Camila A las 16:40 salí de casa con el corazón a destiempo. Gael caminaba conmigo, manos en los bolsillos, el ceño marcado. No hablábamos. En la esquina de la calle Mayor se paró. —Aquí me separo. Te veo allí —dijo. —Allí —repetí. Me sostuvo la mirada un segundo, como midiendo si estaba lista. No dijo nada más. Giró hacia la calle paralela, rumbo al banco que había escogido la víspera. Yo seguí hacia la plaza. El café de la esquina tenía la puerta abierta y un olor a granos recién molidos. Elegí la mesa junto a la ventana, pedí un vaso de agua y dejé el bolso en la silla. Probé sentarme recta, luego un poco más relajada; nada me parecía natural. Me toqué el pendiente izquierdo —el gesto acordado— solo para confirmar que lo recordaba. El cristal devolvía una versión de mí con la blusa

