Capítulo 3

3024 Words
2018 La música es buena, lamentablemente el volumen no. Y esto es lo que pasa cuando dejo de ir a fiestas nocturnas por largo tiempo, pienso mientras intento hacerme lugar entre la masa de personas que se aglomeran alrededor de la barra. La pista, a oscuras excepto por las luces estroboscópicas que me hacen marear, también está repleta. No logro reconocer rostros, solo cuerpos moviéndose frenéticamente al son de una canción vieja recreada por algún DJ. Con un suave empujón desde atrás, logro liberarme de los cuerpos apretujados alrededor y quedo aplastada contra la barra. Al menos llegué, intento conformarme. ―¿Estás bien? ―La voz de Aiden me recuerda que no estoy sola. Siento su mano posarse en mi espalda, como si con ese gesto me protegiera de la multitud. ―Si ―digo al mismo tiempo que asiento. Mi voz apenas se escucha a través de la música―. Al parecer, desde que decidí dejar de salir a bailar todo Weakland decidió salir a divertirse ―murmuro señalando a mi alrededor con una mueca incrédula. ―No suele estar tan lleno ―responde Aiden-soy-el-rey-de-las-fiestas-Miller como explicación a mi comentario―. Pero hoy toca iLion. ―Ahora todo tiene sentido ―susurro, aunque dudo que él me escuche. iLion es una banda local, aunque ha ganado varios seguidores en las ciudades vecinas. En los últimos meses se ha hecho popular, no solo por sus canciones ―que en realidad son buenas― sino por sus integrantes. Son tres chicos veinteañeros con pinta de rockeros despreocupados y con un talento increíble, aunque claro, tienen fama de ser chicos malos. Justo lo que necesito. Pero ¡vamos! ¿Un integrante de iLion ayudándome a hacer un trabajo universitario? Me doy un golpe mental en la frente y suspiro. Estoy aquí con Aiden, él obligándome a romper mi rutina, y yo sigo pensando en mi proyecto sobre la personalidad masculina. ―Un whisky para mí ―escucho decir a Aiden en dirección al bartender―. ¿Tú? ―indaga. ―Un Coca de cereza ―respondo de inmediato. La sonrisa burlesca de Aiden me hace sentir infantil. Sé que debería estar pidiendo algo con alcohol, como haría cualquier persona en mi lugar. Y lo hubiera hecho si no tuviera malas experiencias con la bebida. Aunque lo cierto es que, con mi edad, no debería estar siquiera dentro de un bar. Ilegal, ilegal, ilegal. La palabra se filtra a mi cerebro desde todos lados y, en cierto modo, me siento incómoda. Pero no me quejo, la mayoría de mis compañeros tendrían que falsificar sus documentos para entrar aquí. Afortunadamente, o quizá no, ser amiga de Aiden tiene sus beneficios. Él, con sus veintiún años y siendo mejor amigo de Kyle (el guardia del lugar) tiene el privilegio de hacerme pasar sin siquiera recibir una mirada de reproche por parte de los demás. Si tuviese que hacer un balance, en general es bueno tener un amigo casi tres años más grande que yo; él tiene una idea formada de lo que quiere para su futuro ―contrario a los chicos de mi edad―, puede ir a fiestas sin preocuparse porque lo saquen a la rastra, y tiene trabajo, por lo que cuando salimos a cenar o a hacer algo, él es quien paga. Y dejo que lo haga. ¡Vamos! Para eso están los amigos, ¿no? ―Corre por mi cuenta ―dice en cuanto me entregan mi Coca. ―Lo sé ―sonrío, divertida por la sintonía de la realidad con mis pensamientos. Largos minutos pasan antes de que se ilumine un escenario en la esquina más alejada de la barra y comiencen a oírse silbidos y un que otro grito de alguna chica, llamando a alguno de los tres integrantes de iLion. Sé que lo próximo que oiré será la batería marcando el un, dos, tres para comenzar. Y así es. Las personas enloquecen alrededor tambaleándose al ritmo del rock, pero no es el tipo de rock en el cual comienzan a sacudir sus cabezas y alzar sus manos con una seña de cuernos o lo que sea. Es más parecido a una mezcla entre Rolling Stones y The Beatles, aunque en realidad les falte bastante para parecerse a uno de esos grupos siquiera. Se oyen bien, sobre todo la voz del cantante principal, sin embargo desde que oí la primera canción de ellos lo que más me gustó fueron las letras de sus propias canciones. ―Me empujaste ―oigo que dice Aiden, reconociendo la canción con la que comenzaron esta noche. Muevo la cabeza intentado seguir el ritmo y le doy un sorbo a mi Coca. El sabor a cereza burbujea en mi lengua y refresca mi garganta; cierro los ojos. ―Es una de mis canciones preferidas ―continúa diciendo él, aunque no parece realmente interesado en sacarme palabra. Me concentro en la voz de Shane, quien sacude su cabello oscuro hacia atrás mientras canta Me empujaste. Tiene voz áspera, pero suave y poderosa al mismo tiempo. Sé su nombre y lo reconozco porque apenas comenzaron como un pequeño grupo de adolescentes, tres años atrás, solían tocar en fiestas de la preparatoria donde yo iba. En ese entonces, eran gatitos en comparación a lo que son ahora. Sus físicos no me impresionan, pero tampoco son fáciles de ignorar; realmente parecen leones depredadores y listos para tomar una presa. Una presa que seguramente está entre el público ahora y que se ofrecería voluntariamente para que uno de ellos ―o quizá los tres― la devoraran. Arrugo mi boca. ¿Por qué pienso en ellos como si fueran un relato de Animal Planet? Quizá porque su música es salvaje y desprende furia. Callo mis pensamientos por unos segundos y trato de hacer una rápida recolección de todas sus canciones con las letras. Al hacerlo, el relato de un canal sobre animales se convierte en uno donde pasan películas para adolescentes en las cuales ponen una música de fondo deprimente. Sin duda, la gente a mi alrededor no ha hecho el mismo proceso que yo al oír la música. Quizá no han podido debido al alcohol en sus venas. Todos cantan a la par de Shane y hacen los coros con Caleb y Nikolas, los otros dos integrantes de la banda. Todos aúllan como si la canción fuera sobre ira cuando en realidad la letra es totalmente opuesta. Porque tú no sabes cómo me siento, y creo que jamás lo sabrás. Quiero decirte tantas cosas que no he dicho, pero las palabras mueren en mi boca una vez más. Me empujaste lejos, una y otra vez, por eso me rendí. Me empujaste lejos, lejos. Por eso me rendí. ¿Aiden dijo que esta era su canción preferida? Lo miro sorprendida, incapaz de imaginarme como puede tener atracción por esa letra, pero él está mirando hacia el escenario que apenas se puede distinguir delante de los cuerpos moviéndose. ―Alguien tuvo una historia de amor de mierda ―murmuro en tono más alto de lo normal para que me oiga. Se gira a verme y sonríe de lado. ―Creo que en realidad la letra trata de no haber tenido esa historia de amor ―me devuelve. Repaso la canción mentalmente y me encojo de hombros. ―Cada quien le da el significado que quiere ―digo al fin. Un par de canciones más suenan, entre ellas reconozco Te extraño y Ojos grises. Son dos de las canciones más poderosas de su repertorio y pronto estoy preguntándome quién es la chica a la que fueron dirigidas ambas canciones, porque es obvio que hablan de la misma chica. Sin duda, uno de los iLion debió tener el corazón muy roto al escribir esas canciones. Si no fuera porque la batería, al igual que las guitarras, suena alto y con furia, estoy segura que más de la mitad de las personas aquí terminarían llorando por algún amor perdido. ―¿También estás prestando atención a las letras? ―me pregunta Aiden con una mueca blanda. ―Sí ―admito―, y estoy sufriendo por quien sea que las escribió ―agrego. ―Un chupito más ―clama una voz cercana, golpeando la barra con un pequeño vaso vacío. A mi lado contrario, Aiden frunce el ceño y dirige la mirada al chico que acaba de hablar y tiene un aspecto que delata su ebriedad. Por un momento, me quedo boquiabierta mirándolo. Su perfil es muy masculino, tiene una barbilla filosa y marcada, nariz sin protuberancia, labios finos y apretados con fuerza, y un peinado que lo hace lucir como si hubiese pasado la mano por su cabello unas cuantas veces acomodándolo hacia atrás. Una barba de días acentúa su mandíbula cuadrada y dos líneas surcan su frente en gesto de preocupación. Sin embargo, sus ojos están decaídos al igual que su cuerpo que se apoya sobre la barra con debilidad. ―Un maldito chupito ―reclama cuando el bartender demora en responder a su petición―. Dos, mejor dos ―reforma sin alzar la cabeza. Lo que veo a continuación me deja pasmada. Una chica aparece en la escena, captando la atención del chico y, a pesar de su falda demasiado corta, no duda en abalanzarse sobre él y sentarse a horcajadas sobre sus piernas. Él, de forma inmediata y sin parecer cohibido por la gente alrededor, aprieta el trasero de la chica entre sus grandes manos y comienza a besarla indecorosamente. Con lengua visible y todo. Es como imagino que debe ser una película pornográfica; ellos son todo manos y bocas, tocándose desesperadamente y devorándose como si no hubiese mañana. ―Se pone caliente ―escucho que susurra Aiden en mi oído. Giro a verlo y, quizá por la escena a centímetros de mí, noto que mi mejor amigo se ve incómodo. O excitado. O algo. ―Creí que esto era una discoteca, no un motel ―digo arrugando los labios e intentando ignorar los gemidos que salen de la chica a mi lado. Aiden ríe con hoyuelos y todo. Entonces dejo de oír los gemidos. Pero no termina ahí, los siento moverse a mi lado, y en cuanto poso la mirada en ellos, noto que no son solo dos personas. Hay tres. El mismo chico de antes, con la misma chica que sigue besándolo y una segunda que intenta reclamar su parte. Me sorprendo al ver que él se desprende de la primera y le da un tratamiento similar al que le dio a señorita-gimo-en-público. Excepto que esta vez comienza a besar el cuello de la chica con un gran escote y sus labios se detienen casi sobre su pecho. Jadeo con incredulidad. ―¿Fantaseando? ―bromea Aiden, o al menos espero que sea una broma. Aparto la mirada de la escena que ya tiene varios ojos encima y me vuelvo hacia mi amigo. Mi boca sigue abierta. ―¿Él sabe que todos los están mirando? ―indago asombrada―. ¿Ellas lo saben? ―No luzcas tan aterrorizada ―dice Aiden en tono divertido; alzo una ceja―. El chico sabe lo que hace y ellas están disfrutando. Nadie morirá por eso. ―P-pero... ―Realmente no entiendo cómo tú, señorita-me-niego-a-ver-escenas-subidas-de-tono, quiere realizar un estudio acerca de los «chicos malos». Apenas puedes con esto, no creo que soportes estar cerca de uno durante el tiempo que lleve terminar tu trabajo. Hace una mueca pensativa y me siento tentada a protestar. ―Él está siendo desubicado ―digo señalando con mi pulgar hacia atrás sobre mi hombro. ―Él es un chico malo ―me devuelve Aiden. Me doy cuenta que mi frente se arruga y me toma un momento procesar sus palabras―. Viernes en una discoteca, borracho y rodeado de chicas ―enumera―. Solo le falta golpear a alguien. ¿Eso es un chico malo? Giro sobre mí misma y, con alivio, veo cómo las dos chicas han desaparecido y el chico ha ocupado otra vez su lugar en la silla alta frente a la barra. Tiene su cabeza inclinada hacia atrás mientras bebe de un trago el pequeño vaso con líquido ámbar. Su nuez de Adán se mueve cuando traga y me dedico a estudiarlo de cerca. Es un hombre digno de mirar, no porque luzca como a mí me gustaría que fuese un chico, sino porque es atractivo a su manera y parece idóneo para mi proyecto. Sonrío de lado mientras lo recorro con la mirada; es tal como lo imaginaba. Lleva una chaqueta negra de cuero y por debajo parece ser una camiseta blanca que se adhiere a su pecho y pantalones negros que resaltan sus piernas ejercitadas. Inmediatamente un millar de preguntas atraviesan mis pensamientos. ¿Tendrá una Harley? ¿Se acostará con toda chica que se le arrima? ¿Golpeará duro como los chicos malos de los libros? Le doy un repaso más a su aspecto y miro a Aiden. Sus ojos me sonríen con burla. Él sabe sobre mi intento de crear una hipótesis sobre el chico malo, y de seguro sabe que me aterra tener que entablar una conversación con alguien como el chico que está a mi lado. No hace falta que lo diga, su sonrisa lo delata. ―¿Qué tal si en vez de la teoría sobre el chico malo haces la teoría sobre el chico bueno? Me ofrezco como rata de laboratorio ―ríe. Sin duda, si tuviera que elegir el opuesto a chico malo, elegiría a Aiden. Le sonrío y él alza una ceja, entonces me dedico a fijar mis ojos en todo él. Cabello oscuro, piel pálida y ojos profundos. Su rostro es como un esbozo dibujado hace mucho tiempo; su mentón es anguloso sin llegar al extremo, sus labios parecen suaves y siempre están inclinados ligeramente hacia arriba incluso cuando parece enojado, su nariz concuerda con sus pómulos en alto y unos rasgados ojos avellana se esconden bajo sus espesas cejas, más aún cuando ríe a carcajadas. Él es mi chico bueno, literalmente. ―Sabes que me gustan los retos; tú no eres uno ―es todo lo que respondo a su sugerencia. ―Puedo ser un reto para ti si quieres ―murmura lo suficientemente alto para que yo lo oiga. Enarco una ceja y él hace que sus labios se estiren en una sonrisa de suficiencia―. Ambos sabemos que no estás hecha para encarar a chicos como él ―dice haciendo un breve movimiento con su mentón hacia quien se encuentra detrás de mí―, además, si tuvieras las agallas, no creo que él sea de los tipos que aceptan ser experimento de nadie ―añade con seguridad propia de su voz. Me desanima darme cuenta que Aiden tiene razón. ¡Vamos! Soy la típica chica buena que no mataría a una mosca. Paige dice que tengo un corazón generoso, lo que me sorprende, puesto que ella es más generosa que yo. Pero esta noche, sentada frente a mi mejor amigo, quiero ser egoísta por una vez. Y si conseguir a un chico malo para un experimento que me hará acreditar una materia a través de una mentira es ser egoísta, entonces lo seré. ―Mira y sorpréndete ―es lo único que le digo a Aiden cuando lo miro. Y entonces lo hago, acomodo mi cabello hacia atrás dejando parte de mi escote a la vista, y me doy vuelta hacia mi derecha. Mi dedo índice tiembla mientras alargo la mano y lo presiono sobre el hombro del chico malo. Con la reacción más rápida que puede manejar un ebrio, me mira. Por la oscuridad no puedo descifrar el color de sus ojos, pero una cosa sé, son claros y malditamente intimidantes. ―Hola ―digo intentando lucir provocativa. Deslizo mi dedo por su cuello hasta llegar a su mejilla. A diferencia de mí, que me estremezco con el simple hecho de tocar a un chico desconocido, él permanece impasible bajo mi suave toque. ―He tenido suficiente por esta noche, nena ―confiesa en voz baja y arrastrada. Parpadeo sin saber qué quiso decir realmente. Pero antes de que pueda saberlo, sus manos se han envuelto alrededor de mi cintura y me ha arrastrado entre sus piernas que están abiertas sobre la alta silla en que se encuentra. Nuestros pechos chocan y me tenso. ―Al parecer no ha sido suficiente ―logro decir, rogando que mi voz no suene tan temblorosa como me siento. Él me hecha un rápido vistazo, deteniéndose en mi escote por más tiempo del necesario, y vuelve a mi rostro. ―Ha sido suficiente, créeme ―dice luciendo más espabilado que segundos antes. Entonces sus manos me sueltan y se gira hacia la barra para tomar lo que sea que hay en su vaso en este momento. Me siento entumecida. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Él me acaba de rechazar antes siquiera de que pudiera decirle que quería pasar una noche con él. Una noche hablando, claro, aunque eso no se lo diría sino hasta que estuviésemos solos en algún lado que no fuera el bar, donde también le diría que sería usado por mí para una clase de estudio sobre la psicología masculina. Pero él ni siquiera me da la oportunidad de mentirle. ―¿Qué tal otra noche? ―me encuentro diciendo. Por primera vez, su boca se ladea con una pizca de diversión; sin embargo, sigue mirando a cualquier otro lado menos a mí. ―Claro, otra noche ―susurra. ¿Su tono fue sarcástico? Frunzo el ceño en su dirección y él parece estar conteniendo la risa. ¿Qué? ¿Qué hay de gracioso en todo esto? Me mira y deja de sonreír abruptamente. ―Mañana, aquí ―me dice estoico. Abro la boca para decir algo pero ninguna palabra sale de mí―. Prometo estar sobrio. ―N-no puedo mañana ―digo. Y realmente quiero decirle que cambiaré mis planes, pero esa opción no está entre mis posibilidades. La cena con mis padres, la cual es una vez al mes cuando ellos viajan a visitarme, es impostergable. Obligatoria, necesaria, inminente. ―¿Qué tal si me das tu número y te llamo? ―sugiero posando mi mano en su pecho con ligereza y lamiendo mis labios para asegurarme una respuesta positiva. ―¿Qué tal si tú me das tu número y yo te llamo? ―indaga devolviéndome mis palabras con suspicacia. Por su expresión, me pregunto si él en algún momento estuvo ebrio. ―No me llamarás ―me atrevo a decir, segura de haber acertado en mi suposición. Sus labios se aprietan, quizá considerando una idea en su mente, y luego lo siento cernirse sobre mí con un movimiento ágil. En un segundo, sus manos aprietan mi trasero con suaves tanteos. No logro darme cuenta lo que hace hasta que se aparta y alza una mano entre ambos; mi móvil rosado parece minúsculo entre sus grandes manos. ―No suelo hacer esto, pero lo haré ―resopla―. Escribiré mi número aquí, te lo devolveré y si de verdad estás dispuesta a pasar una noche conmigo sin ataduras, entonces me llamas ―señala tecleando en la pantalla de mi móvil. Luego de unos segundos, sus ojos recaen en mí. ―Si no eres capaz de aceptar una noche sin compromiso, no me llames ―alarga. Y devolviéndome el celular en mano, baja de su silla y se aleja con paso lento, perdiéndose entre la multitud.
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