La reina Oscura.
María Antonieta Stuardo
Miraba los alrededores de mi habitación después de volver de la plaza principal del pueblo. Necesitaba un momento para respirar en soledad. Observé mis manos y comencé a pensar en una forma para sacar a plenitud todo mi poder. Lo había controlado tanto y por muchísimo tiempo que no lograba experimentar esa sensación de tenerlo todo en mis manos.
Uno de los más fuertes era mover kilómetros de tierra y hacerla temblar. Además de todo lo que mi mente podía recrear y formar a los ojos del resto. Mi tío había experimentado un poco de esa fuerza, pero sé que poseo más, mi cuerpo, mi interior me lo dice.
No quise esperar tanto para esa reunión con Eskel y Dorothea, así que me fui de inmediato para la habitación oscura y allí ellos me esperaban. Al entrar, una reverencia me ofrecieron.
— Princesa — y bajaron la cabeza.
— Qué bueno que ya están aquí — y tomé asiento. — Necesito muchas explicaciones — y miré a ambos. — Quiero saber que mi padre ha ocultado sobre mi tío Henry, si hay alguna posibilidad de coronarme y ser la sucesora lo más rápido posible y como llegaron estos poderes a mí —
Ellos se miraron y Dorothea le dijo a Eskel que ya era hora.
— Princesa, ha sido difícil para nosotros la muerte del rey Louis y romper una promesa es difícil para nosotros, pero siempre le dije a mi Rey que usted sería la salvadora pero a la vez la destructora del pueblo — mencionó Eskel.
— ¿Cómo voy a hacer ambas cosas al mismo tiempo Eskel? — y miré de igual forma a Dorothea.
— Princesa Antonieta, toda la destrucción del pueblo hace dieciocho años se debe a su nacimiento y posterior a ello, sus poderos que fueron descubiertos a sus ocho años de edad. El rey no pudo ocultarlo tanto como creyó y su tío Henry, un ser inescrupuloso y con fuerzas malignas no podía permitir que su legado se viera arrebatado por una joven como usted —
— Él también tiene algo en su interior Eskel, lo pude sentir pero no es más poderoso que yo — y volteé mi cuerpo hacia el retrato de mi padre colgado en la pared como decoración. — Lo enfrentaré, pero necesito saber de dónde provienen estos poderes de los cuales no puedo apoderarme completamente — y lo miré. — Dímelo, soy la futura reina y a mi me debes lealtad ahora —
Eskel bajó su cabeza y sacó su espada. Creí que cortaría su lengua pero hizo su reverencia de lealtad.
— La bruja de Neverest. Es difícil princesa hallarla, saber dónde se encuentra, es lo que puedo decir —
— Con eso es suficiente — al decir esto, comencé a sentir en mi interior desesperación, pero no era la dueña. Salí de inmediato y al balcón más cercano, salí. El muro mágico cayó y de esta manera el pueblo de Neverest, mi pueblo entró en desesperación. — Debes localizar a la bruja, la quiero acá Dorothea —
— Princesa, ¿Cómo haré tal cosa? — preguntó asustada. Una mujer que pasaba una edad inmortal, pero con fuerza aún.
— No te asustes — dije acercándome y tomando su rostro. — Serás lo que siempre quise tener a mi lado — ella solo me miró expectante. Coloqué mis manos en sus hombros e hice varios movimientos en dónde calenté su cuerpo y su cuerpo comenzó a alejarse. Eskel se acercó a mí y trató de parar todo pero puse mi mano en su pecho. — ¡Reúne tú el ejército ahora! — pero parecía no escucharme.
Dorothea después de un calor insoportable, comenzó a voltear sus ojos y su aspecto cambió. Redujo su cuerpo al de un águila.
— ¿Ella estará bien princesa? — preguntó Eskel asombrado. Su compañera, amiga ahora estaba frente a él convertida en un águila y no sabía cómo reaccionar.
— Nunca les haría daño, ve ahora — le pedí. Viendo a Dorothea ahora en la mesa, me acerqué. El pico lo pasó por mis cabellos, acariciándolos. — Búscala y traela hasta aquí. No será difícil, ella te reconocerá en el aire — dije.
Dorothea alzó vuelo, al principio con torpeza pero luego con una agilidad estupenda. Corrí de inmediato hacia mí habitación y busqué aquella espada que mi padre me obsequió en un cumpleaños.
En un abrir y cerrar de ojos empecé a trabajar en ella con mis manos hasta transforarla en un bastón brillante, pero fuerte como el acero. Enmarqué mi nombre en él y desde ese momento, me convertí en “La reina Oscura”.
No solo eso pude transformar, sino que poco a poco iba sintiendo como crecía dentro de mi una fuerza sobrenatural. Cada capa que no estaba expuesta sobre mis poderes iba descrubiendose y generando mucho poder. Sabía que estaba dentro de mí pero desconocía cómo sacarlo.
Caminé hasta las afueras del castillo, mirando al cielo, percatándome de espectros que se movían en el aire y se mantenían allí. Uno de ellos bajó, era un hombre con un atractivo sin igual, sonrió al verme como si me conociera de siempre, como si supiera lo que era capaz de hacer.
Se acercó a paso lento pero no avanzó tanto como lo hubiese preferido.
— Qué placer verte princesa Stuardo —
— No pienso lo mismo de usted. ¿A qué le debo el placer de su visita no esperada a mi reino? —
— Su sangre — respondió y subió muy rápido para reunirse con sus otros acompañantes.
Con tranquilidad caminé más al centro y vi al resto del ejército de mi reino, ir al pueblo. Humo y gritos escuchaba desde aquí. Estiré mis brazos y lancé el bastón hacia allá. Él combatiría por mí.
Mi nueva visita, apresuró el paso y los tenía a todos frente a mí, eran más de cien.
— ¿Dónde está su rey? — pregunté. No recibí respuesta, sin embargo el combate comenzaba. Sus habilidades eran inimaginables. Una rapidez de la que deseaba escapar, pero aún así creé campos de fuerza dónde cada golpe expuesto era contundente.
Mis manos eran las principales armas de defensa pero también la magia que deseaba salir. Los árboles del jardín se movían pidiendo colaborar, arrancarles la cabeza con cada rama. Elevé mi dedo y percibí una corriente de aire donde la transformé en pequeños tornados que los hacía alejarse. Luché cuerpo a cuerpo hasta arrancar la cabeza de sus cuerpos. Mis ojos ya no tenía un color especial, como decía mi padre, eran negros como la noche.
Convertí la leña en fuego y quemé sus cuerpos hasta ver a mi tío asombrado por lo que le hacía a sus demonios.
— Aquí tienes— grité. — Ésto y más te mereces —
El bastón volvió a mí y cuando me dirigía hacia él, Dorothea volvió y lo perdí de vista. Era de suponer que tenía las mismas habilidades que sus espectros.
Al tocar el suelo Dorothea, su cuerpo se restauró y volvió a mí con una sonrisa vibrante. Sentí de inmediato que la bruja había sido encontrada por ella.