Capítulo 9

1703 Words
Caterina Me quedo mirando mi reflejo en el espejo de tres caras de la boutique, apenas reconociendo a la mujer envuelta en seda color marfil y encaje de Alençon. El vestido cuesta más que el coche de la mayoría de la gente: un regalo de la madre de Anthony, que insistió en que fuera de Vera Wang. El corpiño me ciñe la cintura dolorosamente, y el escote corazón deja al descubierto más piel de la que me resulta cómoda. Pero Carmen Romano asintió con aprobación, y sus labios carmesí se curvaron en una sonrisa que nunca llegó a sus ojos. —Perfecto —había declarado—. Anthony estará encantado. Presiono las yemas de los dedos contra el frío cristal ahora, sola en mi habitación tras la última prueba. Una semana. Siete días para convertirme en la señora Anthony Romano. El solo pensarlo me revuelve el estómago. Mi teléfono vibra en la mesita de noche; es Anthony otra vez. La tercera vez esta noche. Dejo que suene. La lluvia repiquetea contra mi ventana, un suave contrapunto a la tormenta que ruge en mi interior. Me abrazo las rodillas contra el pecho, como si pudiera contener físicamente lo que se desmorona dentro de mí. Ayer, Anthony apareció sin avisar y me sorprendió cuando volvía de correr. Me acorraló contra la pared del pasillo, y su colonia era sofocante mientras me besaba el cuello. —Pronto —murmuró, clavando los dedos en mi cadera—, serás completamente mía. Me quedé paralizada, con la piel de gallina mientras su mano descendía. Cuando por fin se fue, me restregué la piel hasta hacerme sangre en la ducha, pero no pude quitarme de la cabeza la sensación de estar marcada, de ser reclamada. Miro el reloj: 11:38 p. m. Sin pensarlo, agarro las llaves y una chaqueta ligera. Salgo del edificio, agradecida de que Anthony siga de viaje de negocios en Los Ángeles y no esté merodeando. Las calles brillan por la lluvia, el aire está impregnado del olor a asfalto mojado y basura a lo lejos. Camino rápido, con decisión, apenas sintiendo las gotas que empapan mi fina chaqueta. La iglesia se alza imponente ante mí, sus vidrieras oscuras salvo por el suave resplandor ámbar del santuario. Sé que estará allí. El padre Nico —mi Nico— siempre pasa las tardes de los viernes en oración antes de preparar la homilía del sábado. La pesada puerta de madera cruje al empujarla. El aroma familiar de las velas de cera de abeja y el incienso me envuelve, pero esta noche no me ofrece consuelo. Camino en silencio por el pasillo central, con el agua goteando de mi cabello sobre la alfombra desgastada. Lo encuentro en la sacristía, preparando las vestiduras para la misa de mañana. Su ancha espalda está de frente a mí, con los hombros tensos bajo la camisa negra. El cuello blanco brilla a la luz de las velas. —Caterina —dice mi nombre sin volverse, como si hubiera presentido mi presencia. Cuando por fin me mira, sus ojos azules se abren de par en par al verme tan desaliñada—. Estás empapada. ¿Qué haces aquí tan tarde? —¿Qué aspecto tiene? —Mi voz se quiebra—. Me estoy desmoronando. Toma un paño de lino limpio y se acerca a mí. —Toma, déjame... —No. —Dejo un paso atrás y me abrazo a mí misma—. No finjas que te importa ahora. Su mano cae a su lado. —Claro que me importa. Siempre me ha importado… —No —la palabra brotó de mí, más brusca de lo que pretendía—. Si te importara, habrías hecho algo. Habrías dicho algo. En vez de eso, te escondes tras tu cuello mientras me venden como a una novia medieval. Nico aprieta la mandíbula. —Eso no es justo. ¿Sabes cuál es mi postura?— —¿Tu postura? —Me río, pero la risa suena frágil en el espacio sagrado—. Tu postura es una elección, Nico. Una elección que haces cada día. —No es tan sencillo —dijo, pasándose una mano por el pelo canoso—. Mis votos... —Tus votos. —Me acerco lo suficiente como para percibir el aroma a sándalo en su piel—. ¿Y qué hay de los votos que estoy a punto de pronunciar? ¿Con un hombre que me ve como una posesión? ¿Que no aceptará un no por respuesta en cuanto me ponga el anillo? Un destello sombrío cruza el rostro de Nico. —¿Te ha hecho daño? —No de una forma que deje moretones —dije en un susurro—. Pero lo hará. Todo el mundo sabe quién es, a qué se dedica su familia. Nico se acerca a la mesa y se aferra al borde con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos. —Tu padre aprobó el encuentro. ¿Y las familias?... “¡Deja de esconderte tras excusas!” Las lágrimas brotan ahora, ardientes e imparables. “Tras Dios, tras mi padre, tras tu cuello. Eres un cobarde, Nico Moretti.” Se gira, con los ojos centelleando. —¿Crees que esto es fácil para mí? ¿Verte con él? ¿Saber lo que se avecina? “¡Pues para ya!” Le estampé la palma de la mano en el pecho. “¡Haz algo! ¡Lucha por mí! ¡Por nosotros!” —¡No existe un nosotros, Caterina! —Su voz se alza, haciendo eco en los muros de piedra—. ¡No puede existir! —Porque no me lo permites —siseo, empujándolo de nuevo—. Porque tienes demasiado miedo de admitir lo que sientes cuando me miras. Su respiración se acelera. —No sabes lo que estás pidiendo. —Sé perfectamente lo que te pido —digo, acercándome y alzando la mirada hacia la suya—. Te pido que seas sincero. Solo una vez. Dime que no piensas en mí. Dime que no me deseas. —Caterina. —Mi nombre es una advertencia en sus labios. —Dime —presiono la palma de mi mano contra su pecho, sintiendo cómo su corazón late con fuerza bajo la tela negra— que no me amas. Algo se quiebra en su interior. Sus ojos se oscurecen, sus pupilas se dilatan mientras pierde el control. En un movimiento fluido, me agarra las muñecas y me hace girar hasta que mi espalda choca contra la pared de la sacristía. El impacto me deja sin aliento. —¿Es esto lo que quieres? —Su ​​voz es áspera, irreconocible—. ¿Hacerme romper todos los votos que he hecho? ¿Destruir todo lo que he construido? Sostengo su mirada sin pestañear. “Quiero la verdad.” —¿La verdad? —Se acerca más, su aliento caliente contra mi mejilla—. La verdad es que he pasado semanas sufriendo. La verdad es que no puedo dormir sin ver tu rostro. La verdad es que le he rogado a Dios que me quite estos sentimientos, y en vez de eso, se hacen más fuertes cada día. Su confesión queda suspendida en el aire entre nosotros, la última barrera se derrumba. —Nico —susurro su nombre, extendiendo la mano para tocar su rostro. Cuando nuestros labios se encuentran, es como una chispa que enciende gasolina. Su boca reclama la mía con una sed desesperada, meses de contención se evaporan en un instante. Jadeo cuando me presiona con más fuerza contra la pared, sus grandes manos se deslizan por mis costados hasta sujetar mis caderas. El beso se intensifica, se torna salvaje por la necesidad. Mis dedos juguetean con los botones de la camisa de Nico mientras su boca recorre mi cuello con una lluvia de fuego. El cuello blanco roza mi piel, un recordatorio de lo que estamos profanando, haciéndolo aún más embriagador. Detrás de nosotros, las velas del santuario parpadean, proyectando nuestras sombras ondulantes sobre las antiguas piedras. Las manos de Nico se deslizan bajo mi falda, sus dedos callosos recorren la piel sensible de mis muslos. Me arqueo contra él, sintiendo la dura evidencia de su deseo contra mí. —Nico —jadeo, pero no es su título lo que sale de mis labios. Es su nombre, gemido con un deseo tan desnudo que parece resonar en el espacio sagrado. Se queda paralizado, la realidad le golpea de nuevo. Sus ojos se aclaran, el horror reemplaza al deseo mientras mira sus manos sobre mi piel desnuda, mis labios hinchados y mi ropa desaliñada. —¡Dios mío! —susurra, tambaleándose hacia atrás—. ¿Qué he hecho? La pérdida de su calor me produce dolor físico. Intento alcanzarlo, pero él se aparta, negando con la cabeza. —Esto no puede estar pasando —dice con la voz quebrada—. No puedo... ¿no podemos...? —Nico, por favor —digo, dando un paso hacia él, pero él levanta la mano. —No. —La palabra es definitiva, devastadora—. Esto fue un error. Un terrible error. La vergüenza y el rechazo me invaden. Me aliso la ropa con manos temblorosas, la dignidad hecha jirones. «Un error», repito, con la palabra amarga en la lengua. «Claro. Qué conveniente que recuerdes tus votos ahora». “Caterina—” —Guárdelo para la confesión, padre —escupí el título como una maldición—. Seguro que Dios lo perdonará. Siempre lo hace, ¿no? Mientras tanto, yo tengo que vivir con las consecuencias. Me doy la vuelta para irme, pero me agarra del brazo. —Espera. Tenemos que hablar de esto. De tu boda— —No hay nada de qué hablar —digo, soltándome de su agarre—. Ya has tomado tu decisión. Ahora tomaré la mía. El camino a casa es un borrón entre lágrimas y lluvia. Cada paso alejándome de la iglesia se siente como avanzar entre melaza; mi cuerpo se resiste físicamente a la separación. Pero con cada obstáculo, una nueva determinación se afianza en mi interior. Si Nico no lucha por mí, tendré que salvarme yo misma.
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