Al sentir la traición de su propio cuerpo en aquella pequeña chispa de deseo, Magnus se molesta consigo mismo. Todo el mundo cree que tiene más años de los que en realidad ha cumplido, eso porque desde joven tuvo que hacerse ver mayor por razones que nadie comprendería.
Tener a aquella chica delante de él con ese atuendo lo hace sentir vulnerable y tonto, porque no puede caer ante el cuerpo de su esposa… no se lo puede permitir, porque esa es la manera que tienen las mujeres de manipular a los hombres.
Se dice que es una reacción normal de cualquier hombre ante una mujer con ropa como esa, pero termina desquitándose con Daphne de todas maneras.
—¡¿Qué crees que haces así?! ¿Crees que con esos trucos vas a convencerme de que te saque de aquí? Eso le funcionaría a una mujer que sea deseable, no a una insípida como tú.
Daphne se encoge sobre sí misma y trata de cubrirse en vano, baja la mirada y con voz temblorosa le responde.
—Solo quería… quitarme el vestido porque mojado me pesa… y porque no quiero enfermarme —Magnus entra al espacio y se quita el saco para luego lanzárselo a Daphne sin cuidado.
—Ponte eso mientras yo voy por algo de ropa, una adecuada para que comiences con tu trabajo.
—¿Qué quieres que haga? ¿Si lo hago, me dejarás salir de aquí?
—¡Ni sueñes que te dejaré salir! Solo tienes dos posibilidades, la muerte como mi nieto o la locura como me siento yo por haberlo perdido. Ahora, apresúrate, te quiero en la sala esperando tu uniforme y las instrucciones.
Magnus sale del baño odiándose a sí mismo por caer en la tentación de aquella chiquilla, porque todo aquello que le dijo de su apariencia es mentira. Es hermosa, una delicada muñequita y ahora comprende por qué Ramiro cayó con ella tan fácilmente.
Unos minutos después, entra como un vendaval y le entrega un mono de trabajo, ella se lo coloca tratando de no mostrar mucho de su cuerpo y le entrega el saco.
—Ya no me sirve, huele a mentirosa —le dice lanzándolo al pie de la chimenea—. Ahora camina.
Ella alcanza a dar unos pasos, él la acerca con violencia y luego se arrodilla frente a ella para ponerle un grillete.
—Te diré lo que tienes que hacer y luego de eso me marcharé hasta la tarde, más te vale que lo hagas bien o esta noche no tendrás tu preciado fuego para calentarte.
—Haré lo que quieras… y te prometo que lo haré bien…
Magnus tira de ella para sacarla afuera y la luz potente del sol le daña los ojos unos segundos, hasta que se fija que la cabaña está rodeada de árboles de todo tipo. Él la lleva hasta un pequeño huerto, en donde solo hay maleza.
—Limpia eso, quita toda la mala hierba y prepara la tierra para plantar flores.
—Muy bien… —ella mira a todos lados y le pregunta con inocencia—. ¿Y las herramientas?
—¿Disculpa? ¿Acaso crees que voy a ponerte las cosas fáciles? Ponte a lo que te mandé ahora mismo.
Ella aprieta las manos, pero solo se gira, se pone de rodillas en uno de los extremos y comienza a quitar la mala hierba. Con sus manos va removiendo la tierra para arrancarla de raíz y pronto se da cuenta de que es casi terapéutico. Magnus se queda observándola unos minutos, hasta que decide dejarla sola, porque si hay algo que le molesta es que esté haciendo aquello bien y sin quejarse.
Con cada hierba que arranca, Daphne siente que está quitándole con sus propias manos cierta parte de la anatomía de Magnus, una que le queda grande para hacerse llamar hombre. Sin embargo, a pesar de que eso la ayuda a quitarse todos esos sentimientos, hay cosas que no puede controlar. El sol cada vez se vuelve más pesado, hasta que no aguanta más y se sienta al pie de un árbol para descansar.
Se mira las manos, las rodillas y todo en ella le duele. El estómago le ruge de hambre y se da cuenta de que hay una deliciosa naranja en el piso. Se apresura a tomarla, le quita la piel y se la come, pero no es suficiente, sin embargo, tiene más árboles de los cuáles servirse. Y se le ocurre una idea.
Cava un hoyo en donde va echando las cáscaras y restos de fruta que se come con la idea de hacer compost, luego entra a la casa y coge el vestido de novia tirado en el baño, lo estruja todo lo que puede y va arrancando partes de él para atarlo, de esa manera se hace una sombra que mueve según se va moviendo por el huerto.
No sabe qué hora es, pero cuando termina, se siente satisfecha, porque tiene toda la hierba en un viejo barril de madera y el huerto está preparado para lo que quiera Magnus. Se come dos manzanas y una pera antes de meterse a la casa, se quita el traje con la seguridad de que nadie la observa y lo sacude todo lo que puede, porque no tiene más que ponerse. Se va al baño y se da una ducha rápida, se viste y lava su ropa interior porque detesta sentirse sucia.
Luego comienza a moverse por el lugar y buscar con qué limpiar.
Está cansada, afuera el sol ya se está perdiendo y se apresura a ordenar todo para encender la chimenea. Sin darse cuenta, termina dormida al lado del fuego débil, con su cabello desparramado por el suelo y con el saco de Magnus como única cobija.
Cuando Magnus llega al anochecer se dedica a ver lo que ha hecho y se sorprende de ver el vestido rasgado para usarlo de sombra. Siente una mezcla de admiración y rabia, pero cuando entra a reclamarle, se la encuentra dormida, acurrucada y se le hace perfecta, pequeña e inocente. Nota que está con su saco, mira todo el lugar y nota que ya no está como ordenó que lo dejaran.
—No es una princesita inútil después de todo… —dice parándose a su lado con sentimientos muy contradictorios—, ya veremos cuánto aguanta en esto.
Se marcha con un gusto agrio, pensó que le rogaría por comida o le suplicaría que la dejara ir, pero en su mente dolida y vengativa quiere creer que Daphne siente remordimientos, por eso no pelea para irse de allí.