Charlotte
Al llegar a la mansión, un guardaespaldas me ayuda a bajar del taxi y protegerme de la lluvia, llevándome hacia el interior.
No lo hace porque sea amable, es por control, para que no salga corriendo como tantas veces he intentado hacer.
Solamente que no se dan cuenta de que ya ni siquiera tengo fuerzas para huir. ¿A dónde iría?
Al llegar al salón me encuentro con ese mismo hombre, Jackson.
—Llegas tarde— dice esa voz dura que antes me hacía temblar de miedo.
—El clima empeoró en el camino. Sabes como son las calles de Londres a esta hora y con lluvia— digo con calma, con todas las emociones controladas.
Jackson frunce el ceño ante mi respuesta.
—Claro. Entonces, no tomaste otra ruta— afirma. Suelto un suspiro largo.
—No.
—Fui por ti a la empresa, te vi correr hacia el taxi. Parece que tomaste la ruta más larga para regresar—dice de manera provocativa. Es evidente que me siguió y en algún momento, regresó a la mansión para tenderme esta trampa.
—Quería ver a mis padres.
—Cierto, es su aniversario. Aunque el único aniversario que debes de recordar hoy es el nuestro— dice con una pizca de burla.
Lo observo con calma, sin contestar. No gano nada respondiendo a sus duras palabras.
—Vamos a celebrar— dice al mismo tiempo que se levanta y estira su mano hacia mí.
Lo observo con una calma que no creí lograr nunca.
“¿Celebrar? No hay nada digno de celebración porque sea su amante”, me digo internamente.
Parece que mi silencio y el tardarme en tomar su mano lo molestan porque con enojo se acerca más a mí y tira de mi brazo llevarme al otro lado de la casa.
La escena de hace cuatro años se superpone con la imagen de la cena de hoy. Las mismas rosas, la misma forma de las velas, la comida…
Claro, excepto nosotros. Ya no somos los mismos.
Ya no soy la chica locamente enamorada, ni él, el chico enamorado, dulce y amable.
Solamente somos dos extraños compartiendo una cama.
Incluso soy una extraña para mí misma. No puedo encontrar casi nada de lo que creí que era.
Me siento en mi lugar y Jackson frente a mí, observándome fijamente. Parece que está esperando algo. No sé qué es, y tampoco tengo interés en descubrirlo.
—Estás muy silenciosa, paloma— dice con severidad.
Levanto mi mirada hacia él.
—Pensé que estarías tan emocionada por esta cena. Traje tus rosas favoritas, el vino es de tu gusto, incluso la comida. ¿No estás satisfecha? — pregunta con un poco de impaciencia.
—Lo estoy. Gracias por esto.
Jackson comienza a irritarse. Puedo notarlo en su mirada y la mueca que hace.
—Has cambiado— dice mientras toma un trago de vino.
—Sigo siendo la misma— respondo.
Él bufa con molestia y se levanta con rapidez de su asiento.
—Parece que ya nada te sorprende, paloma. Ya no eres tan divertida.
Una parte de mí le quiere responder que mi vida, que yo no quiero ser su chiste personal nunca más. Pero si lo hago, las consecuencias serían desastrosas. Así que opto por quedarme callada.
En ese momento, su asistente entra a la habitación y le entrega algo.
Jackson camina hacia mí y estira su mano, colocando junto a mi plato una pequeña caja roja. Al igual que ese año.
—Es un pequeño regalo para ti. Tiene algunos detalles, ya sabes, es especial— terminando de hablar, camina hacia su lugar.
Abro la caja y me encuentro con un anillo de oro blanco con incrustaciones de zafiros. Es precioso.
—Son azules como tus ojos— dice con esa dulzura que, por un momento, pienso que es genuina. Pero nada de él es verdad.
—Gracias— respondo con tranquilidad, cerrando la caja y sin ponerme el anillo.
Un golpe en la mesa me hace sobresaltar.
—¡Vaya que eres difícil de complacer! Te entrego un regalo tan valioso y ni siquiera puedes sonreír. Tu agradecimiento suena tan falso.
Vuelve a levantarse y se va, dejándome sola.
Abro de nuevo la pequeña caja y saco el anillo. Hace años esto me hubiera emocionado. En sí, cualquier migaja me habría emocionado, él tiene razón al decir que era fácil de complacer.
Pero no era porque fuera tonta. En realidad, apreciaba las cosas simples y maravillosas de la vida. Las flores silvestres, una carta, los paisajes hermosos, despertar cada día…
Recuerdo que mi madre siempre me decía que eso era porque tenía corazón de artista, que aprecia la belleza de la vida. Lo confirmamos cuando me enamoré de la pintura y entonces, quería plasmar todo y crear mundos con mis pinceles.
Paso mis dedos por el anillo, que curiosamente combina con mi pulsera, admirando la hermosura del azul de los zafiros, de cada incrustación, de cada detalle.
No podría usar esto jamás.
Coloco mi mano con ese anillo dorado simple al lado de este nuevo anillo, y recuerdo las palabras de Jackson.
“Es simple, porque no mereces nada especial”. Una risa burlona escapa de mis labios.
Si no me merezco eso, ¿por qué entregarme este nuevo anillo? No lo entiendo, pero así es Jackson.
—Señorita, aquí está su cena. El señor la espera en su despacho cuando termine— dice Violet, la ama de llaves de la mansión.
—Gracias— es lo único que puedo responder.
Ya sé que este desaire y silencio me costará. Parece que el que no se siente satisfecho con nada es él.
***
Jackson
—La señorita está comiendo, señor. ¿Está seguro de que no quiere cenar con ella? — Violet me pregunta con preocupación.
—No, está bien así. Déjame solo— Ella asiente y sale de mi despacho.
Por un momento quiero tirar absolutamente todo lo que está en mi escritorio para descargar mi ira. Pero no puedo.
No puedo dejar que ella siga controlando mis emociones.
Cierro los ojos y respiro profundamente.
Los abro y tomo la caja que Grayson dejó aquí. No quería darle este regalo hasta mañana, como una compensación por dejarla sola por tantas semanas. Pero parece que tampoco le importará.
—Señor, cuando le diga a la señorita Brown que es un diseño especial, se emocionará más— dice Grayson, tratando de subirme el ánimo.
—Ve a casa— él suspira y sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—Ni aunque supieras eso reaccionarias. ¿En qué momento te perdí?
Trato de recordar en qué momento mi paloma ya no me miraba con amor, cuándo dejó de emocionarse por mi presencia o mis obsequios.
—Pareces un cascarón vacío— Esta afirmación no me alegra. Al contrario, me causa angustia y dolor. Todo lo que me hace sentir no es por perder el control sobre ella, sino porque hay algo muy dentro de mí que me niego a aceptar, incluso a pensar sobre ello.
Vuelvo a cerrar los ojos y luego, abrirlos con esa convicción de que no estoy cometiendo un error, que esto es lo que debo hacer.
Tengo que hacer que me quiera de nuevo, que esté rendida a mis pies.
Salgo de mi despacho para ir por ella.
No la dejaré ir hasta que me ame de nuevo, hasta que no pueda vivir sin mí.