida, ya voy llegando a casa, tuve una reunión de última hora.
Espero que escuche su buzón de mensaje.
Llegué a casa y corrí hasta la entrada, antes de abrir la puerta, acomodé mi ropa y sonreí para quitar mi cara de culpa.
—¡Buenas noches! —dije en voz alta.
La señora Beatriz me mira con preocupación y dice en voz baja: —“Tu abuelo está molesto”
Me hice la bendición y fui con mi abuelo gruñón.
Entré al comedor y lo vi sentado en su lugar de la mesa, con cuidado me acerqué y le di in abrazo por su espalda.
—¡Abuelo!
—¿Dónde estabas?
—En el trabajo, ¿no escuchaste el mensaje de voz que te dejé?
—Teníamos un compromiso, sabes que no me gusta que incumplas.
—Fue algo de última hora.
—¡Debiste avisar! —dijo dándole un golpe a la mesa.
El abuelo quita mis manos de su cuerpo y se pone de pie.
—Tenía a alguien en casa a quien quería presentarte, fue una vergüenza hacerlo esperar tanto por nada.
—No sabía que cenaríamos con alguien más, lo siento.
—“Lo siento” todo lo quieres resolver con tu sonrisa, tu escándalo y diciendo “lo siento”
—No es para tanto, ¿Quién era esa persona tan importante que veríamos?
—Era mi amigo Pablo, el padre del hombre que verás en tu cita. Tantas maravillas que le hablé de ti y ahora quedas como una impuntual, ¿Qué pensará?
—Pues pensará que soy una mujer ocupada de la que no pueden disponer su tiempo, no podía dejar cosas importantes que hacer por ver a un señor que quiere que su hijo se case con una desconocida solo por el afán de verlo casado —respondí enojada, no pensé antes de abrir la boca.
—¿Qué acabas de decir?
—Abuelo, debes entender que ya tengo 30 años, tengo otras cosas que hacer en el trabajo; no sabes el esfuerzo sobrenatural que hago para cumplir en esas citas.
—¿Qué pasa contigo? Podrás tener 50 años, pero yo sigo dando las ordenes en esta casa.
—Ya no puedes decirme que hacer, ¡Soy adulta! —grité perdiendo el control.
—Eres una adulta que aún tiene las mesadas de su abuelo.
Mi abuelo todos los meses desde hace muchos años, me da dinero, es un dinero que no le pido; pero por su cuenta lo hace.
—¿Me estás echando en cara tu dinero? Te recuerdo que ya tengo mi empresa, abuelo. Si no quieres darme las mesadas está bien, no me moriré por eso. De paso —dije terminando con esto de una buena vez—. No iré a esa cita.
La tensión crecía y las palabras sacaban más palabras.
—¿Con que dinero compraste la agencia? Marion, no quería llegar a este punto, pero sino vas a esa cita, me temo que tendré que tomar lo que me pertenece.
—Abuelo…
—Así son las cosas Marion, si te pondrás en esa tónica, déjame decirte que también puedo poner mis condiciones.
—Abuelo…
Él levanta su mano en señal de que allí termina la conversación, cuando hace eso nadie puede decir una palabra más.
¿Por qué es así? Nunca voy a entenderlo, quisiera pensar por él unos segundos y ¡Ay! Tenía mucha impotencia, mis labios estaban temblosos por contener las emociones, no voy a llorar; no voy a llorar.
—Señorita Marion, ¿está bien? —pregunta Beatriz sabiendo que no estoy bien.
—No, no estoy bien, necesito otra vida; porque ya no me gusta.
—¿Quiere comer algo? La comida siempre nos hace sentir mejor.
Asentí y me senté en el lugar de la mesa en el que he comido toda mi vida.
—Dame mucha comida, muchísima. Estoy enojada con el abuelo, no con la comida.
Beatriz puso frente a mí un gran plato de mariscos, era demasiado, pero lo comería todo hasta explotarme. Al principio los veía con claridad, pero los empecé a ver borrosos por causa de mis lágrimas. Tenía la boca llena de comida, ya no entraba nada más. Sentí como por mis cachetes inflados pasaban las lágrimas.
—Oh, señorita. Su abuelo es un hombre mayor, la vejez lo hace actuar así, pero él no es un mal hombre; sabe que la quiere mucho.
—Lo sé, lo sé.
Sé que me ama, sé que me ha apoyado, pero al tiempo me hace sentir mal conmigo misma. Esa es la razón por la que siempre he ocultado mi relación con Luna, de saber que a su nieta amada le gustan las mujeres, moriría.