Capítulo 24 – El piano, la torta y el primer beso El departamento de Alejandro se iluminaba con la luz anaranjada del atardecer. Afuera, la ciudad rugía con el tráfico, pero adentro reinaba un ambiente distinto: más íntimo, más humano. No era la cocina del restaurante con sus hornallas encendidas ni la mansión con sus normas rígidas. Era un refugio. Dylan corría de un lado a otro, cargando un dinosaurio de plástico en una mano y mirando con ojos brillantes el piano de cola que descansaba en un rincón del living. —¡Tío, toquemos! —pidió, trepándose como pudo al banquito, sus zapatillas colgando en el aire. Las pequeñas manos cayeron sobre las teclas sin piedad: una sucesión de notas desordenadas llenó la habitación, más ruido que melodía. Elena, que estaba de pie con una taza de té cal

