Sé que a muchos les abra intrigado el grado de madurez de nuestra querida, Ana Lucía quien ha hablado con una sensatez digna de una joven adulta pero, ¿quién se ha convertido en su guía e inspiración? Sabemos que no es su hermana ni su madre; por lo que tendremos que ver su evolución en el momento que acepto el empleo.
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Cuando acepto el empleo por unos breves momentos de debilidad no creyó que lo lograría, que desertaría al mínimo inconveniente que se le presentase, que su hermana y madre tenían razón sobre ella. Que nunca terminaba lo que empezaba. Que era una indecisa y, en unos casos, una fracasada.
Primera semana.
La primera semana fue más sencillo de lo que pensó en un principio, si bien tuvo uno que otro percance con algunas de las empleadas del lugar, algunas chicas la miraban como si se preguntase porque estaba ahí. Sus miradas que si bien no había un signo de desdén o desprecio, si hubo un dejo de superioridad haciendo que Ana Lucía se sintiera incomoda en sus primeros días laborares.
Pero fuera de las miradas todas la trataron con cordialidad. Demostrando cierto grado de madurez pero, como en cualquier ambiente laboral, siempre hay quien mete la semilla de la discordia; y si mis queridos lectores, hablamos de Belle.
La joven castaña de ojos verdes; cuya sonrisa radiante solo ocultaba su pérfida personalidad. Siempre era la que hacía que los pequeños chismes o rumores crecieran estrepitosamente creando así un ambiente tenso entre las chicas. Priscila había amenazado en cierta ocasión que despediría a la persona responsable de tales rumores, pero nunca encontró a la responsable. Otra ocasión fue la renuncia de Perla, que si bien Priscila creyó que se trató de una cuestión de Arrogancia pero no fue así, cuando Perla demostró tener más talento que la propia Belle en su área de maquillista y quiso mostrarle las nuevas técnicas que había inventado para hacer del maquillaje tan ligero que ni la clienta lo sentiría; Belle le había puesto trabas diciendo que Priscila estaba “demasiado ocupada” en cosas importantes como para prestarle atención a una aprendiz. Por lo que renuncio poco después.
Pero gracias al cielo que Belle no había centrado su mirada en Ana Lucia, quien en esa primera semana se mostró como una chica torpe e insegura, demostrando que debajo de toda esa seguridad se hallaba una chica con un miedo constante a no ser suficiente para ella misma.
Segunda semana.
Para ese entonces Ana Lucía ya se había acentuado a la nueva rutina. Pese a la constante preocupación de que su novio la descubriese no le impendía dar el cien por ciento en su trabajo. Un día Priscila se encargó personalmente a ver lo que sabía la chica, los nervios la atacaron cuando la mirada de su jefa la seguía inquisitivamente, evaluándola. Aun recordaba sus palabras.
–Muéstrame lo que sabes hacer, querida –ordenó en tono calmo, esperando que así la chica se relajase un poco –. No voy a comerte, solo voy a evaluarte.
Ana asintió torpemente para acto seguido comenzar hacer una mascarilla capilar que su hermana siempre usa, mascarilla de aloe vera, aceite de coco y miel. Ana Marie dice que esta mascarilla ayuda a los cabellos extremadamente secos a mantenerlos hidratados y suaves; evitando así la resequedad, falta de brillo y puntas abiertas. Cuando termino y aplico su creación a una de sus compañeras de trabajo (quien se ofreció como voluntaria), la dejo actuar por cuarentaicinco minutos luego lavo y masajeo el cabello levemente. Al terminar el cabello de Sisi se veía precioso.
Sisi quedo encantada con el resultado, pero la última palabra la tenía Priscila. La susodicha se acercó a Sisi y, con ojo crítico, toco el cabello y busco cualquier rastro de posible irritación capilar o un pedazo de aloe vera.
Cuando termino su inspección, su rostro no mostraba cambio alguno miro a Ana Lucia, quien se balanceaba de un pie a otro, ansiosa y nerviosa.
–Bien hecho –fue lo que dijo Priscila antes de volver a su oficina –. ¡Oh! Casi lo olvido. Antes de irte a casa quiero que pases por mi oficina.
–Sí, jefa.
Priscila asintió y se retiró. Ana Lucía saco todo el aire que tenía contenido, lo había hecho bien y se sentía muy contenta con el resultado.
Gracias, hermana por tu obsesión con tu cabello, se dijo internamente.
–Buen trabajo, Ana –le felicito Sisi.
–Gracias –dijo muy risueña.
Al volver a su puesto pudo notar la mirada fruncida de Belle.
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Justo antes de irse paso a la oficina de su jefa, como Priscila lo había ordenado. Era la segunda vez que estaba ahí.
Priscila estaba sentada en su escritorio, estaba en medio de una llamada, le hizo un gesto a Ana Lucía para que le esperase unos segundos. Al colgar, entrelaza sus manos y apoya su barbilla en ellas.
–Esta es la parte en la que tomas asiento, o ¿prefieres estar en pie?
– ¡Oh! Si, lo siento. Es que se me hace raro que quieras hablar conmigo –respondió rápido, mientras tomaba asiento –. ¿Hice algo mal o…?
– ¿Por qué crees que hiciste algo mal? –inquirió algo divertida por su nerviosismo –. Ana, la mascarilla capilar que hiciste fue simplemente perfecta. No usaste ninguna crema, solo usaste ingredientes naturales, ¡simplemente maravilloso! –vio como la chica sonreía orgullosa de sí misma –. Pero si hay algo que debo hablar contigo. Pero descuida, niña no es malo.
– ¿Ah, no?
–Bueno, dependiendo de tu vista, claro –dijo con una sonrisa –. Dime, querida, con toda honestidad. ¿Tu novio no sabe que trabajas?
Esa pregunta hizo que Ana Lucía quedase paralizada, por un momento no supo que decir sus mejillas se sonrojaron por la vergüenza, y se dio cuenta de que tal vez no estaba dando al cien por ciento. Con sus dedos empezó a doblar un poco su camisa para así calmarse.
– ¿Qué… que le hace pensar eso, jefa? –pregunto en un balbuceo.
–El hecho de que tu celular suene cada media hora por mensajes o llamadas de nada más y menos que tu “amorcito” –respondió cuidando de que no se filtrara su claro descontento –. Mira, no me molesta que hables por teléfono unos minutos, pero me parece mal que te llame constantemente haciendo perder tiempo.
– ¿Cómo supo que era él? –volvió a preguntar.
–No sueles ser muy discreta y el fastidio de tu voz siendo simulada por falsa dulzura, solo la provoca un hombre –sonrió como si recordase viejos tiempos, pero luego volvió a su rostro serio –. ¿Por qué no le has dicho que trabajas?
Ana Lucía no sabía si decirle la verdad o no. Por lo que opto por una verdad a medias.
–Aun no encuentro el momento adecuado –mintió en un susurro –, pero pronto se lo diré.
–Mm –asintió para nada convencida –. Solo no vuelvas a responder llamadas en tu horario de trabajo. Quiero que te concentres en mejorar tus habilidades, eres buena y pronto veremos que tanto puedes aprender en la aplicación de maquillaje.
– ¿Es todo, jefa?
Priscila suspiro.
–Si es todo, Ana Lucía.
La joven salió y ahí, en ese preciso instante, fue cuando todo empezó a cambiar para ella.
Tercera semana.
Ana Lucía limpiaba furiosamente las ventas, como si estas tuvieran la culpa por su enojo, Sisi quien se había vuelto su amiga noto el excesivo movimiento en el vidrio se acercó a su gruñona amiga.
– ¿Todo bien? –se atrevió a preguntar.
Al escucharla dejo de limpiar la ventana y fijo su mirada color miel a su amiga. Tenía una mueca de enojo y fastidio, pero no podía desquitarse con Sisi por lo que Inhalo y exhalo hasta clamarse.
–Estoy bien, nada que no pueda sortear –respondió bajando el cubo al suelo y arreglar su cola de caballo que estaba por deshacerse.
–Pues no lo parece, parecía que querías atravesar el vidrio –rio.
Antes de que Ana respondiera una risa sarcástica la interrumpió, ambas fijaron su mirada en Belle quien se acercó a ellas con una sonrisa maliciosa.
– ¿Es que no lo ves, Sisi? Tiene problemas en el paraíso –se mofo con satisfacción.
– ¿Y quién te invito a la conversación? –atacó Ana Lucia a la defensiva.
–Pasaba por aquí y por casualidad las escuche. Sisi, será mejor que vuelvas al trabajo, acaba de llegar tu clienta regular –le ordeno como si fuese la jefa, Sisi no tuvo más opción que irse no sin antes dedicarle una mirada de disculpa a Ana Lucía –. Yo que tú me concentraría más en separar lo personal de lo laboral.
– ¿Quién te crees que eres? ¿Mi asesora de relaciones públicas? No necesito de tus opiniones, Belle. Ya tengo suficiente de ellas.
–Oh, suena a que alguien no solo tiene problemas maritales –comento venenosamente, pese a la mirada sucia que le enviaba Ana Lucía.
Algunas chicas y clientes se quedaron mirando la escena. Tensos por el intercambio de ambas chicas.
Ana Lucía quiso replicar algo ya sea una grosería o una palabra astuta.
– ¿Qué está pasando aquí? –inquirió duramente Priscila, su jefa. La mirada oscura de Priscila oscilaba entre sus dos empleadas, claramente buscando una explicación. –Muy bien, estoy esperando.
La primera en responder fue Belle.
–Nada malo, Jefa, solo estaba hablando con Ana Lucia. La pobre ha estado con un humor pésimo y yo solo quise animarla, pero parece ser que no está de ánimos –comento inocentemente.
– ¡Eso es mentira! –exclamó indignada, señalándola acusadoramente –. Estuvo molestándome he insinuado cosas sobre mi relación y mi familia.
–Yo nunca haría algo así, Ana –dijo cordialmente luego dirigió su mirada a su jefa –. ¿Lo ve? No creo que pueda con la presión de estar en el salón, Priscila.
–En este salón y horario laboral soy tu Jefa, belle, no Priscila –mascullo irritada por la situación –. Ve a tu puesto, no deberías estar aquí en primer lugar –Belle apretó los labios antes de asentir y volver a su puesto, luego volcó su mirada en Ana Lucía –. Y tú; acompáñame a mi oficina ahora.
– ¡Que! Pero ella…
–Dije, ahora –recalcó Priscila.
Ana Lucía sintió que volvió a la escuela secundaria e iba a la oficina del director a recibir una reprimenda, ¡qué recuerdos! Al entrar a la oficina tomo asiento donde siempre. Priscila se masajeo las sienes por unos segundos antes de mirar seriamente a Ana.
Ana abrió la boca para hablar, pero Priscila alzo la mano para que no lo hiciera. Refunfuño mientras se cruzaba de brazos y esperaba el regaño.
–Ana, lo que dijo Belle ¿es cierto? –cuestionó una vez que termino de masajear sus sienes.
–No es nada.
–Con que no es nada –repitió sin creérselo ni un poco –. Vi como llegaste, el ceño fruncido, la mueca molesta y las mejillas inflamadas por el enojo. Tienes un rostro muy expresivo.
–Eso me han dicho.
– ¿Por qué estas molesta?
Un suspiro cansino salió de sus labios. No quería molestar a su jefa con asuntos irrelevantes, mucho menos si se trataba de sus problemas personales, pero Priscila ha demostrado ser una mujer confiable y sabía que insistiría hasta sacarle todo.
Con un nudo en la garganta le conto todo. Desde las discusiones, la falta de interés de su novio ya sea en buscar un empleo o en lo que se refiere a ella y su ideología de “los padres deben mantener a los hijos”, hasta el distanciamiento de su hermana hacia ella.
Priscila escuchaba todo sin interrumpir, opinar ni replicar.
Y fue desde ese día que Ana Lucía empezó a recurrir cada día a su jefa, para buscar un consejo o una opinión imparcial. Ayudándola a descubrirse a sí misma una vez más.