El Deber Llama, Aunque Duela
La chaqueta del uniforme estaba perfectamente alineada. Los botones dorados brillaban con el reflejo del candelabro del recibidor. Markel sostenía el abrigo de viaje con manos firmes, mientras Viktor ajustaba los guantes de cuero n***o, sin levantar la vista.
El reloj marcaba la hora exacta en la que el carruaje debía partir si quería llegar al palacio antes de que comenzaran las reuniones con los enviados británicos. Era una noche importante. Crítica, incluso. Y no podía delegarla.
Pero su cuerpo no quería moverse.
- ¿Está seguro, milord? - preguntó Markel en voz baja, el abrigo aún en sus manos.
Viktor no respondió de inmediato. Miró las escaleras que llevaban al ala este. No necesitaba subir para saber que ella seguiría allí, acostada, con los ojos abiertos, mirando hacia un mundo al que ya no pertenecía.
- No tengo elección. - dijo por fin, la voz tensa.
- Puedo quedarme junto a ella, como me ordenó. No estará sola.
Viktor asintió. Agradecido. Pero no aliviado.
- Si llegara a levantarse… si pregunta por mí… - la sola idea lo hizo detenerse y tragar con dificultad - dile que volveré al amanecer.
- ¿Aunque no esté seguro de poder hacerlo?
Viktor alzó la mirada hacia su fiel servidor, que lo observaba con la gravedad de los años y el respeto de toda una vida.
- Díselo igual.
Markel asintió, sin más preguntas. Le tendió el abrigo.
Viktor lo tomó. Al girarse hacia la puerta, sintió que cada paso lo alejaba de algo vital. Como si su alma quedara anclada en aquella habitación del piso superior, donde la mujer que había elegido para sí misma aún no comprendía lo que significaba.
No había vuelto a tocarla desde el primer día. No la presionaba. No la forzaba. La cuidaba en silencio. Como un amante en penitencia. Como un guardián herido.
Al abrir la puerta, el aire frío de la noche le golpeó el rostro. El cielo estaba limpio, la luna llena recortando su silueta como si lo juzgara.
Markel lo acompañó hasta el carruaje. El cochero aguardaba ya listo.
- ¿Llevará consigo la licorera de reserva, señor?
Viktor negó con un gesto.
- No me alimentaré esta noche. Sabes que vomitaré si tomo otra fuente.
Markel frunció apenas el ceño, pero no discutió. Sabía que las decisiones de su amo no se quebraban con consejos, sino con consecuencias.
- Lo esperaré antes del amanecer. - dijo con calma.
Viktor subió al carruaje. Cerró la puerta sin mirar atrás. Pero justo cuando el caballo dio el primer paso, su mirada se volvió hacia la ventana del piso superior.
No había movimiento. No una sombra. No una cortina corrida.
Solo el silencio.
Cerró los ojos un instante.
Isabella…
El carruaje se alejó entre la bruma.
Y por primera vez desde su transformación, Viktor Vodrak dejó atrás la villa… y el corazón que ya no le pertenecía del todo.
La Primera Noche Sin Él
La penumbra de la habitación era espesa, casi líquida, como si el aire se hubiera vuelto denso, imposible de respirar… si aún respirara.
Isabella no se había movido. Ni cuando los últimos rayos del sol se filtraron tras los visillos, ni cuando Markel, como cada atardecer, encendió las lámparas sin decir una palabra.
Lo sabía. Viktor no volvería esa noche.
Había sentido el eco de su ausencia como un latido apagado. No un sonido, sino la falta de uno. Como si el silencio se hubiese vuelto más pesado, más hueco, más real.
El lecho, enorme y mullido, se sentía helado a su alrededor. Su cuerpo, aunque cambiado, seguía sintiendo… vacío. O quizás ya no era su cuerpo el que lo sentía, sino algo más profundo. Algo que le dolía de formas que no sabía nombrar.
Lo había oído esa tarde, en el pasillo, hablando con Markel. Una conversación breve. Instrucciones. Pausas tensas.
Y después… la puerta. El crujido del carro. El galope que se perdía.
No lloró. No podía.
Solo giró lentamente sobre sí misma y se quedó mirando la cortina blanca, temblando suavemente con la brisa.
Viktor la había vestido. La había cuidado. Había estado allí, cada noche, sin invadir, sin exigir, sin tocarla siquiera más allá de lo necesario.
Y, sin embargo, su presencia lo llenaba todo. Como un perfume que se adhería a las paredes. Como una música suave que no necesita ser escuchada para ser sentida.
Ahora no estaba.
Isabella bajó la mirada a sus muñecas, envueltas en las mangas largas del camisón. Las deslizó hacia atrás. Nada. No había marcas. No había piel rota. No había heridas. Solo la piel blanca y perfecta de algo que ya no era humano.
Tampoco ella lo era.
Sintió la punzada familiar en el estómago. El hambre. Esa sed espesa que no había querido saciar. Que había rechazado. Que la repugnaba.
¿Para qué vivir así?
Se giró de nuevo, cerró los ojos. Pero no vino el sueño. No venía nunca. Solo sombras, memorias y la certeza de que Viktor no regresaría esa noche.
Y por primera vez desde su transformación, sintió miedo.
No miedo por la oscuridad, ni por el futuro. Sino miedo de que su ausencia pudiera doler más que todo lo que Rowan le había hecho.
Y dolía.
Dios, cómo dolía.
El Principio Del Fin
Los pasos resonaban acompasados sobre el mármol del corredor, el eco solemne de botas y tacones resonando entre columnas y muros dorados. Viktor caminaba con la delegación imperial, impecable en su uniforme de gala: levita azul con bordados plateados, banda condecorativa, el medallón del emperador austríaco brillando sobre su pecho. Su rostro, como siempre, era una máscara de serenidad noble. Inquebrantable. Impenetrable.
Hasta que lo vio.
A lo lejos, a mitad del corredor, entre una pequeña comitiva de cortesanos británicos, estaba Rowan.
Viktor se detuvo solo medio paso. Nadie lo notó. Nadie excepto su propia voluntad, que luchó contra un impulso tan visceral que casi le hizo temblar.
Las garras querían salir. La ira latía como un tambor de guerra en sus sienes. Su visión se agudizó. Podía oír el ritmo del corazón del conde, el crujido de sus botas, el roce de su bastón contra el suelo.
Podría matarlo aquí. Partirle el cuello antes de que alguien parpadeara. El impulso era primitivo, sangriento, brutal.
Pero algo lo detuvo.
Rowan no parecía alterado. No parecía quebrado por la angustia de haber perdido a su esposa.
No. Estaba furioso.
Su rostro, aunque compuesto ante la corte, estaba crispado. La mandíbula tensa, los labios apretados, los ojos oscuros brillando con una rabia contenida que no tenía nada de pesar.
Fue entonces que uno de los diplomáticos austríacos, el barón Keidel, se acercó ligeramente a Viktor y murmuró en tono de confidencia:
- Una lástima lo del conde de Ashcombe… - dijo mientras fingía observar un tapiz - Esta mañana la reina le comunicó que no formará parte de la delegación que viajará a Francia. Dicen que por deferencia a su situación personal… que debe concentrarse en encontrar a su esposa desaparecida.
Viktor no reaccionó de inmediato. Solo permitió que una lenta sonrisa curvara la comisura de sus labios. No de satisfacción. No aún.
De justicia.
Porque él sabía la verdad. Rowan no quería encontrar a Isabella.
Ese hombre la había dejado morir.
Y ahora, no solo debía fingir dolor ante la corte, sino que se le arrebataba la oportunidad de viajar a Francia, de brillar ante los ojos de la nobleza internacional, de encontrarse con su amante lejos de los ojos inquisidores de Londres.
El golpe no era solo político. Era personal.
Y era solo el primero.
Viktor volvió a caminar con calma, el paso firme y elegante, la sonrisa apenas presente como si evaluara un tratado o una cláusula comercial. Pero en su interior, una promesa ardía con el frío del hielo alpino.
Cada herida que le causaste a Isabella, conde… la pagarás.
Una a una.
Y cuando llegue el momento, no habrá corte, reina ni corona que lo proteja cuando se encargue de él.