Debía concederle a Edward su gran capacidad de percepción, notaba los gestos y las reacciones de las personas, conociendo así sus gustos y disgustos; su mirada oscura miraba intrigado y divertido a Ana Marie. Sabía que no era una persona fácil pero, ¿quién es fácil en esta vida? Todos somos complicados a nuestra manera.
–Vaya que si la conoces –afirmó jocoso –. ¿Cómo es que Lisa Thompson se ganó tu desagrado, Ana Marie? Aunque conociéndote debió de haber dicho una palabra equivocada para ganarse así, todo tu desprecio.
–No es gracioso, Edward –mascullo para nada divertida con la situación –. Y no fue solo su gran boca sino también sus acciones. De todas las mujeres en el mundo y tenías que fijarte en ella, aunque como culparte, es claramente de tu tipo.
– ¿De mi tipo?
–Rubias malvadas y atractivas –respondió con una falsa sonrisa –. Pero hablando en serio, ¿Por qué necesitas mi ayuda? ¿Acaso ya no confías en tus trucos de don juan?
Edward se rasco la nuca y miró a Ana Marie con un ligero rubor en las mejillas.
–Ayudaste a Axel con la sorpresa de Daniela y… no sé, solo quería tu consejo o asesoramiento para que todo saliera perfecto. Y sí, sé que he tenido un gran número de chicas pero, creo que Lisa es diferente, hemos estado hablando por un tiempo y es una gran chica –la mirada escéptica de Ana Marie no perdía detalle alguno de su relato, estaba intrigada –. Claro tienes sus defectos, como todos; pero es graciosa, lista y me hace sentir cosas que no he sentido por ninguna otra. Actuó como un tonto a su alrededor y por eso necesito tu ayuda.
–Sí estás encabronado por ella, ¿no? –asintió como un adolescente recién descubriendo lo que es el amor, Ana Marie rodó los ojos y murmuró para sí misma –. Voy a arrepentirme de esto, pero si, te ayudare.
Edward con una gran sonrisa en sus labios; atrajo a Ana Marie hacia si para abrazarla, la joven no esperaba este repentino abrazo.
–Ok, sí, soy una gran amiga –dijo mientras le daba palmaditas –. Ahora suéltame que me estas asfixiando con tanto amor. Antes que nada, debo aclarar, que no pienso estar cerca de ella, por lo que solo te ayudare con un consejo o sugerencia, ¿estamos?
–Sabía que estaba pidiendo demasiado –interrumpió Edward con una sonrisa ladina –, pero acepto tus condiciones.
–Pues habla ya. Dime que planeabas hacer para invitarla a salir.
–Estaba pensando en ir al cine –se rasco la nuca nervioso–, o a ir al parque o a la plaza.
Ana Marie espero a que hablara más, pero al parecer Edward ya había dicho todo lo que tenía planeado, la chica no sabía si esto era una broma o su amigo en verdad no tenía de donde llevar a la chica que puso su mundo de cabeza; esto sí que impresionó a la chica.
– ¿Eso es todo? –el asintió –. Pues eso es lo más pobre que he escuchado, ¿acaso no ves películas románticas? Un picnic sería buena idea, aunque siendo Lisa Thompson mejor sería que la llevaras a un restaurante caro –medio bromeaba medio hablaba en serio –; tómalo como sugerencia si lo quieres. Pero creo que sería bueno que la llevaras a la “Linda Mariposa”
– ¿El club más popular de la ciudad? –Inquirió, sus ojos se entrecerraron hacia su amiga –. ¿Desde cuándo sabes de la existencia de ese club?
–Que sea una persona asocial, no quiere decir que sea una ermitaña –Masculló, claramente insultada –. En fin, es el club más popular, como tú dijiste; por lo que creo que deberías llevarla ahí, sería una cita perfecta. Baile, música, bebida y coqueteo. ¡Perfecto para ustedes dos!
Edward poso su mano en su barbilla, pensando en los pro y los contra (aunque había mas pro que contras a decir verdad), por lo que no lo pensó por mucho tiempo. Una sonrisa socarrona se dibujó en la comisura de sus labios.
–Eres la mejor, ¿ya te lo había dicho?
–Dilo otra vez que no te escuche –puso su mano en su oreja, Edward le dio un leve empujón en el hombro, rio un poco alzando las manos en son de paz –. Ya, ya, no tienes que repetir lo asombrosa que soy. Eso ya lo sabía desde hace años.
– ¿Desde cuando tienes el ego y la autoestima en alto? –bromeo –. ¿Quién eres y que le hiciste a mi Ana Marie?
–Culpa a Daniela, ella es la mala influencia.
–Creo que es la mejor persona con la que te has cruzado –musitó –. Está haciendo que florezcas un poco.
– ¿Cómo fue que conociste a Lisa? –intentó cambiar de tema.
Palabra clave “intento”.
Edward rió por el pobre intento de su amiga, sabía que no le agradaba Lisa por lo que no cree que ella quiera hablar de ella precisamente; siempre fue mala para desviar las conversaciones.
–No me cambies de tema, Ana Marie –dijo, mientras posaba sus manos a su cuello y se acomodaba más en el sofá –. Sé que no te agrada.
–Eres odioso.
–Aun así me quieres.
–Te tolero más bien –corrigió.
–Como sea. Me parece increíble que ya te esté abriendo un poco más.
– ¿No crees que me veo ridícula?
– ¿Por qué pensaría eso? –preguntó como si hubiera dicho una blasfemia, se incorporó un poco para mirarla fijamente –. Escúchame bien porque no lo repetiré. No eres una ridícula, eres Ana Marie Buenaventura; la chica más lista y real que conozco. ¿Qué si eres una estirada perfeccionista? Si, si lo eres; ¿Qué si eres complaciente? Pues sí, también lo eres –la chica bajo su mirada un poco. Continúo: –. Pero eres mucho más que eso. Eres mi amiga, mi confidente cuando te necesito. No eres perfecta, ¿y eso que? Nadie es perfecto en esta vida y me alegra mucho que lo estás viendo. Te veo más viva, más feliz, pero…
Paro porque no sabía si debía decirlo o no.
Ana Marie lo miro expectante, esperaba que continuara su discurso.
– ¿Pero qué? –preguntó, ansiosa.
–Pero aún hay tristeza en tus ojos –respondió en un murmullo bajo –. Tienes que llamarla, te hace falta.
Ana Marie sabía a quién se refería, pero las lágrimas traicioneras escapaban de sus ojos sin piedad alguna, empañando sus lentes. Su amigo le había dicho las cosas que no solo necesitaba oír sino que también había dicho una verdad que por ciega se ha negado a ver. Por muchos años se había puesto restricciones a sus gustos y su forma de ser dejando que las palabras de las personas a su alrededor la afectasen, rigiendo así su vida. Busco complacerlos. Pero por dentro sabía que eso no era posible, que nunca se podría complacer a todo el mundo; que estaba atrapada en un infierno que ella misma había creado.
Un infierno lleno de inseguridades, ansiedad y angustia por no ser perfecta. Pero la perfección no existe.
Debo dejarlo, debo dejarlo, se dijo internamente.
–Aun no creo que sea tiempo –susurro con la voz rota –, ella no va a querer hablar conmigo. Fui muy dura con ella.
Edward se levantó, se dirigió hacia ella y la abrazo, palmeo su espalda en un intento por consolarla.
–No lo sabrás si no lo intentas –le dijo comprensivamente –. Y no debes preocuparte. Siempre serás una gran persona, Ana Marie, solo debes amarte y así veras que lo que dicen los demás no tiene por qué afectar en tu vida. No debes seguir los parámetros de otros, solo debes seguir los tuyos.
– ¿Y si me equivoco? –musito en sollozo.
–Pues entonces aprendes de ello –se encogió de hombros, aun palmeaba su espalda –. Para ser quienes somos debemos fracasar de vez en cuando. El ver el lado positivo del fracaso nos hace mejores, no inferiores o tontos.
Edward sintió como se reía ligeramente.
– ¿Desde cuando eres tan sabio? –preguntó con la voz ronca.
–Aprendí de la chica que siempre da consejos y que nunca sigue sus propios consejos.
Al cabo de unos minutos, había dejado de llorar y ahora sentía el abrazo incómodo. Se removió para librarse del abrazo, pero Edward parecía no querer dejarla ir, por lo que tuvo que recurrir a su último recurso.
– ¡AY! ¡¿Por qué me pellizcaste?! –cuestiono separándose rápidamente y sobando la zona afectada –. ¡Eso dolió!
–Porque no me soltabas –respondió un poco más repuesta.
Se levantó y recogió las tasas de café. Al volver noto como Edward se levantó para despedirse.
–Fue una linda velada hasta que me pellizcaste –refunfuño, se acercó a Ana Marie y le removió el cabello pese a que sabía que a ella no le gustaba que se metieran con su cabello –. Nos vemos pronto, Ana Marie. Y recuerda, llámala.
– ¡Deja mi cabello, salvaje! –retiro sus manos de un solo manotazo.
–Sí, sí, sí, llámala. No lo olvides.
–Y tú no olvides tu elocuencia con Lisa –rebatió con burla.
– ¡GOLPE BAJO! –grito desde el pasillo.
La chica rió ante sus ocurrencias. Pero la sonrisa poco a poco se desvaneció, sus palabras le habían dado mucho que pensar, tenía dos opciones; ¿vivir para ella o vivir para los demás?
Obviamente voy por la primera, se dijo.
Poco a poco la sensación de pesadez de desvanecía de nuevo de sus hombros, como aquella vez que se sinceró con Daniela. Sintió también como un torrente de confianza y adrenalina se introducía en su sistema.
Rápidamente se dirigió a su habitación, quería hacer algo antes de que la cobardía le regresara al cuerpo. Recordó cuando Álvaro le pregunto por sus libros, sus preciados escritos que nunca salieron a la luz porque temía que no fuesen lo suficientemente buenos, pues ahora con la valentía y la adrenalina recién adquirida se arriesgaría a hacer algo que nunca pensó que haría. Publicaría su historia. O al menos, sus primero cinco capítulos. Entro como un huracán a su habitación, busco su laptop y la encendió, rápidamente entro a la página de libros virtuales y le dio a la opción “crear una historia”.
Cuando todo estuvo listo para publicar, se detuvo a solo unos pocos centímetros de la opción “publicar”, sus pensamiento acarreaban estas preguntas; ¿será lo suficientemente bueno? ¿La gente le gustara? ¿Se tomaran la molestia de leerlo? Movió la cabeza para alejar esos pensamientos poco alentadores.
–Al diablo –dijo segura.
Le dio a publicar.
Veinte minutos después, aun no podía creer que lo había hecho. Había publicado sus escritos, o, al menos, uno de ellos. Se sintió feliz y asustada, pero más feliz que asustada.
De pronto su teléfono sonó, era un mensaje de Edward.
Lo leyó y bufo con ironía.
El mensaje decía:
–Llámala. Y si, es una orden.
No le contesto. Ya sabía lo que tenía que hacer. Pero no por eso estaba menos nerviosa.
Apagó su laptop, se acomodó en la cama y marco a su hermana. Su crisis existencial y valentía repentina podían esperar.
Big, Big, Big.
Al cuarto timbrazo contestó:
–Hola, Ana Marie –saludó claramente sorprendida.
Ana Marie nunca creyó que volver a escuchar la voz de su hermana sería tan reconfortante.
– ¿Hola? ¿Está ahí? –volvió a hablar.
Se quedó muda, no sabía que decir.
– ¿Hola? –intento de nuevo, un suspiro cansando salió de sus labios –. Adiós, Ana Marie.
– ¡No, no cuelgues! –exclamó, asustada –. No cuelgues. Hola, Ana Lucia –saludo un poco más calmada –. ¿Cómo has estado?
Seguido de eso. Ana Lucia era ahora la callada pero solo duro unos segundos, segundos eternos para su hermana mayor.
–Estoy bien, gracias a Dios –finalmente contesto –. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?
–Pues bien. Por cierto, vi que te teñiste el cabello.
–Oh –murmuró –, ¿te gusto como me quedo?
–Pareces una uva, pero una uva adorable, hermanita –se encogió de hombros pese a que sabía que no la podía ver –. Me gusto como te quedo.
– ¿En serio? –la incredulidad se filtró en su voz –. ¿No me estás tomando el pelo, verdad?
Ana Marie rió un poco antes de negar con la cabeza.
–Sabes que no sirvo para esas cosas –musitó –. Nunca fui buena para las bromas, ese era más tu campo.
–Muy cierto –coincidió –, pero igual eras muy buena asustando a la gente. Ya sabes, cuando apareces de repente. Eres demasiado sigilosa.
Antes de que pudiera decir algo más, Ana Lucia pareció recordar algo.
–Me tengo que ir, Ana. Te llamo luego, ¿okey?
–Ok –apenas dijo y su hermana cortó.
Alejo el celular de su oreja y frunció el ceño. ¿A dónde se tenía que ir su hermana? Supuso que tiene una cita con Ryan o algo por el estilo.
–Bueno, eso salió mejor de lo que esperaba –se dijo en parte aliviada y feliz. Había publicado uno de sus escritos, se sentía eufórica y, por primera vez en mucho tiempo, Ana Marie sintió que a partir de hoy todo irá bien –. No puedo creer lo que he hecho. Daniela no lo creerá cuando se lo cuente. No puedo creer que deba agradecerle a ese tonto.
Hablar con su hermana le había hecho bien, publicar su escrito le había hecho bien. Hizo lo que temía hacer y se sintió bien, si fracasaba no importaba, porque seguiría intentándolo hasta lograrlo. Esta vez luchará por su pasión por la escritura y su relación con su hermana. Y todo gracias a los pequeños empujones de su círculo de amigos y conocidos, agradecía enormemente haberlos conocido, la ayudan a crecer y a no hundirse.
Con una sonrisa le escribió a Edward:
“Puede que te deba un gracias”. Tal vez no es el mejor agradecimiento, pero para Ana Marie es suficiente, luego le dará una rueda de pan dulce con un termo lleno de café para él solo.
Coloca su teléfono en la mesita de noche, se levantó de su cama y se dirigió a la cocina. Como Daniela no volverá hasta el día siguiente, Ana Marie aprovechara la cocina para experimentar un poco. Menos mal que hay un extintor en uno de los gabinetes por si acaso.