04. Bruno

2251 Words
Caminar era un tipo de ejercicio que Greta efectuaba a diario, le gustaba hacerlo porque el viento la ayudaba a organizar sus pensamientos, solo que esa vez no dejaba de llorar. Las lágrimas por todo el camino fueron su compañía amarga y a su vez un enfrentamiento a su pasado. La guerra no había terminando, aunque todas las noches levantaba plegarias a Yahweh por justicia. La justicia se había perdido, solo el racimos gobernaba. Llegó a su madriguera cerrando la puerta de su habitación tras entrar. Miró su cama tendida y ordenada y no dudó en sumergirse en las profundidad de las sábanas para llorar en paz. Su corazón acongojado marcado por la tristeza quería desahogarse, la rabia, el dolor se apoderaba de sus emociones de la misma forma que las olas del mar. Quería morirse allí mismo aunque no tenía el valor suficiente como para atentar contra su propia vida. No era propio de ella. Greta vió el diario bajo su almohada y lo abrió leyendo sus páginas con el sabor amargo aún en su boca. Querido Yahweh Es la primera vez que te escribo de manera formar. Quiero contarte, dame el honor de hacerlo. He aprendido de ti en estos últimos meses. Agradezco a mi padre que se esfuerza tanto por enseñarnos su cultura con tanto fervor, amor y paciencia, aunque a mí hermano le aburre la historia, a mí, me fascina. Una vez a la semana leemos la Toráh y ya vamos por la parte en la que abriste el mar rojo y dejaste cruzar al pueblo judío en seco hacia la tierra prometida. Es asombroso lo que pudistes hacer en esos tiempos, creo que es la única historia que le gusta a Uriah, mi hermano menor. En cambio, a mí me encanta más la historia del joven que fue vendido por sus hermanos y como al final lograr descubrir el perdón, a la verdad, yo no pudiera perdonar de la manera en la que José lo hizo por eso, lo considero uno de los personajes más valientes de la torah. También, ya escribo fluido el hebreo y lo hablo, y he aprendido todas las plegarias que dejaste en tú libro. Uriah no se lo sabe mucho, pero yo lo he memorizado al pies de la letra, de manera que, mis padres se sientan orgullosos de mí. En estos últimos meses también le enseño piano a mi hermano, de verdad que es torpe con las manos aunque tiene buen oído. Mi abuelo le enseñó el piano a mi padre, y padre a mí y me toca instruir a mi hermano en la música, es como un tipo legado que va de generación a generación. Luego, a Uriah le tocará a sus hijos y así viceversa. Por otra parte, los días domingos en la tarde no nos perdemos el sermón, y vaya que yo no lo pierdo, y como tú eres un Dios que conoce los corazones, ya sabrá a qué me refiero. Te lo confirmo: hay un chico, uno bastante lindo que me gusta mucho. Quiero hablarle, no sé cómo hacerlo, soy muy tímida y tengo miedo de espantarlo y que más bien se arme un escándalo. Mis plegarias van dirigidas ante tú presencia para que tú favor permanezca conmigo Tuya: Leah Greta cerró el diario con lágrimas en los ojos, cómo no recordar esa etapa de su vida donde era una adolescente junto a su hermano, su hermano Uriah, como lo extrañaba. Abrió otra vez el diario leyendo otra página. Querido Yahweh Hace un mes que escribí mi última carta hacia tí. Estoy muy emocionada, finalmente, le he hablado a Benjamín, y adivina... ambos nos gustamos, nos queremos. Ocurrió en un funeral, la muerte de una de las amigas de mamá, y como es típico de los funerales, nos quedamos toda la noche inclusive él, Benjamín. Hablamos mucho durante toda la noche. Me contó que ama el arte, es buen dibujante, de hecho, me regaló una ilustración sobre el mar rojo abierto en dos, aunque no es mi historia favorito, recibí el dibujo con mucho amor y cariño. Me comentó que ejercerá la carpintería igual que su padre, eso me alegro o no se sí estaba tan perdida en sus ojos que todo lo que me decía me parecía fantástico hasta los peores chistes. El punto es... antes de irnos me dijo que era hermosa. Sonreí y que desde hace mucho le gustaba, oh, el corazón me patio el pecho con tanta fuerza que sentí que se saldria. Me encontraba nerviosa, demasiado diría yo, y fue cuando ocurrió la magia, me atreví a decir: siento lo mismo por ti. Su expresión al principio fue de sorpresa, luego, sonrió y sentí que el mundo me venía encima con esa sonrisa tan dulce. Entonces, fuimos interrumpidos por nuestras madres y solo nos quedamos con las palabras dichas. Estoy emocionada... no puedo sacarme a Benjamín de la cabeza, supongo que así es el estar enamorada. Aaaah, grito de alegría, danzo de regocijo, toco el piano con sonrisas, pensando en él, componiendo para él. Este será nuestro secreto. Por cierto, el tonto de Uriah domina bien el piano, aunque prefiere dedicarse al canto; tiene talento pero me gusta molestarlo diciéndole que sería el peor cantante de la historia, se enoja mucho, después termina reconciliándose conmigo. Tuya: Leah La chica tenía los ojos rojos de tanto llorar, la vista nublada por el sueño, hasta que finalmente el cansancio la venció y Greta durmió teniendo las mismas pesadillas de siempre. Disparos, sangre, tren, la voz de su hermano. Todas las noches revivía el infierno que vivió por culpa de la guerra. **** A la mañana siguiente, Greta ya estaba lista para trabajar, lo que más le gustaba del restaurante era que no hablaban mal de los judíos, ni mencionaban tanto a Hitler como héroe, por lo menos lo agradecía. Llegó a pensar si se enteraran que su linaje es judío, que tenía una carta de deportación para subirse a un tren y ser llevada a dónde Dios sabe. Solo pensarlo sacudía su cabeza apartando todo pensamiento que le causara fatiga o una terrible ansiedad, Greta Meyer había aprendido a vivir un día a la vez, de esa forma era más ligero sobrellevar el dolor. Ese día tocó el piano con mucho dolor para evitar que las lágrimas se apoderarán de sus mejillas, aún pensaba en la posibilidad de no ir a esa casa, así tuviera muy bien salario, le aterraba que ese nazis descubriera quien era, su verdadero origen, su identidad. De seguro, la mataría allí mismo, le dispararía en la cabeza o la enviarían a un tren de inmediato. Lo cierto era que trabajar en esa casa le resultaba sumamente peligroso. Sin embargo, Greta pensó en la posibilidad de no aparecer, de olvidar a ese demonio aunque su acción levantaría sospechas y la buscarían por cielo y tierra. Suspiró. ¿Yahweh que hago? iluminame en momentos como estos. Estoy tan confundida, con tanto miedo. Siguió tocando sin parar, sus dedos se perdieron entre teclas blancas y negras, armonías y melodías. Se deleitó en lo que más amaba hasta que su jordana acabó. La hora decisiva había llegado. Yahweh ayúdame. ¿Que debo hacer? Resopló retrujando las manos por los nervios. Se había comprometido con Ana, al no ir sería sospechoso, de seguro el demonio investigaria, la buscaría, pondría todo lo que había construido en riesgo, incluso, a los de la resistencia. Se pasó la mano por la cabeza, nunca había estado tan perdida en decisiones como la de pisar la casa de un asesino. Inspiró hondo y caminó despacio sin tanta prisa, confiando en una revelación divina o en una intervención o mejor aún, algo que la desviará del camino. Eso sucedía muy seguido, de hecho, en la torah que le enseñaba su padre había una historia similar, sobre un hombre que se desvía del camino para acostarse con una ramera, Greta no quería acostarse con nadie, pero si meterse en una situación extraña solo para no ir a dónde sus pies la llevaban. Finalmente, cuando estuvo afuera de la casa se llevó las uñas a la boca, alzó su vista al cielo visualizando las nubes grises que se extendió por el inmenso cielo. Lo que faltaba... que ahora comience a llover. Inhaló y exhaló un par de veces creando un plan en su cabeza. Primero, entraría, saludaría normalmente, segundo, daría su clase de piano al niño y saldria de esa casa lo más rápido posible. Evitaría a toda costa al militar y así reuniría un buen dinero y desaparecería de nuevo, ya lo había hecho una vez, ¿que tan difícil era volverlo hacer? Jugueteó con sus manos mientras llamaba a la puerta. Esperó nerviosa, con las piernas a punto de desmayarse. Hizo una nota mental para ella misma: Cálmate, aunque andes por el valle de sombra, yo estaré contigo, tú vara y tú cayado me infudiran aliento. Esa oración la repitió una y otra vez hasta que se sobresaltó cuando la recibió una señora vestida de mucama. Su traje azul, su pelo recogido. —¡Buenas tardes! —Oh, buenos días—señaló mordiéndose el interior de la mejilla. —Adelante... la señorita Ana y el joven Bruno vendrán en un momento. Mientras tanto... ¿Quiere algo? ¿te, café? —Agua estaría bien, gracias—indicó observando la sala, sus escaleras de madera relucientes, las alfombras, las cortinas, lámparas, flores. Le dió rabia todo ese lujo porque a ella se lo habían quitado los mismos jodidos soldados de uniforme verde. Tuvo que controlar la ira cuando vió a Ana junto a un niño bajar las escaleras. Un niño pequeño, de uno 8 años, con ojos grandes, verdes al igual que su padre y hermana. Cabello cortado en forma de hongo. Pantalones de un marrón al igual que el piso y las escaleras y una camisa de cuadros. —Buenas tardes, Greta—saludó Ana con una sonrisa. Estaba hermosa, Ana representaba la belleza, la inocencia, la dulzura. En un tiempo Greta también fue así, solo que, el entorno cambia, la sociedad, el sistema, las circunstancias. —Ana—paseó su vista al niño—. Tú debes ser... —B-bb-bru-no—tartamudeó encogiéndose un poco. Greta le extendió la mano. —Un placer Bruno, soy Greta, tú profesora de piano. Asintió intimidado. —Señorita, su vaso de agua—dijo la señora que la había recibido en la puerta. Greta lo tomó de bandeja. —Gracias. Ana lo seguía tomando de la mano al niño. —Bueno, les mostraré su salón de clase. Venga conmigo Greta La siguió, se sumergieron en un pasillo oscuro, aterrador. Y en la primera puerta que apareció, Ana la abrió. Para sorpresa de Greta más que un salón de clase, prácticamente, una bilioteca con un gran piano costoso en el centro. Muebles con cojines cómodos a los lados. Ni en sus mejores sueños vió tantos libros como en esa casa. —Es... hermoso—dijo admirada, sin apartar la vista de los libros, y al ver el piano quedó boquiabierta—. Es uno de los mejores piano, con un sonido único y está... espectacular—profesó emocionada. —Si, Arthur algunas veces viene aquí, otras yo. Solo que es... un sitio especial, de magia pura. —La música es magia, los libros son transportadores. Ana se rió cruzado los brazos. —¿Cómo así? —La música es melodía, notas, armonía, te hace soñar, vivir, amar. Pero los libros te transportan a miles de vidas, te llevan a una realidad diferente a la que vives. La chica se quedó estática mirando a Greta, había algo en ella que le caía bien, le gustaba, no sabía que era... si su forma de ser, o la manera en que compartían opiniones similares. Ana sabía algo, había conexión. —Exactamente pienso yo—dijo encantada—. Los libros y la música son la mejor compañía que un ser humano puede tener—suspiró—. Y más cuando tienes escasaz oportunidades de hacer amigos. Greta la miró con curiosidad. —¿No tienes amigos? Ella negó. —¿Ni uno? Repitió la misma acción apenada. —¿Por qué? A Ana se le dificultó hablar, a veces, ella misma ni sabía el porque. —Se me hace imposible acercarme a alguien, o, socializar. Soy muy mala en eso. No tengo ese don. Y creo que Bruno tampoco. La mirada de Greta se fue a Bruno que seguía en un silencio sepulcral. —Dime Bruno... El niño reaccionó angustiado. —¿Que tanto sabes de piano? Movió su cabeza de un lado a otro. —¿Nada, estás seguro? Asintió Suspiró. —Bueno, queda mucho por hacer. Comenzaremos la primera lección con las partes del piano, conceptos básicos, y teclas blancas y negras. ¿De acuerdo? Asintió el niño Greta se sentó en el sillón n***o de cuero del piano. —Ven a mi lado Bruno. El niño obedeció. —¿Ves las teclas blancas y negras y todo el caparazón del piano? Ana los vió desde la puerta de espalda, y le dolió en su corazón ver a Bruno tan solo. Entonces, Ana lo supo, a su sobrino le hacía falta una madre. Una madre que lo abrazara, lo mimara, lo enseñara, que fuera cariñosa, entendida, una así como Greta. **** Notita: Hola a todos, espero que ya para este punto les esté gustando la historia. Por fa, déjenme sus comentarios y opiniones. Los quiero.
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