Capítulo 4

1045 Words
Caterina El peso del pecado me arrastra a través de las enormes puertas de madera, ricamente talladas, de San Francisco, con sus antiguas bisagras que crujen en protesta. El aire interior es fresco y cargado de incienso, un marcado contraste con el sol abrasador del exterior. Han pasado tres días atroces sin verlo, y cada momento se ha prolongado como una eternidad, como el mismísimo purgatorio. En este limbo tortuoso, el tiempo se arrastra y cada latido resuena de añoranza. Mojo mis dedos en el agua bendita, trazando una cruz que ya no me siento digno de llevar. La iglesia está casi vacía este miércoles por la tarde: solo dos ancianas repasando el rosario en los primeros bancos y un hombre de negocios con la corbata suelta y la cabeza gacha, quizá por la oración o el agotamiento. Perfecto. Anónimo. A salvo. El confesionario espera al fondo como un guardián secreto, su madera oscura reluce bajo las velas votivas parpadeantes. Mis tacones resuenan contra el suelo de mármol al acercarme; cada paso es un latido, cada latido un pecado. Me deslizo al lado del penitente; el cojín de terciopelo está fresco bajo mis muslos. El reclinatorio de madera cruje al apoyarme en él. Exhalo lentamente, esperando que el Padre Donnelly esté de guardia hoy. Es anciano, medio sordo y amable: el sacerdote perfecto para escuchar lo que he venido a decir sin comprenderlo del todo. La mampara se abre y cierro los ojos. ''Bendíceme, Padre, porque he pecado. Han pasado dos semanas desde mi última confesión.'' El silencio que sigue dura apenas unos segundos, pero lo siento en los huesos: una quietud tan particular que me eriza la piel. Entonces, la voz del padre Moretti se oye a través de la celosía, grave y resonante, inconfundible. “Estoy escuchando, hija mía.” Padre Nico. No el Padre Donnelly. Siento un nudo en la garganta como si una mano invisible me la apretara, y me agarro a la estrecha repisa frente a mí para mantener el equilibrio. Mirando a través del intrincado enrejado del confesionario, solo puedo distinguir la silueta de su figura, pero es suficiente para reconocerlo: el ángulo firme de su mandíbula, la amplitud de sus hombros envueltos en la fluida tela negra de su sotana. "He estado..." Trago saliva con fuerza, sintiendo el peso de mi confesión disolverse en el aire como humo. "He estado pensando demasiado en cosas que no debería". Las palabras, antes cuidadosamente practicadas en mi mente, ahora se escapan con un temblor. Oigo su respiración entrecortada, una suave inhalación que indica su atención. El sutil roce de su túnica acompaña el suave movimiento de su cuerpo al acercarse a la reja. El confesionario, envuelto en sombras, resulta reconfortante y opresivo a la vez. —¿Qué cosas? —Su ​​voz se ha reducido a un murmullo apagado, apenas más fuerte que un susurro, pero se siente como un salvavidas en el espacio oscuro y enclaustrado. Mi corazón late contra mis costillas como un prisionero que ruega por su liberación. "Deseos", susurro, rozando con mis labios la rejilla que nos separa. "Pensamientos que me queman por la noche hasta que mis sábanas están empapadas de sudor". El aire entre nosotros se espesa, cargado de incienso y algo más oscuro. Puedo oír cada respiración, un poco trabajosa ahora, el ritmo acompasado con el pulso que late en mi garganta. A través de la celosía, veo su puño apretado a su costado, sus nudillos blancos contra el n***o de su sotana, la tela tensándose sobre sus hombros mientras se acerca. —Estos pensamientos... —empieza, con una voz como terciopelo arrastrado sobre piedra. Hace una pausa. Lo oigo tragar saliva, un sonido íntimo en nuestra oscuridad compartida—. ¿Involucran a otra persona? —Sí. —La palabra escapa de mis labios como una súplica. Queda suspendida entre nosotros, temblando en el espacio sagrado, pesada por el peso de la carne y el contacto prohibido. “¿Alguien… inapropiado?” Su voz se quebra, como una cuerda deshilachada a punto de romperse. —Muy inapropiado, padre. —Mi voz emerge como miel cálida, espesa y dulce, acumulándose en el espacio entre nosotros. Otro silencio se extiende, elástico y peligroso. El tabique de madera parece tan fino como el papel; el aliento del padre Moretti me calienta la mejilla a través del enrejado. Mis dedos recorren el borde del reclinatorio, encontrando una ranura desgastada por innumerables penitentes antes que yo. —Para tu penitencia —dice finalmente, cada palabra medida como pasos sobre hielo fino—, tres avemarías y un examen de conciencia. Concéntrate en la virtud de la templanza. Su sotana cruje al moverse, e imagino que de repente el cuello le aprieta demasiado el cuello. Cierro los ojos y siento un calor que me recorre el pecho. «Sí, padre». Las palabras saben a rendición en mi lengua. “Ve en paz”, murmura suavemente, aunque la paz es lo último que siento mientras hago la señal de la cruz y susurro “Amén”, mi voz apenas audible. Salgo del confesionario con sigilo; la pesada puerta de madera cruje levemente al entrar en el aire fresco y tranquilo de la iglesia. Mis piernas se mueven casi solas, llevándome a un banco vacío donde me arrodillo, sintiendo la madera pulida suave bajo las yemas de mis dedos. Mis labios forman en silencio las palabras familiares del Ave María, pero mi mente permanece atada a él. A nosotros. A la dolorosa imposibilidad de todo. Cuando finalmente me levanto para irme, siento su mirada antes de verlo. De pie en la imponente puerta de la iglesia, medio envuelto en sombras, el padre Nico me observa bajar los desgastados escalones de piedra. Nuestras miradas se cruzan por un instante fugaz, el tiempo suficiente para que ambos reconozcamos en silencio lo que ocurrió en esa cabina oscura y cerrada. Lo que se confesó sin necesidad de palabras. Me doy la vuelta primero, sumergiéndome en el abrazo dorado del sol del atardecer. Sin embargo, siento su mirada fija en mí, siguiendo cada paso por la calle adoquinada. Es un peso tangible entre mis omóplatos: más pesado que la carga de la culpa, pero más dulce que la promesa de la absolución.
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