Capítulo 3

1094 Words
El camino a casa se difumina entre farolas y sombras. Apenas distingo los giros familiares de las calles de Brooklyn, mi mente sigue atrapada en ese trastero con él: cómo su voz se vuelve más grave al decir mi nombre, cómo las luces fluorescentes iluminan los mechones plateados de su cabello oscuro. La casa de piedra rojiza de papá se alza imponente ante mí, con las ventanas brillando ámbar contra el crepúsculo. Aparco al otro lado de la calle, tomándome un momento para recomponerme antes de enfrentarme a mi familia. La casa de los Benetti exige actuaciones de todos, y esta noche necesito ser especialmente convincente. El aroma a ajo y tomate me envuelve al cruzar la puerta principal. Se oyen voces desde el comedor: la voz imponente de barítono de papá, las respuestas más suaves de mamá, la risa ocasional de alguno de mis hermanos. Cuelgo mi abrigo en la entrada, me aliso el pelo y me pellizco las mejillas para darme color. —Ahí está —anuncia mi padre al entrar al comedor—. Nuestra santita, alimentando a los hambrientos. Papá se sienta a la cabecera de la mesa, con una copa de vino tinto en la mano, y sus anillos de oro reflejan la luz de la lámpara de araña de cristal. A sus sesenta y dos años, sigue dominando cada habitación en la que entra, con su cabello canoso peinado hacia atrás y su camisa a medida desabrochada hasta el cuello, dejando al descubierto un crucifijo de oro sobre el vello plateado del pecho. —Perdona, llego tarde, papá. —Me inclino para besarlo en la mejilla, respirando el familiar aroma a colonia cara y humo de cigarro—. La colecta de alimentos se alargó más de lo previsto. —El padre Moretti te hace trabajar demasiado —dice mamá, pasándome un plato de pasta—. Una joven debería tener los sábados por la noche libres. Me sube el calor del cuello al mencionar su nombre. "Es por una buena causa, mamá". "Las buenas causas no te mantienen caliente por las noches", añade Marco con una sonrisa burlona. A sus treinta y cinco años, es la mano derecha de mi padre en todos sus negocios, tanto los legítimos como los de los que nadie habla. —Marco —reprende mamá, santiguándose—. No en la mesa. Me sirvo la pasta en el plato, agradecida por la distracción. El peso de la mano del Padre Moretti en mi espalda persiste como un toque fantasmal. Tomo un sorbo de vino, esperando que el ardor borre el recuerdo. —¿Cómo está el padre Moretti? —pregunta mi padre, con esos ojos oscuros estudiando mi rostro—. ¿Sigue luchando contra la pobreza en nuestro barrio? Algo en su tono me incomoda. En público, Paolo Benetti respeta a la Iglesia —hace donaciones generosas y asiste a misa en los días festivos importantes—, pero en privado, considera la religión simplemente una herramienta. —Está bien —respondo con cautela—. La colecta de alimentos ayudó a más de doscientas familias esta semana. "Admirable", dice, cortando su ternera. "Aunque me pregunto si sabe de dónde viene realmente parte del dinero de esas donaciones". Mis hermanos se ríen. Me quedo mirando mi plato. —Tu padre hizo ayer otra donación sustancial al fondo de construcción de San Francisco —dice mamá con orgullo—. Diez mil dólares. El padre Moretti debe estar muy agradecido. Me da la ironía: dinero manchado de sangre financia las buenas obras de la iglesia. Todos en la mesa saben que la verdadera fortuna proviene de otras fuentes. —Mencionó la donación —miento—. Estaba muy agradecido. —Bien, bien. —Mi padre asiente, satisfecho—. Siempre digo: hay que mantener contentos a los sacerdotes y Dios se hace el de la vista gorda. Más risas alrededor de la mesa. Fuerzo una sonrisa, mastico la pasta, respondo cuando me hablan, todo mientras mi mente regresa a ese almacén, a los ojos azules del padre Moretti, a la electricidad que nos unió. ¿Qué pensaría mi padre si supiera lo que pienso del párroco? ¿El hombre que bendijo nuestras donaciones con las mismas manos que hoy me tocaron la espalda? Después de cenar, ayudo a mamá a recoger la mesa mientras papá y mis hermanos se retiran al estudio a tomar brandy y charlar de negocios. La cocina se siente cálida y perfumada, un refugio de las tensiones del comedor. —Estás tranquila esta noche, cara —dice mamá, dándome un plato para secar. A sus cincuenta y ocho años, sigue siendo hermosa: cabello oscuro teñido con maestría, figura cuidada gracias al ejercicio riguroso y una alimentación cuidadosa—. ¿Está todo bien? —Solo estoy cansada, mamá. —Seco el plato, concentrándome en el movimiento circular de la toalla—. La colecta de alimentos me deja muy cansada. Me observa. «Últimamente hay algo diferente en ti. Un brillo en tus ojos». Su voz se suaviza. «¿Hay alguien especial?». El plato casi se me resbala de las manos. "No, mamá. ¿Quién sería?" ''Tienes veintinueve años, Bella. Es natural querer compañía.'' ''Tengo compañía. Tengo familia, amigos, ¿la iglesia?'' —La Iglesia no es un marido, Caterina. —Sus palabras son suaves pero firmes—. No te dará hijos ni te hará compañía en la vejez. Me late el corazón con la ironía: hablar de matrimonio mientras albergo sentimientos prohibidos por un sacerdote. Cuelgo la toalla, evitando su mirada perspicaz. —Debería irme. Tengo una reunión mañana temprano. Mamá suspira, pero no insiste. "Llévate las sobras. Estás muy delgada". Le doy un beso de buenas noches, me disculpo con papá y me deslizo al aire fresco de la noche. Mi apartamento está a solo quince cuadras, pero esta noche la distancia se siente inmensa. Las calles están tranquilas; la mayoría de las tiendas están cerradas, solo una bodega o un bar iluminan la acera. Camino deprisa, haciendo resonar mis tacones. El barrio ha cambiado: aburguesado en algunos puntos, obstinadamente resistente en otros. San Francisco se alza en su centro, una constante en medio de la fluctuación. Al pasar la iglesia, aminoré el paso. Una sola luz brillaba en la ventana de la rectoría. El padre Moretti estaría allí, quizás leyendo o preparando la homilía de mañana. Solo, como pronto lo estaré yo. Pensarlo me da un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío otoñal. ¿En qué piensa cuando está solo?
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