Nunca en mi corta vida como narradora había presenciado una situación un tanto… incómoda (por no decirlo de otra forma). Bueno, hay una primera vez para todo.
Las hermanas no sabían que decir y puedo apostar que estaban enormemente agradecidas de no estar una frente a la otra en ese instante, por otra parte, un encuentro tal vez sería lo que ambas necesitan ahora, pero eso se dará más adelante.
Ana Marie se había quedado sin palabras por primera vez en su vida, no sabía que decir y agradecía enormemente que su hermana no la veía justo ahora. Sus manos estaban temblorosas al igual que sus piernas, su respiración se volvió inestable hasta el punto de no poder respirar. Un largo suspiro abandonó sus labios sacudiendo mientras sacudía la cabeza recobrando el poco control que sentía sobre su cuerpo, y entonces, habló:
– ¿Estás bien? –se maldijo internamente por solo decir esas dos palabras, ¿pero cómo actuar en una situación así? No hay un manual que nos diga que decir o hacer en este tipo de situaciones.
–Oh, ah, estoy bien, ¿y tú? –Ana Lucia sonaba incomoda, pero aliviada de que su hermana fue quien inicio la conversación; una parte de ella temía que le gritara o le colgara.
–Bien, aún estoy en Sierra Cayena.
Al otro lado de la línea Ana Lucia fruncía el ceño ligeramente, estaba confundida del porque su hermana seguía en el pueblo, se suponía que ya debía estar en la ciudad volviendo a sus estudios universitarios. No en Sierra Cayena.
– ¿Por qué sigues en Sierra Cayena? ¿No deberías volver a la ciudad, la universidad? –preguntó confundida.
–Porque tengo un asunto que resolver.
– ¿Cuál asunto?
–Tú. Tú eres ese asunto –aseveró más dura de lo que pretendía, al darse cuenta suavizo un poco la voz –. Solo quiero saber por qué te fuiste de ese modo, ¿tan mal iba todo con mamá? ¿Por eso tomaste una decisión apresurada?
– ¿Apresurada? ¿Dices que mi decisión fue apresurada? –repitió la joven consternada, ignorando la pregunta inicial de Ana Marie.
– ¡Por supuesto que fue apresurada! ¡No llevas ni un año conociendo a Ryan y ya estás viviendo con él! Discúlpame pero si eso no es ser apresurada no sé lo que es –Trató de controlar su desagrado con respecto la situación pero apenas lo conseguía.
–No entiendo porque sigues en Sierra Cayena, Ana Marie, lo que yo haga con mi vida es mi asunto –aseveró tajante, no podía creer que su hermana mayor se atreviera a cuestionar su decisión –. Soy una adulta ahora y no necesito tu opinión. Necesito tu apoyo, hermana.
– ¿Apoyo? ¿Apoyo, dices? –Repitió, incrédula al cabo que soltaba una risa sarcástica –. Dime algo, antes de cuelgues como una cobarde, ¿tú o Ryan trabajan?
–No, aun…
–Entonces –interrumpió –, ¿cómo pretendes que te apoye cuando vas a ser una mantenida y vives con un chulo vago? Dime. Solo eres una niñita con aires de adulta cuando no eres más que una chiquilla manipulable. Siempre te dejas llevar por cualquiera.
– ¡No me hables como a una niña! Dios, suenas igual que mamá.
– ¡Pues entonces deja de actuar como una niña! –terminó gritando, Ana Marie sentía coraje, ira y culpa por como la conversación estaba tomando rumbo. Pero, ¿Qué podía hacer? No podía evitar dejarse llevar por el coraje.
– ¿Sabes, que? Adiós.
–No te atrevas a…
Ana Marie alejó el celular de su oído para comprobar que, efectivamente, su hermana le había colgado. Maldigo una y otra vez por cómo manejó la situación, la conversación no había salido como quería y eso le frustraba. Rápidamente se encaminó a su cuarto, tomó una almohada y la pego en su rostro ignorando el empañamiento de sus lentes, pego un gran grito amortiguado.
Y, sin saberlo, su hermana Ana Lucia hacia la misma acción, solo que, esta tenia lágrimas corriendo por su rostro.
(...)
Los días habían pasado y el plazo de Ana Marie estaba a pocas horas de llegar a su fin. Debía volver a la ciudad pronto. No había hablado con su hermana desde entonces y se negaba rotundamente a hablar con Ryan, el chico ni siquiera ha tenido la decencia de llamarla para hablar, por ende Ana Marie no le debía nada. O así lo siente ella. Su familia no hacía nada al respecto y eso le molestaba de igual manera, pero no podía exigirles hacer algo.
Ya en el terminal de Sierra Cayena Ana Marie se preparaba para abordar el bus e ir de vuelta a la ciudad.
– ¿Ana Marie, enserio eres tú? –escuchó la chica una voz a sus espaldas, volteó a ver quién era el que la reconoció,
grata fue su sorpresa de ver a Edward uno de sus amigos de la secundaria.
Una pequeña sonrisa se posa en los labios de Ana Marie cuando se acercan y se envuelven en un cálido abrazo.
–Ha pasado un tiempo –dice la chica al cabo que se separaba del chico, mirándolo detenidamente y se dio cuenta de que no había cambiado mucho, solo que tenía más cabello.
Edward sonrió mientras le tocaba uno de sus mechones de cabello sueltos, no podía creer que se reencontró con Ana Marie después de casi un año sin verla, le parecía increíble. Ella seguía siendo más baja que él pero solo por unos centímetros, iba a decir algo hasta que noto la falta de brillo en los ojos marrones de Ana Marie.
Bueno, menos brillosos de lo normal.
– ¿Todo bien?
–Sí, sí, ¿por qué no habría de estarlo? –su sonrisa flaqueó pero su voz no, no podía permitirse hacerlo.
–No lo pareces –declaró sin tapujos.
–No hay que parecerlo, hay que sentirlo –comentó algo ausente, miro que Edward llevaba un bolso y una maleta –. ¿Adónde vas? ¿Irás de viaje o…?
Esto toma por sorpresa a Edward quien, mira su maleta y bolso antes de volcar de nuevo su atención en Ana Marie, sonrió algo apenado.
–Me mudare a la ciudad, pienso retomar mis estudios, ya debería haberme graduado –Y es cierto, nuestro querido amigo tiene 23 años, cuando Ana Marie se volvió su amiga él ya iba en tercer año en la secundaria –. Ya te falta poco para graduarte, ¿no?
–Sí, dentro un año.
Se habían quedado en silencio. No sabían que más decir o hacer.
Ana Marie siempre fue muy callada, normalmente escuchaba a sus amigos, no hablaba mucho con ellos, y ese rasgo en particular la hacía sentir cohibida; nunca podía entablar una conversación y mantenerla viva. Miró a las personas ir y venir, se preguntó cuánto tardaría el bus que la llevaría a la ciudad de Santo Domingo.
Un carraspeo llamo su atención de nuevo a Edward, quien la miraba perezoso y con un dejo de curiosidad cursando en sus luceros.
–Entonces, ¿es cierto lo que dicen? –preguntó cauto, no quería ofender a Ana Marie.
– ¿Qué quieres decir?
–Están hablando de tu hermana, dicen que se fue de su casa con su novio y que es una…
–Ni se te ocurra terminar esa palabra –siseo con los dientes apretados –. Sí, mi hermana se fue, pero al menos es mayor de edad, no como las otras muchachas de ahora. ¿De quién escuchaste lo de mi hermana? Seguro debió ser alguien conocido que se tomó la molestia de esparcir la noticia.
–Fue Lydia la chica con la que tu hermana tuvo el accidente en la moto.
Ana Marie apretó los labios en un gesto de molestia. Detestaba a la chica por como trato a su hermana después del accidente, argumentando que ya no la soportaba y que estaba exagerando toda la situación. Ana Lucía tuvo suturas en la rodilla y tuvo que tomar terapia para poder movilizar su rodilla correctamente. Si bien, nuestra querida Ana Marie estaba preocupada por el accidente de su hermana, se había tardado un mes en visitarla alegando que la visitaría pronto y que al menos ese accidente le sirviera como escarmiento por sus locuras.
Cualquiera pensaría que Ana Marie no le interesaba su hermana y hasta yo lo pensaría, pero la chica es tan complicada que cada día se revela una nueva capa de su persona, y también, pensarían que Ana Lucía aprendería la lección pero solo la aprendió por seis meses antes de volver a subirse a las motos. En fin, ¿en dónde estábamos? Ah sí, en el sabor de boca amargo de Ana Marie por Lydia.
– ¿Cómo pudo enterarse? Ana Lucia solo se fue hace menos de una semana. ¿Cómo pudo llegarle esa información?
–A mí ni me preguntes, solo la escuche de camino al terminal.
–Qué coincidencia –masculló –. ¡Al fin llegó el bus! ¿Nos sentamos juntos? No quiero sentarme sola.
– ¿Tengo otra opción? –bromeó, agradecido por el cambio de tema, no quería incomodar a Ana Marie. La chica negó con una leve sonrisa y él fingió una mueca –. Bueno, no hay nada más que hacer. Suba, señorita, que yo la sigo.
Edward hizo una reverencia Ana Marie subió al bus y seguido subió Edward.
–Solo te advierto que me duermo rápido, si te dejo hablando solo es porque me dormí –dijo mientras tomaba asiento.
–No podría esperar menos de ti, Ana Marie.
La chica sonrió, evito pensar en Lydia y en la discusión que tuvo con su hermana. Temía que ya no quisiera hablarle, pero ¿y ella? ¿Porque no siguió insistiendo? ¿Por qué no fue a la casa de Ryan? Fácil, su orgullo no se lo permitía ya que sentía que su hermana debía darse cuenta de su error sola, pero ¿Cuándo eso le había funcionado? Así es, nunca. Y, con ese pensamiento, se quedó dormida apenas el bus emprendió camino.
Ana Marie empezó a despertar, pero no quería hacerlo, estaba teniendo un sueño pacífico y las cosas eran como debía ser; sin embargo la persona a su lado parecía muy concentrada en su tarea de despertarla. Y, con gran pereza, despertó. Vio todo borroso y se dio cuenta que no tenía sus gafas por lo que empezó a buscarlas, una risa burlona se escuchó a su lado y la chica miró de mala forma a Edward quien, con una sonrisa ladina, tenía sus gafas en mano.
–Dame mis lentes –ladró, mientras se los arrebataba y se los colocaba, Edward estalló a carcajadas, Ana Marie le lanzó otra mirada envenenada –. No es gracioso, ¿porque me despertaste?
–Porque ya hemos llegado.
– ¿Qué? –murmuró sorprendida.
Ana Marie había dormido en todo el viaje.
–Por cierto babeas, Ana Marie –soltó una leve risa y se levanta del asiento –. ¿Vienes o iras al siguiente pueblo o ciudad?
–Normalmente no me duermo así –mintió descaradamente, mientras desviaba la mirada para evitar que viera su sonrisa delatadora (nunca fue buena para mentir, al menos mentiras piadosas). Una vez fuera del bus Ana Marie extiende los brazos al aire –. ¡Bienvenido a Santo Domingo!
Edward niega varias veces.
–Ya he estado antes aquí.
–Lo sé, pero de visita no ha vivir aquí. ¿Dónde vivirás por cierto?
– ¿Porque lo preguntas? ¿Acaso quieres que viva contigo? –cuestiona con galantería mientras se acercaba a Ana Marie quien niega varias veces con una sonrisa nerviosa, nunca le gustaron los juegos que nunca supo jugar –. Porque debo decir, que no me molestaría para nada. De hecho, estaría encantado.
–Pues lástima, Edward, tengo una compañera de cuarto –alego con falsa pena, adoraba desinflar el ego de Edward. Antes de que Edward replicara, Ana Marie empezó a gritar y hacer señas –. ¡Álvaro, aquí! ¡Álvaro!
Edward la miraba confundido. No sabía de quién es el Álvaro del que estaba hablando o mejor dicho gritando. Su rostro debió demostrar el gran signo de interrogación para que Ana Marie lo mirara un poco apenada, se aclaró un poco la garganta ya que el tal Álvaro ya los había ubicado.
–Álvaro es un amigo, lo conocí en la universidad y vivimos en el mismo complejo de apartamentos –explicó –. En fin, es el único con auto y le pedí que me viniera a buscar cuando regresara de Sierra Cayena.
Edward asintió y Álvaro llegó.
–Sabes que hay teléfonos no tenías que gritar, Ana Marie –dijo mientras le depositaba un beso en la mejilla y la abrazaba, Ana Marie correspondió el abrazo gustosa.
–Y tú sabes que no me gusta sacarlo, Álvaro, temo a que me lo quiten de las manos –replicó rompiendo el abrazo –. Álvaro, te presento a Edward un amigo de Sierra Cayena, Edward, Álvaro, Álvaro, Edward. Listo. Ya están presentados; ahora vámonos.
–Espera –la detuvo Edward –, Ana Marie, ¿no crees que a tu amigo le moleste? Bien puedo tomar un taxi. Por cierto un gusto, Álvaro –el aludido hace un gesto de cabeza.
–No es problema, hermano, considéralo como una bienvenida a Santo Domingo. Vamos, Marie, déjame llevar tu maleta. Ah, y Daniela quiere hablar contigo –le susurró a la chica al oído quien hace una mueca de desgano –. No puedes culparla, faltaste a la universidad una semana entera y tú nunca haces eso.
De eso Ana Marie estaba consciente, pero las circunstancias lo ameritaba. La situación de su hermana la había dejado aturdida dándole apenas tiempo de hablar con los coordinadores y profesores para poder faltar a clases una semana. Apenas terminó esa cuestión con la universidad se enfocó en su hermana olvidando por completo hablar con Daniela al respecto. Debió de estar muy preocupada. Ana Marie mordió su labio inferior en señal de estrés y nerviosismo, ahora no solo debe preocuparse por el silencio de su hermana sino que deberá preparase para el regaño de Daniela.
Al parecer su regreso a la ciudad también le dará migrañas.
¿Cómo era el dicho? A mal tiempo, buena cara.