Había algo en la forma en que mi abuela hablaba de Alastor que siempre capturaba mi atención, como si evocara una memoria que no era del todo suya, sino heredada, tejida a lo largo de generaciones como un hilo invisible que nos unía. Caminábamos lentamente bajo una lluvia persistente, de esa que no se anuncia con truenos ni ráfagas, sino que cae constante, empapando todo sin necesidad de dramatismo. Mi abuela avanzaba a su ritmo, apoyada en su bastón de madera tallada, mientras su voz se deslizaba entre los recuerdos como una canción antigua. -Alastor fue un pilar en nuestra familia, ¿sabías eso? Un símbolo de protección, de sabiduría... -dijo con un tono reverente, casi como si estuviera pronunciando un conjuro. Yo asentí con la cabeza, aunque por dentro me debatía entre el escepticismo

