Capítulo 16

1167 Words
Ella se veía tan bella como siempre. Su largo cabello n***o caía hasta su cintura, moviéndose suavemente con la brisa que recorría el prado. Pero esto no era un sueño. Estábamos en el mundo de los muertos. —Kiral, te estaba esperando. Su sonrisa era tan radiante que sentí mi corazón tambalearse dentro de mi pecho. —Ven, caminemos. Me apresuré a alcanzarla y seguimos avanzando en silencio. A nuestro alrededor, la naturaleza era hermosa y tranquila, una versión pura y etérea del mundo que una vez habitó mamá. Pero la calma era solo una ilusión. —Kiral, sé a qué has venido. Su voz, apenas un susurro, se mezcló con el sonido del viento. Nos detuvimos frente a un lago de aguas cristalinas, tan claras que podía ver a los peces nadando en su interior. Tragué en seco. —Yo... yo no sé cómo lo hice —confesé, con un nudo apretando mi garganta. —El amor, Kiral. El amor te ha traído hasta mí. Ella giró su rostro hacia el cielo y cerró los ojos. El viento revolvió su cabello y levantó su vestido blanco, dándole un aire casi fantasmal. —¿Qué sucede? —murmuré, sintiendo un escalofrío recorrerme. —No quiero irme —su voz era tan débil que apenas pude oírla. Mi respiración se detuvo. —¿No quieres volver? ¿No quieres ver crecer a tu hijo? Ella no respondió de inmediato. —Claro que quiero... pero no es fácil, Kiral. —¿Por qué? —mi desesperación era un grito contenido—. Explícamelo, por favor. Me estoy volviendo loco. El silencio nos envolvió, tan denso que apenas podía respirar. Y entonces, todo desapareció. Abrí los ojos de golpe. La luz en la sala de hospital era cegadora. Sebastián me miraba fijamente, como si su vida dependiera de mi respuesta. —Lo siento... pero no pude. Traté de mantener mi voz firme, de no delatar el hecho de que mi alma estaba hecha pedazos. Nadie podía saber que había hablado con ella. Nadie debía saber que Esmeray no quería regresar. Sebastián temblaba. —Por favor... intenta de nuevo. Su voz, su mirada... todo en él era un ruego desgarrador. Pero no podía darle falsas esperanzas. —No —dije con dureza—. No puedo, Sebastián. Él se aferró al borde de la camilla, los nudillos blancos de tanto apretar. Su dolor llenaba la habitación como un eco sofocante. Pero no me detuve. Salí sin mirar atrás. El vidrio del enorme ventanal reflejaba la tenue luz del hospital. Detrás de él, los bebés dormían, ajenos al infierno que los rodeaba. Me acerqué hasta quedar frente a ellos. Ethan y Francesca. Mis sobrinos. Sus cabellos rojos, idénticos al nuestro, eran un lazo inquebrantable con mamá. Suspiré y apoyé mi mano en el cristal. —Lo prometo, pequeños. Ella volverá... aunque se niegue a hacerlo, aunque me odie por obligarla. Porque ustedes no merecen crecer sin su madre. Me alejé con el corazón ardiendo en mi pecho. Cuando llegué a la sala de espera, mamá seguía llorando. Su rostro estaba enterrado en el pecho de mi padre, y sus sollozos eran puñaladas directas a mi alma. Raquel estaba a su lado, con las manos cubriendo su rostro. Su cuerpo temblaba, pero no emitía ningún sonido. Me acerqué lentamente. —Pueden pasar a despedirse —murmuré. Papá levantó la mirada. Sus ojos dorados estaban apagados, cubiertos por un velo rojo. La imagen de un hombre quebrado. —¿Podemos ver a los niños? —preguntó mamá, con la voz rota. —Sí. Son hermosos, madre. Sacaron nuestro cabello. Su boca tembló en una sonrisa efímera antes de volver a romperse en lágrimas. —Oh, diosa... ¿por qué mi bebé? —sollozó—. Volka... nuestra niña... El llanto la ahogó por completo. Mi padre la sostuvo con más fuerza, como si al hacerlo pudiera evitar que se desmoronara por completo. Mi mirada se deslizó hacia Raquel. No se movía. Solo cubría su rostro, respirando con dificultad. —Ven —susurré, tomándola del brazo—. Vamos a casa. Ella me miró confundida. —¿Qué sucede, Kiral? Esmeray acaba de... tenemos que ayudar a Sebastián, a los niños... —Es ahora, Raquel. No te estoy preguntando. Ella dio un respingo ante mi tono. Mi madre me miró con el ceño fruncido, pero no tenía tiempo para sus preguntas. Me giré y caminé hacia el ascensor. Raquel me siguió en silencio. El camino de regreso fue tenso. A través del lazo, sentí la confusión y el miedo de Raquel. Vi por el rabillo del ojo cómo se limpiaba las lágrimas con disimulo. Cuando llegamos a casa, fui directo a mi despacho. Me serví un trago y me quedé mirando el bosque a través de la ventana. La luna brillaba en lo alto, indiferente a nuestro sufrimiento. —Hoy, después de lo que pasó con Esmeray, me di cuenta de algo. Raquel se tensó. —Kiral... sé que esto es difícil para ti, pero... —Me di cuenta de que este mundo es cruel. Que se lleva a las mejores personas y deja a los demás con un sufrimiento insoportable. Giré sobre mis talones y la miré. —Y también me di cuenta de mi error contigo. Raquel frunció el ceño. —¿Qué? Tomé aire. —Nunca debí haberte contado nada. Nunca debí haberte marcado. —Kiral, yo... —No puedo más. No quiero esto. Raquel palideció. —¿Qué estás diciendo...? —Que tengo un hijo, Raquel. Un hijo con otra mujer. Ella ahogó un grito. —El lazo me cegó, me hizo creer que te amaba, pero la verdad es que no. Raquel negó con la cabeza, desesperada. —No... No puede ser. —Lo es. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. —¡Entonces por qué me presentaste ante la manada! ¿Por qué me marcaste? ¿Por qué me dijiste que me amabas? —Porque me presionaron —mi voz se quebró en rabia—. Mis padres, mi hermana, Luz... todo el maldito mundo me obligó a hacerlo. Ella retrocedió, como si la hubiera golpeado. —Eres un maldito hijo de puta —su voz era un filo de acero—. Me hiciste creer que significaba algo para ti. Cerré los ojos. No podía retroceder ahora. —Te rechazo, Raquel. Te destierro de la manada. —¡NOOOO! El dolor nos atravesó como un cuchillo. Raquel cayó al suelo, retorciéndose. Yo me aferré a mi escritorio, sintiendo cómo el lazo se rompía. Cuando todo terminó, ella se puso de pie, respirando con dificultad. —Espero que puedas ser feliz, Kiral —susurró, con la voz destrozada—. Yo de verdad hubiera dado mi vida por ti. Se giró y salió de mi vida para siempre. Cuando la puerta se cerró, mi cuerpo se desplomó. —Lo siento, mi amor... —susurré—. Te amo, Raquel. Siempre te amaré. Pero ya era demasiado tarde.
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