Con las manos temblorosas y pensando en que es una broma de Magnus, Daphne se quita la venda de los ojos y para su decepción, el lugar es una muestra triste de lo que alguna vez fue un hogar feliz o la casa de campo de una familia que se quería… pero que el tiempo la había atacado de la peor manera.
—¿Dónde estamos…? —le pregunta ella temerosa, da un par de pasos para acostumbrarse a la tenue luz que entra y luego se gira hacia Magnus—. ¡Esto no es gracioso, amor! ¡¿Dónde estamos?!
—En tu nuevo hogar, mi amor… —sisea él demostrando al fin todo el odio que siente por ella—. Aquí es dónde vivirás hasta que piense dónde te pondré a pagarme lo que me debes.
—¿Qué? Espera… ¡¿Piensas cobrarme lo que le darás a mi padre para salvar su empresa?! ¡Sabes que no me casé por eso!
—¡Y yo tampoco! Lo que me debes es a mi nieto… a Ramiro —ella retrocede con lágrimas en los ojos y niega con vehemencia.
—No sé de qué estás hablando, te recuerdo que yo también lo perdí…
—¡Mentirosa! —grita tan fuerte que la madera del lugar retumba—. ¡Tú hiciste que se quitara la vida!
—¡Yo no le hice nada! ¡Yo lo quería!
—¡Mientes, por tu culpa mi nieto se lanzó de ese barranco! —ella se lleva las manos a la boca y niega.
—Eso es mentira, me dijeron que Ramiro perdió el control del auto…
—Eso es lo que yo mandé a que dijeran para no partirle el corazón a mi hija, pero la verdad es que Ramiro se lanzó por aquel barranco… nunca frenó, pero antes de lanzarse por ese precipicio, adivina qué hizo —saca el teléfono del chico con la pantalla quebrada y ella frunce el ceño—. Te mandó un mensaje, uno que ni siquiera leíste por estar con otro.
—¡Eso es mentira! —dice asustada y retrocede más, chocando con un mueble y cayendo estrepitosamente al suelo—. ¡Yo sería incapaz de engañarlo!
—¡CLARO QUE LO HICISTE Y LO SIGUES HACIENDO! ¡Te follaste a quién sabe quién y ahora querías hacer lo mismo conmigo!
—¡Noooo…! —ella se cubre el rostro y deja salir el llanto que el dolor y la tristeza le provocan.
—No creas que ese llanto me convencerá, no caigo con cosas como esas —se guarda el teléfono y luego la mira con un profundo odio—. Te quedarás aquí hasta que decida qué hacer contigo, porque me lo debes… y desde ya te advierto, no te servirá gritar, porque no hay nada ni nadie a kilómetros.
—¡No puedes dejarme aquí! ¿Qué comeré, qué beberé? ¡¿Dónde dormiré?!
—No me interesa… ese es tu problema —se acerca a ella con gesto peligroso y le aprieta el mentón—. Solo te advierto que no puedes salir de aquí… a menos que quieras que te coman los animales salvajes que andan por aquí.
La suelta con violencia y luego se marcha de allí cerrando la puerta.
Daphne siente que todo le duele y no es el cuerpo, sino algo dentro de ella, eso que no se ve ni se toca. Llora por tiempo indeterminado hasta que comienza a anochecer y la temperatura comienza a bajar.
Se pone de pie, se acerca a las ventanas para intentar abrirlas, pero están tapadas con maderos gruesos por fuera, dejando lo necesario para que entre la luz, pero imposibilitando cualquier escape.
Mira a todos lados tratando de adaptar sus ojos a aquella oscuridad que avanza rápido y nota una vieja chimenea de piedra. Corre hacia ella para tocarla y nota que está firme, por lo que comienza a buscar desperada algo con qué encenderla.
Consigue un atizador con lo que acomoda las cenizas viejas y busca madera para prender fuego.
—Pero no me servirá de nada si no tengo con qué encenderla… —mira a todos lados buscando cómo conseguirlo, hasta que ve un pequeño estandarte de un equipo de fútbol, en el que hay un palo cilíndrico. Lo saca rápidamente y comienza a usar la vieja técnica por fricción para encender el fuego.
Tras varios intentos, logra prender un madero y busca papeles que le ayuden a esparcir aquella pequeña chispa. El fuego se vuelve más fuerte y ella se sienta al lado de la chimenea con cuidado de no acercar demasiado su vestido. Se calienta las manos pensando en lo mucho que se equivocó, llora con amargura y se dice en voz alta.
—Mi padre después de todo tenía mucha razón… y yo no le hice caso… —se limpia las lágrimas y busca algo en lo que recostarse para intentar dormir un poco, pero al no encontrar, quita grandes trozos de la tela de su vestido para usarlo de almohada y cubrir sus brazos.
Se recuesta a un lado e intenta dormir, pero se pasa toda la noche en ese duermevela agotador que le produce no saber qué pasa afuera ni cuánto tiempo se quedará allí.
La mañana se la encuentra tirada en el piso, agotada y dormida en un sueño intranquilo… y con los ojos molestos de Magnus al notar que encendió fuego para calentarse.
Se acerca a ella con rabia y la toma por el brazo con violencia, la arrastra con rabia hasta al baño y la lanza a la sucia ducha con la grifería oxidada.
—¡¿Te calentaste lo suficiente por la noche?! —deja correr el agua y ella se abraza el cuerpo cuando el agua fría cae sobre su cabeza—. ¡Ahora es momento de que te refresques!
—¡No, por favor! ¡Está fría…!
—¡Y eso a mí qué me importa! —Daphne intenta correr, pero él la detiene y la pega a la pared, sin importarle que se moje su propia ropa—. Me gusta que mis empleados se levanten temprano a cumplir con mis órdenes.
—Yo… yo soy tu esposa… no tu empleada —le dice ella aterida por el agua fría que no deja de caer y Magnus solo se ríe.
—Nada más de papel, querida… porque en lo demás jamás me fijaría en una mujer insignificante como tú.
Magnus la mira con asco y ella siente que otro trozo más de corazón cae a sus pies. Cuando está lo suficientemente empapada, el hombre la suelta y sale del baño, Daphne se lava la cara, se deshace el peinado y comienza a pelearse con el vestido para quitárselo.
Cuando logra bajar la cremallera, intenta quitárselo por los brazos, justo cuando aquel corsé de encaje blanco queda al descubierto, Magnus entra para pelear con ella, pero se queda en la puerta al ver la imagen de aquella chiquilla tratando de cubrir su cuerpo, se ve inocente y deseable al mismo tiempo, y cierta parte de su anatomía comienza a reaccionar sin que pueda controlarlo del todo, después de todo él ni es tan viejo, ni mucho menos santo.