—¿Crees que yo quería esto, Mateo? ¿Crees que elegí casarme con tu padre porque era el amor de mi vida? No tuve otra opción… —su voz se quebró un poco—. Fue la única manera de estar cerca de ti sin que nadie sospechara. Tú te fuiste, Mateo… te entregaste a Dios y me dejaste sola. ¿Sabes cuántos meses lloré por ti, esperando que volvieras?
—Carolle… yo también luché, yo… te llevé en el alma cada día. ¿Pero esto? ¡Casarte con mi propio padre! Eso va más allá de cualquier amor, Carolle… eso está lleno de resentimiento, de venganza.
—¿Y qué debía hacer? Tú elegiste tu camino y, cuando lo hiciste, me rompiste el corazón. No podía quedarme esperándote, viendo cómo te alejabas, mientras yo quedaba en sombras. Apareció Hilbraim, y vi la forma de acercarme, de mantenerme en tu vida, aunque fuera de esta forma retorcida.
—¿Entonces todo esto fue… un intento de acercarte a mí, Carolle? ¿De mantener una relación a través de un lazo prohibido? No podemos vivir con el peso de una mentira tan grande, y menos con un amor que se ha vuelto obsesión. Esto no es el amor puro que debería unirnos… esto es una cadena, una maldición.
—No entiendo por qué… por qué tuviste que dejarme así. ¿No sientes nada, Mateo?
—Siento todo, Carolle… siento más de lo que puedo permitir, más de lo que debería. Pero así como te elegí a ti una vez, ahora también elijo otro camino, aunque duela…
Mateo respiró hondo, tratando de mantener la calma mientras daba un paso hacia la puerta, —Carolle, por favor… vete a casa. Este no es el lugar para que te quedes, y lo sabes bien.
—No. No me voy a ir, Mateo. Y si intentas echarme… bueno, te advierto que haré un escándalo. Todos sabrán que estuve aquí esta noche.
Mateose queda en silencio, visiblemente afectado e intimidado, baja la mirada antes de hablar, resignado—. Está bien… puedes quedarte. Pero dormirás aquí, en mi habitación, y yo me iré a otra parte.
—No es necesario, Mateo. Podemos dormir juntos… no tiene que pasar nada. Podemos simplemente… —susurró con un brillo en los ojos—.¡Abrazarnos!
Mateo tragó saliva, intentando no mirarla directamente, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza, —Carolle, sabes bien que… no soy capaz de estar tan cerca de ti sin… sin querer besarte. Tomarte entre mis brazos y… —su voz se quebró un poco—. No puedo, Carolle. No confío en mí mismo si estás aquí.
Carollelo mira con intensidad, acercándose aún más,—Mateo… solo somos tú y yo esta noche. Nadie más lo sabrá.
Mateocon el corazón desbordado y luchando contra su deseo, retrocede y le habla en voz baja, casi suplicante,—Carolle… no me pongas a prueba. Porque si cediéramos… si cruzamos esa línea, no habrá retorno para ninguno de los dos.
Carolle se quedó en silencio, mirándolo con una mezcla de deseo y tristeza.
Sabía cuánto amaba a Mateo y cuánto le dolía verlo tan cerca, pero también entendía que pedirle que renunciara a su vocación sería arrancarle una parte de su alma.
Había visto su lucha, sus años de estudio, las noches que él mismo le contaba, entre oración y sacrificio, para llegar hasta este momento.
Ella era consciente de que su insistencia era egoísta, incluso desesperada, pero cuando estaba frente a él, su deseo se volvía más fuerte que cualquier razón.
Era como si una fuerza incontrolable dentro de ella la impulsara, como si su cuerpo y su corazón no respondieran a nada más que al deseo de tenerlo cerca, de cruzar ese límite prohibido que los separaba.
Carolle dejó caer el vestido de sus hombros con un movimiento lento, dejando al descubierto su piel cremosa bajo la tenue luz de la habitación.
Su mirada ardía mientras avanzaba hacia Mateo, que se había quedado paralizado, con el corazón latiéndole a un ritmo desenfrenado.
—¿Ya no te parezco linda, Mateo? —susurró, dejando que la tela resbalara aún más, exponiendo su clavícula.
Mateo cerró los ojos con fuerza, tratando de encontrar palabras.
—Carolle, por favor... no hagas esto...
—¿Es eso? —continuó ella, ignorando su súplica, acercándose más. La distancia entre ellos era mínima, el aire parecía cargado de electricidad—. ¿Es que te has fijado en otra mujer?
—¡No! —exclamó Mateo, abriendo los ojos de golpe—. No hay nadie más. Nunca habrá nadie más.
Ella sonrió, triunfante, mientras tomaba su mano y la llevaba lentamente a su hombro desnudo.
—Entonces tócame, Mateo. Dime que aún me deseas.
Mateo sintió el calor de su piel bajo sus dedos temblorosos.
Era alucinante, casi irreal. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que llevaba años conteniendo.
—Carolle… esto está mal.
—No se siente mal—murmuró ella, inclinándose hacia él, dejando que su perfume lo envolviera—. No cuando estamos juntos.
Pero justo en ese momento, como si un ángel hubiera escuchado sus ruegos internos, el gato n***o saltó desde el umbral de la puerta con un maullido estridente.
En el aire, Simón aterrizó en los brazos de Carolle, clavándole las uñas en el brazo desnudo.
—¡Ay! —gritó ella, retrocediendo de golpe, sosteniéndose el brazo con una expresión de sorpresa y dolor.
Mateo se apartó rápidamente, su mano alejándose de su piel como si quemara.
—¡Simón! —exclamó, agradeciendo en silencio la interrupción.
El gato se quedó en el suelo, observándolos con una mirada fija e intensa, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
—Creo… creo que deberías irte, Carolle —dijo Mateo, respirando con dificultad, aprovechando el momento para recuperar algo de control.
Carolle lo miró, furiosa y dolida, mientras buscaba su vestido rojo en el armario y se lo volvía a poner, dejando en el suelo su vestido blanco de encaje.
—Parece que tu gato es más fuerte que tú, Mateo. —Sus palabras eran un susurro cargado de amargura.
Mateo solo pudo quedarse allí, en silencio, mientras ella salía de la habitación, dejando a Simón como su improbable salvador.