Arthur Schmidt está en un rincón de la habitación a la espera de que la nueva profesora de su hijo despierte. La observa con tanta intriga que se le hace familiar.
Esa cara... esos ojos avellanos, esa nariz pequeña, esos labios, ese cuerpo. No lograba encajar en qué momento pudo haber visto a la institutriz de su hijo.
Lo cierto es, que se le hacía tan familiar que le despertó la intriga por saber quién era esa muchacha que reposaba en su cama con tanto tormento que lo descolocaba un poco.
Supuso que se trataban de pesadillas y una lo bastante traumática como para quejarse dormida.
¿Que te pasó niña bonita?>>
Se llevó una mano al mentón haciendo una serie de conjeturas en su mente que pudieran ser o no ser acertadas, sin embargo, se atrevió a pensar que las pesadillas se debían a un pasado triste, a una situación que deseaba escapar. No obstante, allí estaban, en sus sueños y no había nada peor que dormir sin poder descansar, a sabiendas que al cerrar los ojos no puedes escapar de tus propios temores. Se sintió mal porque Arthur tenía el conocimiento de lo que era dormir sin descansar y ver qué te convertiste en lo que un día juraste no hacer.
La vió moverse de un lado a otro inquieta en la cama, retorcerse al igual que una serpiente cuando es atrapada y quejarse de la misma forma que un cerdo cuando sabe que va directo al matadero. Se acercó a pocos centímetros de la cama con el impulso latente de abrazarla y decirle: todo está bien
Dudó... vaciló, lo pensó. Movió sus pies un poco, extendió sus brazos para tocarla cuando escuchó a su hermana entrar. Se quedó estático con el corazón palpitante.
—¡Válgame al cielo, aún no despierta!—dijo mirándola con tristeza.
Arthur paseó su vista entre Ana y Greta.
—¿Algun familiar o alguien a quién contactar?
Ana curvo sus labios soltando un suspiro.
—No, sus padres murieron.
—Murieron...—repitió mirando a Greta.
Interesante, padres muertos.
—Si, al igual que su esposo.
Esposo, era casada. Que sorpresa. Nunca me imaginé que alguien tan joven como ella estuviera casada.
—Entonces... ¿está sola?
—Aparentemente sí.
—¿Aparentemente?
—Es la información que me dió.
—Interesante. Viuda y sin familia—se llevó sus manos a la espalda echando vistazo entre Ana y Greta.
Entonces, tus traumas son pérdidas
—¿De que murió su esposo?—preguntó.
—Yo que sé—respondió Ana encogiéndose de hombros.
Arthur la miró mal.
—Para eso son las entrevistas.
—No le haré revivir un dolor innecesario Arthur, sé lo que duele hablar de las personas que una vez amaste. Eso se llama: ser humano. Supongo que es un término que a tí te cuesta entender.
Su hermano resopló con fastidio.
—No voy hablar de mi trabajo contigo Ana, mantente fuera de toda opinión impropia.
—Si claro, todos tenemos que ser, pensar y actuar al igual que Hitler para...
—¡¡¡Calla Ana!!!—gritó con la mandíbula tensa —. Nunca más vuelvas a mencionar el nombre del Führer para dar una mala opinión sobre él. Te lo prohibí hace un tiempo y te lo reitero ahora Ana. Tú deber es apoyarnos...
—¿Apoyar la monstruosidad que están haciendo?
—Eso no tiene nada que ver contigo. Conoce tus límites y ocúpate de tus asuntos mujer.
Ana estuvo a punto de replicar. Le sostuvo la mirada furiosa de su hermano mordiéndose la lengua para no seguir con la discusión que no la llevaría a ningún lado.
Un grito...
Ambos hermanos pusieron su atención en la cama viendo a una Greta agitada, cansada y en lágrimas. El vestido se le había subido dejando al descubierto una parte de su muslo con algunos lunares dispersos en el área.
Ana enseguida corrió preocupada. Esa acción, a Arthur le hizo evocar un recuerdo dónde su madre en repetidos momentos cuando era niño, y tenía un mal sueño corria para sostenerlo en los brazos. Tan real y efímero fue el recuerdo que lo estremeció de pies a cabeza dejándolo con una sensación extraña en su pecho.
—¿Estás bien? ¿que pasa Greta?—consultó con preocupación. Tomándole las manos sintió lo frío y sudorosas que estaban—. ¿Quieres algo? ¿té?
Negó con la cabeza
—¡No! ¡té, no!, agua.
—Claro, ya te lo traigo—dijo, caminando con toda prisa para salir en busca del agua en la cocina.
Arthur la vió alejarse, Ana era el vivo reflejo de su madre, idéntica en todos los sentidos, solo que una versión más joven. Suspiró, posando su atención en la muchacha que se había levantado con tanta rapidez acomodando la cama.
—Lo siento, debo irme—dijo, estirando las sábanas.
—Acaba de sufrir un desmayo, me parece irresponsable de mi parte dejarla salir en esas condiciones.
—Ya estoy bien señor. Gracias.
—¿Segura?, aún se ve pálida.
—¡Estoy bien, gracias por todo, por su ayuda!—dijo, pasándole por un lado a Arthur que, rápidamente le tomó de la muñeca.
Le estremeció el hecho de sentir su piel suave, fría.
Greta lo miró con furia, con miedo, con una mezcla de los dos que a Arthur se le hizo imposible de descifrar.
—Deje que la lleve a casa.
—No es necesario.
—Déjame ayudarla señorita, yo no muerdo, al menos que usted quiera.
La furia de la chica se intensificó, abrió los ojos de par en par a medida que sus mejillas se coloraban. De un manotazo se liberó del agarre de Arthur.
—Gracias por todo, pero dije que estoy bien. El aire me asentará bien, además, me gusta caminar. De todas formas, una vez más gracias por su amabilidad.
Suspiró frustrado, mujeres, tan complicadas en entender.
—¿Vendrá mañana?
—¡¿Que?!
—Para las clases de piano, de mi hijo.
El capitán la vió dudar, una expresión preocupada cruzó por el rostro de la muchacha.
—Eeh, no estoy segura.
—¿No estás segura? ¿por qué?—preguntó enarcando una ceja.
Greta vaciló, sintió el alma caerle a los pies, el corazón salirle del pecho. La mente la tenía en blanco, y el dolor de estómago era tan intenso que le punzaba todo el cuerpo. Si se negaba después de haber dicho que sí, el capitán sin duda sospecharía de ella, olería que algo estaba mal y podría investigar, eso no era bueno para ella.
Se aterró demasiado, estuvo a punto de desmayarse de nuevo solo que estaba vez controló sus piernas, sus impulsos, sus emociones.
El destino era tan cruel que le puso en el camino a el hombre que más odiaba... ¿que prueba significaba eso? ¿por qué Dios hacia eso?... no sé lo explicaba. Greta solo sabía que debía salir de allí, que tenía que respirar o terminaría una vez más en esa cama, en una que no era suya, y que por la decoración de la habitación tampoco de Ana. Eso quería decir que estuvo en la cama de él, de ese asqueroso nazis, de ese infame.
Se le revolvió el estómago una vez más, quería vomitar, gritar, llorar.
—¿Se ha quedado muda señorita música?
Señorita música... odiaba que le dijera así.
Greta en realidad no podía hablar porque tenía un nudo tremendo cruzando toda su garganta, y, una presión punzante en el pecho. Sin darse cuenta se había puesto tan roja como un tomate, y los nudillos tan blanco al igual que un papel.
—¿Se encuentra bien?
Sal de allí Greta, sal. Alejate de los monstruos , huye de ellos.
—Estoy bien—articuló con una dificultad impresionante—. Si vendré mañana señor.
Se volteó respirando por la boca, asfixiada por todos los sentimientos que estaban formando un huracán enorme dispuestos a sufrir un colapso.
—¡Señorita!—le llamó Arthur intrigado.
La vió detenerse sin voltear.
—Insisto en llevarla a su casa, o por lo menos pedirle a uno de los soldados que la lleve.
—No es necesario, pero gracias—dijo, volteó y le dedicó una sonrisa triste con la boca cerrada.
Escuchó los pasos de ella alejarse hasta que la perdió de vista, luego, agudizó su oído para oírla en murmullos con Ana y salir de la casa.
Arthur Schmidt se asomó por la ventana, acompañando a Greta con su vista. Caminaba apresurada, llevándose la mano al estómago.
¿Qué tienes niña bonita? ¿por qué te siento tan familiar?, sé que te ví una vez en el restaurante, pero... mirándote bien, te conozco, estoy seguro de eso, lo que no sé es de dónde.
Se sentía intrigado. Greta despertaba curiosidad en él, y eso le gustaba. En su vida nunca había conocido a alguien tan misteriosa como Greta.
Sonrió con suficiencia repasando en su mente lo que sabía de ella: Viuda, sin familia.
Entonces, Greta estaba sola, completamente sola.
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Notita: dejen sus comentarios. ¿Que les parece Arthur? ¿sospecha de Greta? los leo. Besos