De vuelta a villa Olive. La más joven de las hermanas tenía la frente perlada, la respiración agitada y una sonrisa satisfecha. Había terminado de limpiar la casa en tiempo récord. De las dos hermanas Buenaventura ella siempre fue la más inclinada a las labores domésticas, su hermana mayor alegaba que tanto las mujeres como hombres debían tener las mismas labores en el hogar, por ende Ana Marie hacía que sus primos pequeños limpiaran la casa, barrieran o lavaran los trastes. Decía que así les enseñaría la igualdad de género, que los hombres seguían siendo hombres a pesar de hacer las labores domésticas. Ana lucia solo veía esto como una forma de que Ana Marie no hiciera sus deberes, pero como siempre, nunca le decían nada al respecto.
La chica miro con orgullo la casa. Estaba impecable. Casi como esas casas de las revistas.
Quito la música de su celular y luego guardo todos los implementos de limpieza que utilizo, para luego tomar un merecido baño con agua fría.
Al salir encontró a su novio recién levantado (eran más de las once de la mañana). Con una sonrisa Ana Lucía se acercó para darle un beso en la mejilla, pero Ryan se giró para besarla en los labios. Lo cual la chica correspondió rápidamente cuando se separaron fue a buscar su ropa, Ryan se levantó perezosamente y fue directamente al baño. Sin dedicarle unos buenos días ni nada por el estilo, pero a Ana Lucia no parecía importarle, es más, asociaba su falta de saludo al cansancio.
– ¡Ni se te ocurra pasar por la cocina, amor! Acabo de limpiarla y te matare si hay una sola mancha o huella de tu pie en mi piso –gritó mientras se ajustaba los vaqueros.
– ¡Entendido! –le gritó de vuelta desde el baño.
Rio. Porque recordó lo que le hizo a su novio la última vez que pisó su recién pulido piso, casi lo deja sin descendencia, algo digno de ver en una serie de comedia.
Ryan salió del baño ya vestido. Miró a su novia atentamente, viendo que seguía allí con él y aun no podía creer que abandonara a su familia por él.
Había pasado casi un mes desde que vino a vivir con él.
Aunque el término “escapar” es más apropiado en mi opinión.
– ¿Por qué me miras tanto? –preguntó la chica con una risilla.
–Porque aún no puedo creer que vivas aquí conmigo. Parece un sueño, uno en el que no quiero despertar –Dijo sincero, mientras se acercaba a ella y le tomaba las manos –. Todo es como debe ser. No podría pedir nada más.
– ¿Ni siquiera un trabajo para vivir juntos por nuestra cuenta?
Hizo una mueca acompañado de un mohín.
–No mientras mi madre nos mantenga. Recuerda, cariño, los padres tienen el deber de mantenernos –apretó levemente sus manos y la miraba a los ojos profundamente –. Además, estamos bien, ¿no? después de todo no estamos con la loca de tu madre. Aquí te queremos y no te presionamos para que estudies, trabajes o cualquier tontería. Mi madre te adora. Al igual que yo.
La chica apretó los labios por como llamo a su madre, pero no dijo nada, después de todo, su madre no era la mujer más cuerda del mundo.
Sin embargo; debía admitir que no le gusto que llamara así a su madre.
–No hables así – le reprochó –. Recuerda que es mi madre.
–Es una mujer sin escrúpulos, lo único que le importa es su apariencia y su bienestar –replico con desagrado, esa mujer no le agradaba –. Siempre te ha descuidado. ¿No es eso lo me decías? ¿Qué siempre discutían y peleaban de forma constante?
–Pues sí, pero….
–Pero nada –atajó él –. No le debes nada a esa mujer. Mucho menos por cómo te trata, ¿no crees? Mi amor.
–Supongo.
Él asiente complacido.
–Y haces bien en suponerlo –noto su vestimenta y frunció el ceño –. ¿A dónde vas?
–Al centro de villa Olive. Quiero ver si hay un trabajo disponible –su novio hace una mueca, frunció sus cejas ante su comportamiento –. ¿Por qué esa cara? Necesito el trabajo. El dinero extra no nos vendría mal.
–No necesitas el trabajo –replicó sin emoción –. Mi madre te compra lo que necesites y tu padre te deposita dinero de vez en cuando, cariño. No lo necesitas para nada.
– ¿No crees que estas exagerando un poco?
– ¡No, no exagero nada! Y sabes que, haz lo que quieras.
Dichas estas palabras; salió de la habitación molesto azotando la puerta. Ana Lucia suspiró resignada y opto por cambiarse a su ropa cómoda, tal vez saldría otro día, pero una parte de ella decía que no saldría y que si lo hacía no sería para buscar trabajo. Por un momento se preguntó qué haría su hermana en esta situación.
Negó con la cabeza ante esa pregunta.
Su hermana nunca estaría en una situación así, después de todo, es la chica dorada.
……………………….
Al día siguiente fue casi la misma rutina. Limpiar, almorzar y ver películas en el sofá. Estaba aburrida y al parecer Ryan lo noto, por lo que hoy irían al cine, no era un cambio radical pero la chica agradecía enormemente la salida y el cambio en la rutina. Además, debía familiarizarse con el pueblo ya que este se había convertido en su nuevo hogar.
El pueblo no era muy diferente a Sierra Cayena. La única diferencia eran los campos abiertos y la falta de colinas con grandes subidas y bajadas. Del resto bien podría jurar que seguía en su pueblo de origen. Los puestos de fruta fresca llenaron sus fosas nasales del delicioso aroma de fresas y frambuesas recién cosechadas. Un puesto de collares y pulseras artesanales llamaron su atención y se acercó junto con Ryan a ver las creaciones.
–Bienvenidos, jóvenes, vean y díganme que les gusta –dijo una mujer entre cuarenta y cincuenta, su cuello estaba adornado por varios collares de cuentas y tejidos.
Las piezas eran exquisitas; estaban hechas de una forma delicada pero lo suficientemente llamativas como para ser consideradas lo último en moda. Claro, si te gustan los accesorios artesanales.
Ana Lucia examino los collares con ojo crítico. Quería un collar nuevo, uno que no se oxidará ni se decolorara, uno resistente para usarlo siempre. Su hermana mayor siempre llevaba su collar de oro y plata, nunca se lo quitaba, un día le preguntó la razón y su hermana había respondido lo siguiente:
–Fue un regalo de la abuela cuando nací. Siempre estuvo conmigo y ha traído suerte en mi vida. Además, es delicado y resistente, perfecto para cualquier ocasión –agregó con una leve sonrisa, luego miró a su hermana inquisitivamente –. ¿Por qué la pregunta? Si vas a pedírmela prestada sabes que la respuesta es un rotundo no.
Sonrió ante el recuerdo. Su hermana podía prestarle sus muñecas, ropa y listones para el cabello. Pero nunca jamás de los jamases le prestaría tres cosas: su teléfono, libros y, por supuesto, su collar. Podría pedirle su laptop y hasta eso se lo prestaría pero nunca su preciado collar.
"Ay, que ver que si eres única, hermana", pensó con gracia.
Volvió a concentrarse en los collares y, en el fondo del puesto, encontró el collar perfecto para ella.
– ¿Podría acercarme ese, por favor? –pidió a la vendedora.
La vendedora asintió y le mostró el collar, era simple, hecho de plata con un dije de igual material con un pequeño dibujo de una virgen en él. Pequeño, delicado, pero resistente. Es perfecto.
– ¿Cuánto pide por él? –preguntó con una sonrisa, la vendedora le devolvió el gesto.
–Son 15$ por el collar. Y si gustas puedes llevarte un brazalete a juego, por tan solo 20$ –ofreció la vendedora.
Era una ganga, pero Ana Lucia negó.
–Solo el collar, por favor.
La vendedora asintió y guardó el collar en una bolsita.
Pagó y con una radiante sonrisa fue en busca de su novio para mostrarle el collar. Ryan se había alejado un poco ya que no le veía sentido, se balanceaba de un lado otro y sus manos estaban en sus bolsillos, al ver a su novia acercarse con una sonrisa para acto seguido mostrarle el collar, sus cejas se fruncieron ante eso.
– ¿No dirás nada, cariño? –inquirió la chica con el collar en la mano –. ¿Qué te parece?
–Es bonito –consiguió decir, antes de girarse y con un gesto de mano apresurar a Ana Lucia–. ¿Ya nos podemos ir al cine? Se nos hará tarde para el estreno.
– ¿Solo eso dirás? Que esta bonito –repitió algo dolida.
–Bueno, esta precioso, ¿contenta? –espetó de mala gana –. Será mejor que nos vayamos, amor. La fila será interminable si no nos apresuramos.
Ana Lucia apretó los labios, se contuvo porque no quería hacer un escándalo, al menos no aquí.
–Sabes que mejor ve tú adelante y yo te alcanzo después –masculló molesta.
–No te enojes, cariño –susurró con voz melosa –, solo no quiero que terminemos atrapados en una larga fila. Tu collar es precioso, ¿me dejas ponértelo para admirarlo?
¿Cómo negarse a esa voz?
¿Cómo negarse a sus ojos de corderito?
Ana Lucia cayendo de nuevo en su encanto, dejó que le pusiera el collar, Ryan al ver el enojo abandonar el rostro de su novia sonrió con altanería.
–Te queda perfecto, mi amor.
–Gracias, cariño. Será mejor que nos movamos o habrá una fila interminable.
El amor nos ciega, pero a veces lo que creemos sentir no es amor, más bien es dependencia.
¿Pero, quién soy para decir que es amor o dependencia?
Solo soy una narradora y espectadora de esta historia al igual que ustedes. Ambas hermanas me intrigan hasta el punto de querer saber que más hay en sus mentes, almas y corazones, y que tan capaces son de aprender de sus errores. La mayor teme equivocarse y la menor se equivoca pero se niega a aprender de ello haciendo borrón y cuenta nueva. Como si su equivocación no dejara una lección que puede hacerla mejor o peor persona.
No sé ustedes; pero el camino de las hermanas apenas comienza y ambas se darán cuenta de que los lazos que las unen no son solo de sangre.