La reina oscura.
María Antonieta Stuardo
Buscaba la manera de obtener algún consuelo por todo lo que veía a mi alrededor. El rey Louis Stuardo, mi padre, había fallecido. Lo supe cuando me dirigía a su habitación y lo encontré rodeado de los sirvientes con más años y más rango en el reino.
Lloré amargamente por la muerte de un hombre que por dieciocho años cuidó de mí y perseveró por el bienestar de su pueblo. Se preocupó por enseñarme cada una de las cosas que me convertirían en una verdadera reina sin importar si el Rey del pueblo de Smut no estaba de acuerdo.
Luchó por esconder mi secreto que pondría en juego la corona y nuestra gente, pero estaba dispuesta a todo, con el único propósito de liberar a Neverest y lograr la inmortalidad.
— Princesa, ya está listo el carruaje — mencionó Eskel. — La escoltaré, pero debe entender que no podrá estar mucho tiempo, es peligroso —
Eskel no estaba seguro en que debería pronunciar unas palabras para nuestro pueblo, pero sabía que ahora, igual que yo, había un dolor en sus corazones y necesitaban escuchar a un Stuardo. Un peligro inminente se aproximaba o eso era lo que Eskel decía, pero mi padre merecía más y yo se lo daría.
El carruaje llegó y no dejé de observar lo delicado y elegante que era, digno de nuestro reino. En un pasado los carruajes eran llevados por caballos de primera clase más la ayuda especial de las hadas, en el presente no funciona así, las hadas huyeron pero yo las traeré de vuelta.
— Quiero a Eskel a mi lado — mencioné a Dorothea. Ella asintió de inmediato. — No quiero que suceda algo de lo que conocemos — dije refiriéndome a mis poderes.
— Debe controlarse princesa —
No pude asentir sobre eso, mis reacciones eran dispersas pero nunca inequívoca. Desde niña tuve dones que fueron escondidos por mi padre a tal punto de hacerme sentir un monstruo. Con mis manos podía hacer diferentes cosas, podía tocar el piso y de allí una cantidad incalculable de ramas, sin dejar de mencionar lo habilidosa que podía ser con el fuego. Tenía en mí 3 elementos de los cuales había controlado con precisión.
Tenía temor en que ahora mi pueblo descubriera esto y sintiera que no era digna de la sucesión. No quería perder por lo que tanto él había luchado y por lo que ahora era mi responsabilidad.
— Princesa, hemos llegado —
Eskel me informaba que ya nos encontrábamos en la plaza del pueblo. Nunca salía del castillo. En dos oportunidades lo hice y hubo consecuencias, desde ese último momento mi padre prefirió que nunca más lo hiciera. Hoy era diferente, estaba dispuesta a honrar su memoria con unas palabras a Neverest.
Al bajar del carruaje, todos me miraban e intentaban tomar mi mano. Eskel me alejó, pero de golpe me solté y tomé la mano de una mujer quién pronunciaba unas palabras para mi padre. Sonreí a medias a todo aquel que se dirigió a mi con respeto y distinción. No pude saludar o dirigirme a todos, en especial a aquellos que se encontraban lejos.
Subí al centro del lugar y dónde el alto mando del ejército del reino se encontraba. Eskel y Dorothea estaban muy cerca de mí.
“Se encuentran hoy aquí con un dolor que embarga también mi pecho. Un hombre que ha sido fiel a sus estatutos y leal a su pueblo, ha fallecido. Después de una inmortalidad, se lo llevó la muerte así como miembros, familiares y aldeanos de Neverest por una fuerza sobrenatural que intenta apoderarse de nosotros, pero eso va a terminar. Estoy preparada para combatir cuerpo con cuerpo con ellos y derrocar esas fuerzas que quieren adueñarse de lo que no les corresponde.
Se hará la voluntad de mi padre y siempre la paz va a reinar acá, porque traeré de vuelta lo que hemos perdido y los haré acreedores de vida eterna”
Los aplausos no se hicieron esperar y acapararon la atención de los demás. Eskel sonrió orgulloso y al acercarse, una flecha atravesó un espacio que estaba frente a los dos. Eskel me tomó inmediatamente y me sacó muy rápido. El pueblo corrió impaciente y asustado a sus hogares. Verlos corriendo desesperados, creó en mí una desesperación que no pude ocultar.
A lo lejos se acercaba un pequeño ejército acompañado por Henry Stuardo. A su lado se encontraban personalidades que desconocía. Al tenerlo frente, su sonrisa me invitó a odiarlo.
— Qué placer verte por fin — y sonrió. — Lástima que tenga que ser en éstas circunstancias hermosa sobrina — y desvió su mirada a mi cuerpo. — Me encantaría que nos fundiéramos en un abrazo — y estiró sus brazos.
— Yo no pienso igual querido tío — y tomé distancia.
— No seas pretenciosa María Antonieta, soy un Stuardo también y viviremos juntos de ahora en adelante —
Eskel intentó sacar su espada pero le hice señas de que no se metiera.
— Tú ya tienes tu reino, no harás nada aquí —
— Verás sobrina, seré el nuevo rey de Neverest y eso nadie lo podrá evitar —
— Seré coronada en 3 semanas tío Henry, así que te pido que saques a tu ejército de mi reino y te vayas cuanto antes — y lo miré con mucha ira. — No eres bienvenido, así que si me disculpas — y comencé a andar.
— Nadie me prohíbe nada — y tomó mi brazo. El hervor sobrepasaba mi vestido sin tan siquiera quemarlo. — Esto era lo que deseaba comprobar y lo he logrado, bruja — y se marchó.
Mis piernas se debilitaron y caí lentamente en los brazos de Eskel. En el carruaje, miraba a Dorothea quién tocaba mi frente y me llenaba de su cariño.
— Ya falta menos Princesa —
— ¿Miró mi tío mi caída? —
— Si princesa, lo hizo —
Me sentí mal, ahora sabía que podía tener una debilidad y eso me ponía en desventaja.
— Quiero una reunión en la habitación oscura con ustedes y no quiero secretos —
Dorothea y Eskel se miraron de inmediato aceptando qué habían secretos y que ya era hora de yo saberlo.