Capítulo 3
Él y él.
Hunter, de nuevo tenía que ver su nevera flaquear, así como su voluntad. Miraba al cielo desde su minúsculo departamento, pidiendo, soñando. Estaba por salir a su trabajo esa mañana, desayunando apenas migajas. En su cabeza no había espacio para recordar lo sucedido con el señor Saint-Jaien, el hambre aminoraba cualquier alegría.
Mark, desayunaba balanceado y delicioso. La empleada doméstica que iba todas las mañanas a hacerle de desayunar y dejarle la cena lista, era feliz con el ilimitado flujo de comida que siempre encontraba en el extravagante refrigerador, que ella misma administraba.
—Como siempre, Doris, todo exquisito —celebró Mark a su seria empleada—. Te pido, por favor, dejes la cena preparada para una persona más, tal vez tenga una visita.
—Vaya, por fin mi comida será apreciada por alguien más. Con gusto dejaré para dos platos extra, por si es de buen apetito.
—No lo sé, pero su figura es envidiable. Seguro come muy bien, pero balanceado, y debe ir a un gimnasio, luego a su trabajo y luego, a su otro trabajo…
La señora Doris no entendía nada de lo que su jefe decía, pero pudo notar como se le iluminaba el rostro cuando hablaba de esa nueva persona en particular. Mark la miró con esperanza y siguió comiendo. Soñaba con llegar a la compañía y pasar de forma casual por el área de mensajería y, tal vez, ir de forma casual también por el cabaret. Todo hasta ese momento había pasado como en una especie de sueño y seguía convencido que Hunter y Purple eran la misma persona. Para él, todo era algo así como una aventura, como vivir dentro de la trama de una telenovela, con todos los clichés del caso.
Tomó su abrigo oscuro, como es resto de su traje. Lucía como un modelo, como el dueño del mundo. Siempre con su mirada altiva, con su cabello perfecto peinado hacia atrás, vistiendo ese pantalón que resaltaba tanto su precioso y apretado trasero, así como esa camisa y ese chaleco que casi no cerraban por lo amplio de su pecho. Solo Dios sabía cuantas mujeres habían dormido ahí, escuchando la melodía de un corazón que siempre estaba solo. Ahora, ese mismo hombre que parecía caminaba entre nubes, estaba interesado en un muchacho menor que él por lo menos 10 años, que danzaba y se quitaba la ropa para vivir. Que seguro no ganaba lo suficiente para mantenerse, porque los horribles dueños de El Jardín del Diablo le quitaban mucho de sus ganancias y por eso debía compensarse como mensajero en su empresa.
El día siguió sin contratiempos, con un Hunter agradecido que en el trabajo suplieran refrigerios y almuerzo. De no ser por eso, estaría de seguro visitando al doctor por inicios de desnutrición. Salía un poco después del medio día, luego de asegurarse de comer y regresaba rayando el ocaso, para poder cambiarse y salir de ahí.
Desde el beso, habían pasado 5 días. Mark los contabilizaba; para Hunter era parte de un extraño frenesí. Ese día, Mark no pensaba dejarlo escapar, por eso le pidió a Doris que le preparara la cena. Sería temprano, luego con alguna excusa diría que lo llevaría al cabaret y ahí todo quedaría al descubierto.
Luego de un almuerzo para sellar alianzas, una video llamada con clientes en Londres y otra revisión más con sus abogados sobre un contrato de demanda, para Mark también rayaba la tarde. Desde su torre, donde era uno de los dueños del mundo, sosteniendo en su mano una copa de exquisito escocés, era la imagen predecible y perfecta de ese hombre de negocios multimillonario y arrogante. Mark era hermoso, muy rico, tenía una mirada severa, pero jamás se llamaría a sí mismo arrogante. Él no había crecido como sus hermanos rodeado de lujos, quizás por eso sabía cómo era la vida real, y que no todo era caminar sobre oro como el resto de riquillos con los que debía tratar a diario.
Era el momento de buscar a Hunter. Quería verlo y seguir llenándose de cucarachas la cabeza. Para no levantar sospechas, hizo que Shirley lo llamara, quería que se encargara, supuestamente, de una correspondencia que tenía al pendiente.
—Señor Saint-Jaien, yo puedo hacer que diligencien eso más rápido, no tiene que venir uno de esos chicos hasta acá —replicó la asistente por el teléfono, la petición era más que inusual para ella.
—Por favor, Shirley, lo conocí hace poco y me parece confiable. Ubícalo y dile que venga. Luego de eso puedes irte.
Mark, se molestó un tanto por la insistencia de Shirley de hacerlo ella misma. Pero si no deseaba llamar más la atención, debía hacer pasar todo como muy casual. Diez minutos después sonó su línea, Hunter estaba ahí. Dio la orden para que entrara y le dijo a su curiosa asistente que podía irse.
—Señor Saint-Jaien, buenas tardes. —El saludo tímido los sorprendió a ambos.
—Quería tanto verte, Hunter…
Hubo silencio luego de eso. Mark no deseaba perder el tiempo, así que se acercó con pasos firmes a robarle un beso al chico, que no protestó, porque los labios de su jefe eran deliciosos, apasionados, tan calientes que sentía que ardería en fuego en cualquier momento. Empezó a subir de tono todo, cuando la lengua espesa de saliva recogía lo que pudiera tener Hunter en su cuello.
—Señor, por favor, acá pueden vernos.
—Entonces estaría bien en otro sitio, ¿verdad? —Hunter le respondió con una sonrisa algo
triste que inquietó a Mark.
—La verdad, no lo sé.
—¿Tienes que ir a trabajar esta noche? Ya sabes…
Hunter sabía a qué se refería y suspiró algo decepcionado, e igual le respondió. Esa noche la tendría libre. Mark, emocionado le invitó a su departamento, quería cenar con él. Hunter abrió mucho los ojos, un besuqueo en la oficina era llevadero, pero pasar tan rápido al lugar donde él vivía era otra cosa. El muchacho sabía que no podía ni quería negarse, pero aquella historia iba a terminar muy mal, para él por supuesto.
A regañadientes aceptó, no obstante, ir con él sería imposible, levantaría sospechas, chismes, alguna filtración a la prensa amarillista, otra a su familia, a los abogados y así, Hunter enumeró las mil dificultades de una relación.
—Por favor no seas tan serio, si te sientes más cómodo, llega hasta mi edificio y no te preocupes, el ascensor llega directo a mi piso y todo el personal es muy “discreto”.
—Señor, no sé usted qué es lo que quiere de mí… pero allá estaré.
Mark sonrió, y le dio un papel con la dirección. Luego de que lo vio salir, hizo lo impensable: llamó al cabaret y preguntó por Purple. La respuesta era la que esperaba, que esa noche el bailarín la tenía libre. Su enloquecido sentido común le hizo creer que esa sería una noche en la que por fin haría que Hunter admitiera que él y Purple eran la misma persona. Parecía claro que admitir que se trabajaba en un cabaret no era nada sencillo, que no podía dejarse al descubierto así tan fácil, pero él debía saberlo todo de ese hombre que lo estaba enloqueciendo, como casi nadie en su vida.
Llego primero a su propio pent-house, obviamente. Hunter debía tomar un tren y luego de eso caminar otro poco. Mark estaba ilusionado, se puso ropa cómoda y preparó la mesa. Poco después sonó el teléfono, su bailarín había llegado.
El ascensor se abrió y Hunter no podía creer el esplendor que estaban viendo sus ojos cansados. Eran tan grande, tan vistoso, todo tan ordenado, colores que contrastaban en perfección y belleza, el enorme cuadro que era claro, lo había realizado un artista famoso. El chico por poco no encuentra al precioso dueño de su contrato entre tanto brillo. No obstante, esa sería la noche en que pondría punto final a esa locura.
—Gracias por venir —susurró Mark recibiendo su abrigo.
—Gracias por invitarme, nunca pensé que tendría la oportunidad de visitar un sitio así. —Hunter viró a ver su jefe y de nuevo, con esa sonrisa en sus labios que fulminaba pesadillas, logro estremecer a ese que lo esperaba con tanta ansiedad.
Lo primero que hizo Mark fue invitarlo a la mesa, que ya estaba puesta. Hunter no sabía mucho de etiqueta y los muchos cubiertos que ahí habían lo confundieron. Ese de cabellos de noche y ojos que le hacían juego, se sonrió un poco y admitió que había exagerado en los detalles, pero que solo deseaba sorprenderlo.
Para Hunter, todo aquello no era más que la aventurilla del jefe. No se negaba que poder estar con semejante hombre tan atractivo era la cúspide de todos los deseos juntos, pero para Mark, solo era el capricho de comerse el venado más débil de la manada. Todo aquella situación era absurda desde cualquier punto en que se le viera. Pero, no rechazaría una comida deliciosa y que fue tan meticulosamente elegida para él. Comió, intentando disimular en lo más profundo de su ser el hambre con el que lo hacía.
—Hunter, quiero disculparme contigo. —El muchacho casi se atraganta, parecía que por fin su jefe entraba en razón—. Yo te he acosado desde ese día en el cabaret y no está bien…
—Señor, de nuevo...
—Por favor, déjame terminar —interrumpió Mark—. Yo sé que no vas admitir aún las cosas, pero me alegro que hoy estés acá. Yo he sonado como los odiosos hombres que te miran mientras bailas, y no está bien. Yo no soy ese tipo de pervertido.
Hunter torció un poco la mirada, nada estaba claro en realidad. Tomó la servilleta, era inútil intentar convencer en ese momento al señor Saint-Jaien, así que esa noche le llevaría la corriente, después de todo, sería la última. Mark se levantó de la mesa y se dirigió al ventanal de su reino, donde toda la ciudad titilaba para su deleite. Hunter sabía que tras su fachada de CEO perfecto, se encontraba un hombre solitario y confundido, que tal vez solo deseaba un poco de afecto. Hunter también necesitaba afecto, así que por qué no, juntar soledades un rato.
Se acercó a su jefe y lo abrazó por la espalda. Ese sería el gesto tierno de la noche. Pero Mark no quería solo eso, y lo tomó con algo de brusquedad por un brazo, como parecía se había vuelto su costumbre, para luego arrinconarlo en una pared. Hunter quería eso, y le empezaba a gustar que ese hombre que siempre parecía tan gentil, sacara de adentro ese salvaje que escondía.
Mark, olfateó de nuevo ese aroma inconfundible de su Purple. Por ahí empezaría, era ese olor el primer paso al laberinto de ese hombre. Pero sus manos querían más, su sexo quería más. Con furia, se lo cargó a la cintura, mientras el muchacho apenas si pudo exhalar un pequeño jadeo, que lo encendió todavía más. Se veía tan inocente en ese momento, cuando era el mismo demonio mientras danzaba.
Y entonces, sus labios calientes, su lengua insaciable se unió con la pálida boca de quien cargaba como un juguete. Luchaba, porque deseaba devorárselo en ese momento, porque quería que su lengua le llegara a la garganta. Hunter se separó un poco para tomar aire y verlo a los ojos. Ya no eran de color ébano, eran fuego puro. Se movió un poco en la cintura de ese hombre y supo que él estaba por explotar.
—Señor, yo creo que hasta acá hay que llegar…
—¿Quieres dejarlo así? —susurró Mark, jadeando en su oído.
Hunter no pudo responder nada. La sangre le bombeaba con furia por todo el cuerpo, y más en su entrepierna. Mark lo notó, sus gemidos solo eran la súplica por más. Así, cargado en la cintura, lo llevó hasta la habitación y le dejó caer con delicadeza en la cama. Empezó a quitarse la camisa, y ese pecho perfecto era el espectáculo que Hunter recibiría, casi en exclusiva. Las manos inquietas del CEO llegaron de nuevo al cuerpo delgado de su trabajador, y desabrocharon con lujuria el pantalón y esa boca se abrió para hacer lo que deseaba, para que ese m*****o ya muy endurecido, tuviera aún más felicidad.
—Señor, ¡deténgase! —musitó Hunter, apenas respirando—. ¿Usted ha estado con un hombre, alguna vez?
—Jamás —respondió Mark con total honestidad—. Sin embargo, leí mucho de lo que debe hacerse, y este parece ser el primer paso.
—Entonces deje que ambos nos hagamos felices. Hoy no podrá hacerlo todo, pero sí que lo recordará.
Hunter le saltó encima como un cervatillo y se sentó en su pelvis. Mark sintió su dureza y la del muchacho, ambos estaban por reventar. Con deseo, Hunter lamió el pecho pálido y amplio de su jefe, recorriendo sus precioso pezones que suplicaban por atención. Mark se mordió los labios y lo tomó por el cabello, su subalterno era un travieso y lo comprobó aún más, cuando el chico metió su mano en el pantalón de su señor y dejó al descubierto ese m*****o que estaba deseoso de poseerlo. No pudo disimular la sorpresa que le generó el tamaño, cuando Mark entrar en su cuerpo, de seguro iba a doler. No obstante, los planes de Hunter en ese momento eran otros, pues él hizo lo mismo con su sexo, lo dejó al descubierto y con su mano, los junto ambos. Mark respiraba agitado, quería más y cerró su mano sobre la del chico para iniciar ese movimiento que ambos disfrutaban. Ahí se estaban tocando, se estaban liberando. Sentían cada uno, lo mucho que el otro lo deseaba, lo muy fuerte que el otro tenía su sexo. Hunter empezó a gemir con mucha fuerza, la mano que tenía libre la llevó a la nuca de Mark, tenía la necesidad de mover la cadera y su jefe no lo impediría, y tampoco lo soltaría.
—¡Ah, señor Saint-Jaien! —gritó en el justo momento en que terminaba, dejando su rastro viscoso en el abdomen de Mark. Él tardó un poco más, pero también su lluvia llegó al cuerpo del muchacho, que lo fundió en un beso, mientras lo abrazaba y lo asía más a su vida.
Mark, estaba complacido con esa nueva experiencia y más aún, cuando sabía que era ese con quien había soñado noches enteras. Hunter, no quería pensar, pero se temía que sería lo que el señor Saint-Jaien, deseara que él fuera.