Capítulo 7

1219 Words
Caterina La lluvia empapa mi abrigo mientras estoy de pie frente a la iglesia de San Francisco; mi reflejo se desvanece en los charcos a mis pies. La iglesia se alza oscura y silenciosa, la misa vespertina hace rato que terminó. Había permanecido sentada durante la misa matutina, observando el rostro del padre Nico mientras pronunciaba su homilía, buscando alguna señal —una mirada más amable, un instante de conexión— pero sus ojos me recorrieron como si fuera un rostro más entre los feligreses. Ninguna ternura, ningún reconocimiento de lo que había sucedido entre nosotros. Ahora he vuelto, impulsado por una desesperación que no puedo nombrar. Al entrar, mis tacones resonaron contra el suelo de mármol, haciendo eco en la nave vacía. Las velas parpadeaban en el altar, proyectando largas sombras que danzaban sobre las estaciones del Vía Crucis. La iglesia olía a incienso y lluvia, a madera antigua y a oraciones susurradas. Lo diviso cerca de la sacristía; sus anchos hombros se recortan contra el vitral. Se gira al oír que me acerco, y la sorpresa se refleja en su rostro antes de disimularla con una preocupación propia de un sacerdote. —Caterina —dice, pronunciando mi nombre con cuidado—. Estás empapada. —Necesito confesarme —digo, mientras el agua gotea de mi pelo al suelo—. Por favor. Su vacilación es breve pero inconfundible. "Por supuesto." Me conduce al confesionario, con pasos medidos y deliberados, como si se adentrara en algo que sabía que no debía. Me deslizo a mi lado, sintiendo la frescura del banco de madera bajo mi vestido mojado. La celosía tallada que nos separa transforma su rostro en fragmentos de sombra y luz. Lo oigo acomodarse al otro lado, el roce de su ropa, el suave suspiro de su aliento. El silencio se extiende entre nosotros, pesado por todo lo que he venido a decirle. —Perdóname, padre, porque he pecado —susurro finalmente, con las palabras familiares sonándome extrañas en la lengua—. Ha pasado una semana desde mi última confesión. —¿Qué te preocupa, hijo mío? —Su ​​voz es diferente ahora: formal, distante, la voz del padre Moretti, no la de Nico. Cierro los ojos, la lluvia me resbala por el cuello como lágrimas. «Me están imponiendo decisiones», digo. «Anoche supe que me voy a casar. Dentro de seis semanas». —El matrimonio es un sacramento bendito —responde, aunque algo en su tono titubea. —Este no. —Mis dedos recorren la celosía de madera que nos separa—. Mi padre lo arregló con la familia Romano. Me voy a casar con Anthony. Su respiración agitada me indica que conoce el nombre, que sabe lo que significa en nuestro mundo. La reputación de los Romano trasciende los muros cerrados del confesionario. —Ya veo —dice con cautela—. ¿Y esto te preocupa porque...? "Porque nunca lo amaré." Mi voz se quiebra. "No puedo amarlo cuando ya he conocido al hombre que se ha ganado mi corazón." El confesionario de repente se siente sofocante, demasiado pequeño para contener el peso de mi confesión. A través de la reja, veo al padre Nico inclinarse hacia adelante, su rostro ahora más cerca, sus ojos escudriñando los míos en la penumbra. —Caterina —dice, usando mi nombre como advertencia, como una súplica—. Debes confiar en el plan de Dios para ti. Estos sentimientos... tal vez pasen. La oración y la reflexión te guiarán hacia la aceptación. Pero hay algo más en su voz: un temblor, una vacilación que delata sus palabras. Sus dedos se aferran al borde del tabique, con los nudillos blancos de tensión. —¿También te confundirán con ellos? —pregunto, más osada ahora que ya no tengo nada que perder—. ¿Estos sentimientos? —Esto no va de mí —insiste, pero su mirada se posa en mi mano, que descansa sobre la celosía, a escasos centímetros de la suya—. No puedo oír esto. No como tu confesor, no como… —Solo necesito decirlo una vez —interrumpo, acercándome hasta que mi frente casi toca el biombo de madera que nos separa—. Solo una vez, y luego te dejaré en paz. Me casaré con Anthony y desapareceré de tu vida si eso es lo que quieres. Su respiración se acelera, visible en el ascenso y descenso de su pecho. "Caterina, por favor..." «Te amo». Las palabras flotan en el aire entre nosotros, irrevocables. «Rezo cada noche para que Dios te guíe hacia mí. Para que nos muestre a ambos un camino». Nuestros dedos se rozan a través de la celosía, un contacto apenas perceptible, eléctrico y prohibido. Su mano tiembla contra la mía. —No puedes decir estas cosas —susurra, pero no se aparta—. Soy sacerdote. He hecho votos. «Y estoy a punto de jurarle matrimonio a un hombre que me aterroriza», digo, con la verdad quemándome en la garganta. «Un hombre cuyo negocio es la violencia y cuyo tacto me eriza la piel. ¿Es ese el plan de Dios para mí?» El padre Nico cierra los ojos, con el dolor grabado en su rostro. Cuando los vuelve a abrir, algo ha cambiado en sus profundidades azules: su resolución se desmorona. —Esta confesión no puede traer absolución —dice con voz ronca—. Lo que preguntas... lo que sientes... —No te pido nada —digo, aunque ambos sabemos que es mentira—. Solo necesitaba que lo supieras antes de casarme. Antes de que seas tú quien bendiga una unión que me destruirá. Sus dedos se enroscan entre los míos a través de la celosía, un gesto tan íntimo que me deja sin aliento. Por un instante suspendido, permanecemos así: conectados pero separados, el deseo y el deber en guerra en el espacio sagrado que nos separa. Luego retira la mano como si se hubiera quemado, levantándose bruscamente. El movimiento repentino hace crujir el confesionario. —Vete a casa, Caterina —dice con voz tensa—. Reza para tener claridad. Para tener fuerza. "¿Y por qué orarás, padre?", pregunto. No responde, pero la mirada en sus ojos antes de darse la vuelta me dice todo lo que necesito saber. Esto no ha terminado. Lo que sea que exista entre nosotros —esta cosa imposible y prohibida— tiene raíces demasiado profundas como para simplemente alejarme. Salgo del confesionario a la iglesia vacía, con la ropa mojada pegada a la piel, pero me siento diferente: más ligera, como si decir la verdad me hubiera quitado un peso invisible de encima. Afuera, la lluvia ha parado, dejando el mundo limpio y reluciente bajo las farolas. Seis semanas para convertirme en la señora Anthony Romano. Seis semanas para encontrar una salida a una situación imposible. Al volver la vista hacia la iglesia, veo al padre Nico de pie en los escalones, observándome. Incluso desde esta distancia, puedo sentir el conflicto que emana de él: el sacerdote y el hombre en guerra dentro de la misma alma. Levanto la mano en un leve gesto antes de darme la vuelta. Esta noche he sembrado una semilla de verdad entre nosotros. Ahora veremos qué brota de ella: salvación o pecado, ya no sé distinguirlas.
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