Capítulo — La Madrugada de Manuela La mansión no dormía esa noche. Las luces seguían encendidas como si el día no hubiera terminado; las sombras bailaban contra las paredes, largas, deformes, como espectros que se burlaban de ella. Manuela caminaba de un lado a otro en el salón principal con el celular pegado a la oreja, la voz temblándole al intentar hablar con su hijo o con José Luis. Nada la calmaba. La palabra “esposa” seguía rebotando en su cabeza como una piedra. ¿Cómo se había atrevido Alejandro a proclamar eso delante de ella? ¿Cómo se había casado con esa mujer, con esa “gorda”, solo para llevarle la contra? Se mordía las uñas hasta hacerse sangre. El rencor la consumía y el miedo comenzaba a perforar su orgullo. Marcó el número del abogado que la había ayudado con la tenencia

