Caterina
Me aliso el vestido mientras el taxi se detiene frente a la casa de mis padres. Las cenas de los sábados en casa de los Benetti son rituales obligatorios e incuestionables. Sin embargo, esta noche mi mente está en otra parte, aún atrapada en aquel momento en la iglesia cuando los dedos del padre Nico rodearon mis muñecas, su tacto quemándome la piel como una marca.
—Llegas tarde, Caterina —dice mamá cuando entro por la puerta, su mirada crítica recorre mi sencillo vestido n***o y mi maquillaje mínimo—. Te dije que a las seis en punto.
“Tráfico”, miento, cuando la verdad es que pasé cuarenta minutos más intentando verme guapa sin esfuerzo, como si el tono adecuado de pintalabios pudiera borrar el recuerdo de que me mandaran lejos como a una niña regañada.
La casa huele a ajo y albahaca, a salsa de tomate que se reduce a fuego lento desde hace horas; los aromas de mi infancia, de seguridad. Pero esta noche se me revuelven en el estómago, provocándome náuseas. ¿Cómo lo miraré mañana en misa? ¿Evitará su mirada la mía al colocarme la hostia en la lengua? El solo pensarlo me produce un escalofrío inapropiado.
—Tu padre tiene invitados —dice mamá, acomodándome el pelo con dedos expertos—. Ve a refrescarte. Usa el Dior que te compré, no ese perfume de farmacia.
Asiento obedientemente mientras subo las escaleras hacia mi antigua habitación, conservada como una pieza de museo de mi adolescencia. La cruz sobre mi cama parece observarme acusadoramente mientras me aplico el perfume caro en los puntos de pulso, las mismas muñecas que él sostuvo.
Al bajar, oigo voces masculinas que provienen del estudio de papá: tonos graves y serios que se silencian al instante en cuanto mis tacones resuenan contra el mármol del vestíbulo. Los socios de papá saben que es mejor no hablar con libertad delante de las mujeres de la casa. Es una cortesía, dice siempre papá. Una protección.
Estaba a punto de girarme hacia la cocina cuando oí mi nombre.
—Caterina es una buena chica —dijo mi padre con esa cadencia tan particular que usa para negociar—. Educada. Respetuosa. Será una excelente esposa.
Me quedo paralizado, con una mano agarrada a la barandilla. ¿Esposa?
—Anthony siempre la ha admirado —responde una voz que reconozco como la de Leonardo Romano, el patriarca de la familia de Staten Island—. Desde que eran niños en las fiestas de Navidad.
Se me hiela la sangre. Anthony Romano, con sus trajes demasiado ajustados y sus manos que se demoran demasiado al besarme las mejillas al saludarme. El hombre que una vez me acorraló en la boda de mi prima, con el aliento a whisky mientras me contaba todo lo que me haría cuando estuviéramos a solas.
“La semana anterior al Día de Acción de Gracias sería perfecta”, continúa Leonardo. “La familia estará en la ciudad para las fiestas”.
—Seis semanas para planificar es poco tiempo —responde mi padre—. María querrá más tiempo.
—El tiempo no es un lujo que nos podamos permitir, Paolo —dijo Leonardo con voz más firme—. Los Gambino están haciendo movimientos en Red Hook. Esta alianza consolida nuestros territorios. Es toda una declaración de intenciones.
“¿Y el negocio de las importaciones?”
“Sus barcos, nuestra red de distribución. Limpio. Irrastreable. Los federales no sabrán ni dónde está la cabeza.”
Me tiemblan las piernas al bajar los escalones, incapaz de mantenerme en pie. Seis semanas. Me venden como si fuera un terreno, una fusión de bienes. Una transacción comercial envuelta en encaje blanco y sellada con un beso.
“Lo anunciaremos el próximo fin de semana”, declara papá. “En la gala benéfica. Que sea oficial”.
El tintineo de las copas resuena: un brindis por mi futuro, decidido sin que me dirigieran una sola palabra. Me tapo la boca con la mano para ahogar el sonido que intenta escapar de mi garganta. No es un grito, no es un sollozo, sino algo peor: un gemido de derrota.
Porque siempre ha sido así. Las hijas de hombres como Paolo Benetti no tenemos opciones. Nos tocan deberes, expectativas y sacrificios por el bien de la familia. He visto a mis primos, a mis amigos de la infancia, todos emparejados para fortalecer alianzas y expandir sus territorios. ¿Por qué pensé que yo sería diferente?
Me levanto con piernas temblorosas y me obligo a caminar hasta el comedor, donde mamá arregla flores en un jarrón de cristal, tarareando suavemente para sí misma. ¿Lo sabe? La forma en que evita mi mirada sugiere que sí.
—Mamá —susurro, pero ella sacude levemente la cabeza, en señal de advertencia.
“Ahora no, Caterina. Ve a ayudar a Greta con los antipasti.”
Me dirijo mecánicamente hacia la cocina, con la mente a mil por hora. Anthony Romano. El hombre que compartirá mi cama, será el padre de mis hijos, dueño de mi cuerpo y de mi futuro. Un hombre cuyos negocios implican asuntos que he evitado cuidadosamente conocer, cuyas manos seguramente han hecho cosas que no puedo ni imaginar.
Y el padre Nico —ese pensamiento prohibido que no logro desterrar— estará en el altar bendiciendo nuestra unión, sus ojos azules observando cómo me entregan a otro hombre. La ironía más cruel.
La cena transcurre como una obra de teatro en la que he olvidado mi texto. Papá y Leonardo salen del estudio, sonrientes y efusivos, entre palmadas en la espalda. Menos mal que Anthony no está con ellos esta noche. Sirvo vino con manos temblorosas, a punto de derramar Barolo sobre el costoso traje de Leonardo. Su mirada se detiene en mi pecho mientras me da las gracias.
—Tu hija es aún más hermosa de lo que recordaba, Paolo —dice, alzando su copa hacia mí—. Anthony es un hombre afortunado.
Mi padre irradia orgullo mientras mi madre me aprieta la rodilla bajo la mesa, una orden silenciosa para que sonría, para que cumpla con mi papel. Lo hago, con las mejillas doloridas por el esfuerzo.
“¡Por la familia!”, brinda Leonardo.
“A la familia”, corean todos.
Doy un sorbo a mi vino e imagino la copa rompiéndose en mi mano, la sangre y el Barolo mezclándose sobre el mantel impoluto. Pero no me muevo. Me educaron mejor que eso.
La conversación fluye a mi alrededor: negocios disfrazados de charla trivial, amenazas veladas como cumplidos. Picoteo mi ossobuco; cada bocado sabe a ceniza. Seis semanas de libertad antes de convertirme en la señora de Anthony Romano. Antes de quedar atrapada en una vida que nunca elegí, con un hombre al que temo más de lo que puedo admitir.
Y lo único en lo que puedo pensar es en el rostro del padre Nico a la luz de las velas, en cómo se oscurecieron sus ojos cuando me miró, en cómo por un instante, sin aliento, pensé que tal vez...
—Caterina te preparará un tiramisú —anuncia mi madre, interrumpiendo mis pensamientos—. Es su especialidad.
—Sería un honor —dice Leonardo, palmeándose el estómago—. Aunque debería cuidar mi figura. A diferencia de tu padre, no tengo la disciplina para salir a correr por las mañanas.
Me excuso y voy a la cocina, agradecida por el respiro momentáneo. Mientras preparo capas de mascarpone y bizcochos de soletilla empapados en café, me doy cuenta de que me han dejado de temblar las manos. El entumecimiento empieza a apoderarse de mí: la misma indiferencia que he cultivado durante años siendo la hija perfecta de los Benetti.
Más tarde, mientras Leonardo me besa las mejillas para despedirse, con sus labios demasiado cerca de la comisura de mis labios, susurra: “Anthony está deseando verte en la gala. Tiene una sorpresa para ti”.
Ya sé cuál será la sorpresa. Un anillo de diamantes, probablemente ostentoso, sin duda caro. Una hermosa jaula a juego con mi vida de lujo.
“¡Qué maravilla!”, logro responder.
Después de que se marcha, papá me lleva a su estudio, rodeándome los hombros con su brazo. «Me has llenado de orgullo, Caterina», dice, sirviéndose otro whisky. «Esta alianza con los Romano es importante para el futuro de nuestra familia».
Lo miro —lo miro de verdad— por primera vez en años. Las canas en sus sienes, las arrugas alrededor de sus ojos, la forma en que su traje oculta la pistola que sé que lleva enfundada al costado. Mi padre, quien me enseñó a andar en bicicleta y revisaba debajo de mi cama en busca de monstruos, ahora me entrega a un monstruo de otra índole.
“¿Tengo otra opción, papá?”, pregunto, y las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas.
Su expresión se suaviza, pero su mirada permanece dura. —Todos tenemos nuestros deberes, Cat. Nuestras responsabilidades. Esta es la tuya.
Asiento con la cabeza, porque ¿qué más puedo hacer? En nuestro mundo, la familia es lo primero. Siempre.
Esa noche, de vuelta en mi apartamento, me quedo frente al espejo del baño, estudiando mi reflejo. El mismo rostro del que el padre Nico no podía apartar la mirada. El cuerpo que pronto pertenecerá a Anthony Romano. Me toco las muñecas donde habían estado los dedos de Nico, recordando la electricidad de aquel roce.
Dentro de seis semanas, caminaré hacia el altar en la iglesia de San Francisco. El padre Nico oficiará mi boda con otro hombre; con voz firme me preguntará si acepto a Anthony como mi legítimo esposo. Y diré que sí, porque eso es lo que hacen las buenas hijas.
A menos que...
El pensamiento se gesta lenta y peligrosamente en mi mente. Un pensamiento desesperado e imposible que debería desterrar de inmediato. Pero en vez de eso, lo aferro, alimentándolo como una pequeña llama en la oscuridad.
Mañana es domingo. Iré a confesarme. Y por mi propia salud mental, le diré al padre Nico Moretti toda la verdad.