La mirada achocolatada de Ana Marie alterno entre su amiga y el edificio. Bien podría girarse e irse a su apartamento. No quería enfrentar ahora a Álvaro, no ahora; pero vamos si fuera por ella nunca lo enfrentaría. Al parecer el miedo y la inseguridad siempre han regido en su vida, ya no hay que negarlo, la prueba estaba ahí frente a ella. ¿Acaso sería lo suficientemente fuerte para dejar atrás sus ataduras? ¿Dejar sus complejos y amar todos sus defectos? ¿Aceptar que no tiene que demostrarle nada a nadie salvo ella misma? ¿Dejar de guiarse por sus miedos e inseguridades?
Ana Marie sabía que no podía seguir viviendo así. Pero la chica sabía que una cosa era saberlo y otra era hacer algo al respecto, debía elegir. Y entonces, ahí lo supo. Esto bien podría ser su primer paso, nada le garantizaba que cambiaría de la noche a la mañana ya que eso tomaba tiempo. En vez de posponerlo ¿por qué no hacerlo ahora?
La chica miró de nuevo el edificio. El tumulto de gente iba y venía, su amiga la miraba expectante, la brisa golpeaba su rostro y, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo dijo:
–Supongo que… no puede ser tan malo –vio cómo la mirada de su amiga brillaba entusiasmada, y no pudo evitar contagiarse un poco –. No me has dicho el porque me trajiste aquí. ¿Qué tiene de especial?
–Será mejor que entres y lo averigües –dijo con voz enigmática.
Marie entrecierra los ojos antes de cruzar la calle con su amiga. Al entrar al edificio se dio cuenta que por dentro es muy diferente de lo que deja ver, es más, el lugar no fue como lo imagino. Por fuera era simple nada especial, nada que llamara la atención. Nunca imaginó que el interior la sorprendería.
"Las apariencias engañan".
Los ojos de Ana Marie se ampliaron por la sorpresa. Era una cafetería con muebles modernos, libreros llenos de libros modernos y clásicos para que los clientes leyeran con café, un escenario mediano en el fondo con una máquina de karaoke, y también había una escalera en espiral que llevaba al segundo piso, pero la chica no sabía que había ahí. Había quedado fascinada con el estante ¡ahí están los títulos que quería leer!
Había subestimado el lugar.
Había juzgado la apariencia simple del edificio.
Se había equivocado.
Y, por primera vez, le encanto estar equivocada.
Sonrió ampliamente ante los que sus ojos veían. El olor del café recién hecho, los panecillos recién salidos del horno, la música del cantante en el escenario. Todo le pareció increíble.
Un pequeño empujoncito en su hombro la saco de su sorpresa.
Daniela sonreía con celeridad. Sabía que su amiga amaría el lugar, bueno, no siempre, una parte de ella temía que su amiga no le gustara el lugar y le alegraba de sobremanera que Ana Marie no objetara, ni hiciera caras o dijera comentarios sarcásticos. Sin duda era una victoria para Daniela.
–Será mejor que nos quitemos de la puerta, no queremos quedarnos como unas estatuas, ¿verdad?
– ¿Qué? ¡Oh! Claro, claro.
Ambas se sentaron en uno de los muebles de cuero beige.
Al poco tiempo de sentarse, una camarera vestida con el típico uniforme (solo que de color azul vibrante), se acercó con una sonrisa educada con una libreta en mano.
–Bienvenue à la cafétéria d'art –saludo en francés –. ¿Puedo tomar su orden?
– ¿Tu parles français? –inquirió Ana Marie, impresionada.
La camarera la miró sorprendida, no podía creer que hablase su idioma con tanta fluidez, así que decidió probar que tanto sabía la chica.
–Oui, ET apparemment vous aussi –felicitó –. ¿Êtes-vous français ou avez-vous appris la langue?
–Non, je viens d'apprendre la langue. J'aime apprendre de nouvelles langues –tomo el menú que estaba en la mesita, lo ojeo pero no sabía que pedir –.Vous travaillez ici depuis longtemps, ¿n'est-ce pas?
–Oui.
Ana Marie miró a Daniela quien tenía la boca abierta. Daniela sabía que su amiga estudiaba un curso de idiomas, pero no sabía que era tan buena, ¡hablaba como toda una francesa!
– ¿Tú qué quieres, Daniela? –inquirió a su amiga.
–Lo mismo de siempre.
Miró a la camarera, quien esperaba paciente.
–A Mon ami comme toujours. ¿Que me recommanderiez-vous?
La camarera anotó el pedido de Daniela, cuando Ana Marie le pregunto su recomendación golpeteo el bolígrafo en su barbilla, pensativa.
–Café avec macaron fourré au chocolat.
Ana Marie sonrió. Sonaba delicioso.
–Je veux ça. Et merci beaucoup pour la pratique de ma langue –agradeció a la camarera quien asintió sonriente y se fue con sus órdenes –. Eso fue agradable, no sabía que ese lugar existía. ¿Desde cuándo vienes aquí, Daniela? ¿Y no debería estar Álvaro aquí? –terminó por preguntar.
Daniela aun no salía de la estupefacción que le causo ver a su amiga hablar francés. ¡No creía que esos cursos valieran la pena!
–Tierra llamando a Daniela –movió su mano en el rostro de su amiga –. Voy a pedir una botella con agua.
– ¡Ni se te ocurra!
–Al fin reaccionas –sonrió – ¿Ocurre algo?
–Ocurre que eres una cajita de sorpresa –su amiga la mira confundida –. ¡Hablas francés de forma fluida! ¡Francés! –exclamó todavía sin poder creerlo –. ¿Cómo cuántas horas pasas en el curso?
–Depende de mí avance, son como tres horas al día –contestó simple –. Antes eran como cuatro, pero avance lo suficiente como para restarle una hora a las clases.
– ¿Y cuántos idiomas eran?
Ana Marie suspiró.
–Tres. Inglés, italiano y francés –explicó sin darle mucha importancia.
–No entiendo por qué cursas idiomas, si tú ves idiomas en la universidad. ¿No crees que estás extralimitándote?
–Para nada. Los cursos me ayudan a adelantarme y reforzar los conocimientos que ya poseía. Además, el profesor Clarke está encantado de que sea la mejor alumna de su clase, dice que tengo una buena pronunciación a la hora de hablar inglés –al terminar de hablar la camarera les trajo sus pedidos, ambas agradecieron y Ana Marie continúo: –. Aunque, debo admitir que al principio fue duro, no tenía mucho tiempo libre. Estaba saturada y apenas podía dormir adecuadamente.
–Lo recuerdo –Daniela toma un macaron –. No dormías casi y terminabas con horribles ojeras. Tus lentes los disimulaban, pero eso no quitaba que estabas cansada.
Y tenía razón. Al principio el horario de Ana Marie eran un desastre, iba a la universidad en la mañana, en las tardes iba a los cursos y en la noche hacia todas sus tareas. No tenía tiempo para nada. Hasta que un día, hablo con la profesora del curso y esta al percatarse de la demacrada apariencia de Ana Marie opto darle clases los fines de semana, y vaya que fue lo mejor.
–Bueno, me alegra que estés adelantada con los idiomas –siguió Daniela –. Pero debes tomar tiempo para ti misma, salir, socializar, tener una cita. No me mires así. Debe haber alguien que te guste.
–La verdad es que no he tenido tiempo para pensar en eso –antes de que Daniela replicara, volvió a preguntar: –. ¿No que Álvaro estaría aquí?
–Para estar nerviosa estás muy ansiosa por verlo –bromeó –. Está arriba, en la sala de baile.
– ¿Sala de baile?
Daniela asintió y tomó otro dulce relleno de chocolate.
–Este lugar en fantástico, los domingos son días de comida francesa por eso los dulces y los platos típicos, y en cuanto al karaoke puedes cantar lo que quieras, pero en el salón de baile cada día es un nuevo género de baile que puedes aprender –Explicó antes de terminar su macaron –. Este lugar es para pasarla bien, aprender nuevos bailes, cantar un poco o leer un buen libro con una tasa de café recién hecho. También es un buen lugar donde puedes ser tú mismo.
– ¿Cómo descubriste este lugar?
–Por una cita.
–Tenía que ser –Ana Marie rió quien termino su bebida y macaron –. ¿Entonces, él está arriba? –Daniela asintió –. Sabes que no bailo.
–Si lo haces –replicó –. Pero no te obligare a bailar, si te sientes cómoda puedes subir y ver nada más. Pero te advierto que la música es pegadiza y querrás bailar con todos los chicos guapos.
–Con lo penosa que soy, lo dudo –masculla más para sí misma que para su amiga.
Sin embargo; Daniela la escucha y toma la muñeca de su amiga instándola a levantarse del cómodo mueble.
–Vamos, levántate. No quiero perderme del baile de hoy –anuncio con premura –. Necesito sentir unos brazos fuertes a mí alrededor.
Ana Marie hace una mueca.
–Te hubieras guardado ese comentario –susurró su amiga siguiéndola.
Ambas subieron la escalera de caracol y a medida que subían la música empezaba a ser audible para sus oídos, era música de género ballenato.
–Se dice que bailar ayuda a soltar todas las preocupaciones y temores –comentó Daniela –. Quizás eso ayude. Claro, cuando decidas soltarte.
–Paso por paso, Daniela, tengo un camino largo por recorrer. Y no solo yo, también mi hermana. –manifestó Ana Marie con algo de melancolía.