Capítulo 8

1464 Words
Nico La veo alejarse; los charcos reflejan su silueta mientras desaparece en la noche. El cuello de mi camisa me aprieta demasiado, asfixiándome con el peso de mis votos. Me quedo paralizado en los escalones de la iglesia mucho después de que Caterina haya desaparecido de mi vista; el aire fresco de la noche no logra extinguir el fuego que arde en mi interior. Eso fue hace dos semanas. Ahora, camino por las calles de Brooklyn con un vacío en el pecho que ni la oración puede llenar. Hoy la veo al otro lado de la calle; su cabello oscuro brilla bajo el sol de la tarde. El corazón me da un vuelco antes de que pueda recordarle lo que debe hacer. Levanto la mano, un gesto tímido de saludo, pero los ojos de Caterina se abren de par en par al reconocerla antes de que, de repente, entre en una boutique y desaparezca tras los expositores de vestidos carísimos. Vestidos que quizá esté considerando para una boda que no puedo ni imaginar. El rechazo duele más de lo que debería. Más de lo que tiene derecho a doler. La misa del domingo se convierte en un ejercicio de autocontrol. Busco su rostro entre la congregación y la encuentro sentada junto a su madre en la tercera fila. Cuando nuestras miradas se cruzan durante la homilía, desvía la vista, con una expresión cuidadosamente impasible. Más tarde, cuando Maria Benetti se acerca acompañada de Caterina, le extiendo la mano para saludarla. —Padre Moretti —dice María con afecto—, su sermón sobre la fidelidad era justo lo que mi hija necesitaba escuchar antes de su boda. Caterina permanece de pie junto a su madre, con la mirada baja. —Sí. Muy perspicaz, padre. Su voz es cortante, formal. La mujer apasionada que se sentaba frente a mí en el confesionario ha desaparecido, reemplazada por esta desconocida distante que apenas puede mirarme. —Caterina —digo, incapaz de contenerme, con la voz quebrada al pronunciar su nombre—. ¿Vas a ayudar con la colecta de alimentos este fin de semana? La hermana Agnes comentó que no te ha visto en semanas. —He retirado mi nombre de la lista —responde, sin mirarme a los ojos, mientras sus dedos delgados retuercen el crucifijo de oro que lleva al cuello hasta que la cadena deja una fina marca roja—. Los preparativos de mi boda me ocupan mucho tiempo ahora. Su madre sonríe radiante, ajena a la tensión que se percibe entre nosotros, con las uñas lacadas apoyadas posesivamente en el hombro de Caterina. «La familia Romano espera que todo sea perfecto. Ya lo entiende, padre». Asiento con la cabeza, aunque lo que realmente siento es que no lo entiendo. El cuello de mi camisa parece apretarse, la tira blanca presionando mi garganta como una herida sin sangre. «Por supuesto. Que Dios bendiga sus preparativos». Las palabras me saben a ceniza en la boca. Pasan los días. Reviso obsesivamente la lista de voluntarios, con la esperanza de volver a ver su nombre. Me doy cuenta de que ahora solo asiste a las misas que celebra el padre Donnelly, el sacerdote anciano que oficia las misas de la mañana. Se está alejando sistemáticamente de mi vida, una ausencia deliberada a la vez. Y cuanto más se aleja, más anhelo su presencia. Las noches comienzan a atormentarme. Permanezco despierto en mi austera habitación de la rectoría, las sombras se extienden por las paredes, iluminadas por el tenue resplandor de la luna. Mi mirada se fija en el crucifijo que cuelga solemnemente sobre mí, mientras la vergüenza y el deseo libran una batalla interminable en mi interior. Los votos que una vez abracé como fuente de consuelo ahora se sienten como pesadas cadenas, que me atan a un camino que cuestiono. El recuerdo de la confesión de Caterina persiste como un fantasma: su voz tan vulnerable, un temblor que me estremeció el alma, y ​​el roce fugaz de sus dedos a través de la celosía del confesionario, que me hizo estremecer. —Perdóname —murmuro en la oscuridad, mi voz apenas un susurro mientras mi mano se aventura bajo las sábanas, mis dedos se enroscan alrededor de mi creciente deseo. Cierro los ojos, dejando que la imagen de Caterina florezca tras mis párpados: su cabello empapado por la lluvia cae en cascada alrededor de su delicado rostro, enmarcando esos cautivadores ojos color avellana que me miran con una intensidad de anhelo que atraviesa mis defensas. Aprieto con más fuerza, acariciando con un ritmo que refleja los latidos de mi corazón, cada movimiento me acerca más al límite. Mi cuerpo reacciona con una necesidad tan primitiva, tan cruda, que me aterra hasta la médula, la sensación crece hasta exigir liberación en una pulsación de placer abrumador. En esos instantes, imagino la sensación eléctrica de su piel bajo mis dedos, suave y tentadora. Visualizo el peso embriagador de su cuerpo contra el mío y el sabor de sus labios al fundirse con los míos. Mis fantasías, aún sin la verdadera intimidad, son una potente mezcla de inocencia y deseo crudo, forjadas con fragmentos de anhelo y un pesado manto de culpa. Después, la vergüenza es abrumadora. Me desplomo junto a la cama, con la frente apoyada en las manos entrelazadas, consumido por el fervor de mi propia creación. “Muéstrame el camino”, le suplico a Dios. “Si esto es una prueba, dame la fuerza para superarla. Si es otra cosa… dame una señal”. A la mañana siguiente, abro mi breviario y encuentro la página marcada con una famosa cita de Santa Catalina de Siena: «El corazón humano se siente atraído por el amor». Me tiemblan los dedos al trazar el nombre tan parecido al suyo. «Casualidad», me digo. Pero entonces la veo por todas partes: en las hojas de avellano que flotan junto a los escalones de la iglesia, en el libro de poesía italiana que alguien ha dejado en la biblioteca parroquial, en el delicado aroma a jazmín que impregna el confesionario donde una vez se sentó. ¿Son estas mis señales? ¿O la imaginación desesperada de un hombre que pierde el control de su vocación? El padre Michael, un sacerdote mayor recientemente asignado a la parroquia, nota mi distracción durante las oraciones matutinas. "¿Te preocupa algo, padre Nico?" “Simplemente... reflexionando sobre la naturaleza de nuestra vocación”, respondo con cautela. “Los sacrificios que hacemos”. Él asiente con sabiduría. “El sacerdocio no es para todos. Dios nos llama a diferentes caminos, a veces cuando menos lo esperamos”. Sus palabras me persiguen todo el día. Caminos distintos. ¿Será esto una señal divina? ¿O la tentación más antigua del mundo, disfrazada con la inocencia de una mujer que merece algo mejor que las dos vidas que se le ofrecen? Faltan menos de dos semanas para su boda. Cada día sin su conversación, sin su dulce presencia en la iglesia, sin su labor de voluntaria... cada ausencia me deja un vacío más profundo en el pecho. Me encuentro caminando frente a su edificio en mis carreras nocturnas, disminuyendo el paso al pasar, con la esperanza de verla fugazmente por las ventanas. La intensidad de mi añoranza me aterra. Esta noche sueño con ella vestida de blanco; no con un vestido de novia, sino con un sencillo vestido de lino que se ciñe a sus curvas antes de ondear hasta sus tobillos. La brisa marina agita mechones de su cabello oscuro mientras está descalza en una ladera soleada con vistas al Mediterráneo. El aroma del tomillo silvestre y su piel se mezclan en el aire entre nosotros. En el sueño, mi cuello está al descubierto, mis hombros libres. Soy simplemente un hombre abrazando a la mujer que ama. Mis dedos rozan su espalda baja mientras la atraigo hacia mí; su pulso palpita bajo mis labios mientras recorro con la mirada el contorno de su cuello. Me despierto con lágrimas en la cara, las sábanas empapadas de sudor y su nombre —Caterina— una plegaria susurrada en mi lengua. Esto no puede continuar. Por el bien de ambos, debo encontrar la fuerza para cumplir mis votos al pie de la letra o... La alternativa sigue siendo impensable, una puerta a la que no me atrevo a acercarme, aunque mi mano tiembla contra el pomo. Y sin embargo, al levantarme para afrontar otro día sin ella, con el aroma de su perfume aún presente, me pregunto si la verdadera prueba de Dios no reside en mi capacidad para resistir la suavidad de su piel, sino en mi valentía para reconocer el amor cuando Él lo pone, cálido y palpitante, ante mí.
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