Capítulo 15

1141 Words
Kiral El invierno estaba llegando. Lo sentía en la brisa helada que recorría el bosque y se colaba entre la ropa de quienes no tenían el calor de un lobo corriendo por sus venas. Para mí, solo era un ligero frescor, un recordatorio de que la temporada fría se acercaba. A mi lado, Raquel reía con Laura, ambas hablando a una velocidad impresionante, saltando de un tema a otro como si sus mentes funcionaran a un ritmo que yo nunca alcanzaría. Definitivamente, las mujeres tienen el don de sostener múltiples conversaciones a la vez. —Kiral, ¿me acompañas un momento? —La voz de Marco me sacó de mis pensamientos. —Cariño, iré con Marco, vuelvo en un segundo. —Besé suavemente su sien y me alejé con mi amigo. Caminamos hasta mi despacho, donde tomé asiento detrás del escritorio. —¿Qué sucede? —Solo quería avisarte que todo está listo para el viernes. —Perfecto. Solo espero que Raquel no se dé cuenta de nada. —Tranquilo, amigo, lo tenemos bien planeado. Ya hablé con todos. —Espero no estar cometiendo un error con esto… —Un nudo se formó en mi estómago al pensar en cómo lo tomaría Raquel. Marco me miró con seriedad. —Ella es una mujer sensata, Kiral. Sabrá que lo haces por su felicidad. Suspiré, pasando una mano por mi rostro. —Espero que tengas razón… —Por cierto, he querido preguntarte algo… El grito de una mujer interrumpió sus palabras. Nos pusimos de pie de inmediato y corrimos hacia el sonido. Al llegar al gran salón, encontramos a mi hermana Esmeray con el rostro pálido y una mano sobre su vientre abultado. A su lado, Sebastián parecía igual de aterrorizado. —¿Qué sucede? —Me acerqué de inmediato. —Los bebés, Kiral… ya vienen. —Su voz estaba cargada de dolor y ansiedad. Mis ojos bajaron hasta el charco de agua que se extendía bajo sus pies y mi cerebro tardó un segundo en procesarlo. —Te refieres a… —¡Sí, idiota, YA VIENEN! —gritó, apretando los dientes en un intento de soportar las contracciones. Raquel llegó corriendo, sujetando su vestido para no tropezar. —¿Kiral? ¿Qué está pasando? Su voz me sonaba lejana. Mi mente estaba en blanco. Sebastián y yo nos quedamos paralizados, como si alguien hubiera detenido el tiempo. —¡Luz, avisa que tengan listo el auto! ¡Debemos llevarla al hospital de la manada ahora! —ordenó mamá con su tono firme. Luego giró hacia papá—. Volka, llama al doctor y dile que prepare todo. —¡Voy en camino! —Papá ya tenía el teléfono en la mano. —Raquel, ayuda a Esmeray. Vi a mi madre tomar el control de la situación mientras el resto nos quedábamos como estatuas. —¡Kiral, Sebastián, despierten ya! —El rugido de mamá fue suficiente para sacarnos del trance. —Sebastián, ¿tienen el bolso del hospital? —Sí, sí… está en el auto. —Bien. Ve por él y sal de inmediato, o no llegarás a tiempo para ver el nacimiento de tus hijos. Si Volka llega antes, te dejará fuera. Las palabras de mamá hicieron que Sebastián reaccionara y saliera disparado. —Muy bien, la fiesta ha terminado —anunció mamá al resto de la manada—. Gracias por venir. Les informaremos sobre el estado de mis nietos y de Esmeray. Las personas comenzaron a marcharse, dejando solo a nuestra familia. Mamá se acercó y sostuvo mi rostro entre sus manos. —Cariño, vamos… o te perderás el nacimiento de tus sobrinos. Asentí y la seguí. El trayecto al hospital fue un torbellino de nerviosismo y ansiedad. En la sala de espera, papá caminaba de un lado a otro, mordiendo sus uñas. Mamá intentaba calmarlo, pero podía ver en su mirada la misma angustia que todos sentíamos. Raquel se acercó y deslizó su mano por mi brazo en un gesto de apoyo. —Kiral, ¿estás bien? —Sí… solo que todo pasó demasiado rápido. —Lo sé. Yo también estoy nerviosa… pero confío en que todo saldrá bien. Las horas pasaron lentamente. Marco y Laura hablaban en voz baja, mientras Luz fulminaba a Laura con la mirada. No entendía qué estaba ocurriendo entre ellas, pero la hostilidad de Luz era evidente. Mis padres seguían conversando sobre sus nietos con emoción. Me quedé observando a Raquel y, por un momento, imaginé cómo se vería con su vientre abultado, llevando a nuestro hijo o hija. Esa imagen me apretó el pecho. Tengo que hablar con ella pronto. No puedo seguir ocultándolo. —Kiral, cariño… La dulce voz de Raquel me hizo abrir los ojos. No supe cómo, pero me había quedado dormido. —¿Qué sucede? Raquel tragó saliva antes de hablar. —Sebastián acaba de salir… y nuestros pequeños ya están aquí. Pero algo en su voz no me gustó. Me incorporé de golpe. Entonces lo vi. Mamá lloraba abrazada a papá, quien trataba de consolarla… pero la tristeza invadía su mirada. Marco desvió la vista. Luz y Laura ya no estaban. Un vacío se instaló en mi pecho. Raquel tenía los ojos rojos, su mirada estaba… vacía. El aire comenzó a faltarme. No. No, esto no podía estar pasando. Me agarré el pecho con fuerza, sintiendo un nudo en la garganta. —¡NO! ¡DIME QUE ESTO ES UNA JODIDA BROMA! Mi grito resonó en el hospital antes de que cayera de rodillas al suelo. Raquel sollozó. —Kiral… Me levanté como pude y caminé con torpeza hacia la habitación de mi hermana. Las enfermeras intentaron detenerme, pero al ver mi expresión oscura, se hicieron a un lado. El pasillo se sentía eterno. Seguí el rastro de Sebastián hasta su habitación y tomé la manilla de la puerta. Cuando la abrí, mi mundo se derrumbó. Sebastián estaba sentado a su lado, con los ojos hinchados de tanto llorar. Vacío. Y ella… tan pálida, tan fría. No. Ella no era mi Esmeray. Me acerqué, con el aliento atrapado en mi garganta. Sebastián me miró, desesperado. —Kiral… ¿puedes traerla de vuelta? Su voz era un lamento desgarrador. Yo… yo no sabía cómo hacerlo. Nunca había usado ese poder. No sabía si siquiera era posible. —No… no sé cómo… —susurré, sintiéndome impotente. Sebastián sollozó con fuerza. —Por favor… inténtalo. Te lo ruego. Mis hijos… tus sobrinos… no pueden crecer sin su madre. ¡Haz algo, por favor! Su desesperación me rompió. Apreté la mano de Esmeray, mi mente llena de recuerdos. Nosotros de niños, nuestras travesuras, nuestras risas. Su felicidad cuando conoció a Sebastián. El regreso de mamá. Un torrente de emociones me golpeó como un huracán. Entonces, una luz cegadora lo cubrió todo. Mi respiración se entrecortó. Y ahí estaba. —¿Esmeray…?
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