Narrado por Luz
La casa de la manada estaba en completo silencio. Todos se habían retirado a descansar, pero yo aún no podía. Habíamos regresado tarde del hospital, y como beta, tenía demasiadas responsabilidades junto a Marcos.
Pero nada de eso importaba ahora.
Desde el momento en que nos anunciaron la muerte de Esmeray, sentí que algo dentro de mí se rompía. Me negaba a aceptar que mi mejor amiga ya no estuviera. Crecimos juntas, compartimos toda nuestra vida, y perderla era como perder una parte de mí misma.
Había estado sumida en mis pensamientos cuando Marcos se acercó y me dijo que Kiral ya se había enterado. No tuve el valor de ir a verlo. No podía mirarlo a los ojos, porque sabía que su dolor era aún más grande que el mío. Esmeray y Kiral siempre tuvieron un vínculo especial, como si fueran dos mitades de una misma alma.
Más tarde, cuando vi a los gemelos, sentí que el dolor se volvía insoportable. Y Sebastián… verlo tan destrozado me rompió aún más. No dejaba que nadie se acercara al cuerpo de Esmeray, se aferraba a ella como si pudiera traerla de vuelta. No había querido ver a sus hijos porque sentía que los había fallado.
El peso de la noche se hacía insoportable. Estaba en casa, pero el sueño era imposible.
El aire frío de la madrugada me golpeó el rostro mientras salía al patio trasero. Necesitaba un respiro. O al menos algo que calmara el caos en mi interior.
Saqué un cigarro del bolsillo trasero de mis vaqueros y lo encendí con manos temblorosas. Inhalé profundamente, dejando que la nicotina llenara mis pulmones antes de soltar el humo en un suspiro lento.
Y entonces llegaron los recuerdos.
Nuestra infancia, nuestras risas, los momentos en que ella estuvo para mí cuando más la necesité. Un nudo se formó en mi garganta. Quería gritar, golpear algo, matar si era necesario. No podía con este dolor, esta rabia. Me sentía culpable. ¿Podría haber hecho algo más por ella? ¿Si me hubiera apurado más en llegar al hospital…?
Tragué saliva con dificultad y volví a dar una calada al cigarro. No me di cuenta de que mis lágrimas caían hasta que el viento frío las secó contra mi piel.
—Si sigues así, morirás.
La voz me hizo cerrar los ojos.
No. No ahora.
Mi loba corrió dentro de mí, emocionada, pero yo me obligué a mantenerme firme.
—No sería algo malo morir —respondí sin mirarlo.
—No digas eso, Luz.
—Es la verdad —solté una carcajada sin humor—. No le tengo miedo a la muerte, pero sí creo que es una maldita hija de puta que se lleva a quienes no lo merecen.
Inhalé otra vez, manteniendo el humo dentro de mí antes de soltarlo lentamente.
—Nadie merece morir, Luz —su voz fue más suave esta vez—. Sé que lo de Esmeray te duele, que ella era como una hermana para ti.
Su mano tocó mi hombro, y todo mi cuerpo se tensó al instante.
—No quiero hablar de esto contigo —giré sobre mis talones y miré directo a sus ojos—. No te hagas el bueno conmigo después de toda la mierda que me dijiste.
Exhalé el humo en su dirección antes de lanzar la colilla lejos.
—No fue mierda, Luz —se cruzó de brazos, su ceño fruncido—. Fue la verdad. Que no quieras aceptarla no es culpa mía.
Suspiré, agotada. Sin ganas de discutir, le di la espalda y entré a la casa.
Estaba por encerrarme en mi habitación cuando algo me detuvo. Raquel.
Sabía que ella estaba sufriendo. Marcos me había enlazado para decirme que había regresado con Kiral. Necesitaba hablar con ella.
Caminé hasta su habitación y golpeé la puerta una, dos, tres veces. Nada.
La preocupación se instaló en mi pecho. Dudé solo un segundo antes de abrir la puerta… y encontrar la habitación vacía.
¿Estaría en la de Kiral? Mañana la buscaría.
Estaba por marcharme cuando algo en la mesita de noche llamó mi atención.
Un sobre.
Mi nombre estaba escrito en él.
Con el corazón latiendo con fuerza, lo tomé y me senté en el borde de la cama antes de abrirlo con cuidado.
"Mi querida Luz.
Si estás leyendo esto es porque ya me he marchado y no pudimos despedirnos. No sé qué sucedió con Kiral, pero me acaba de confesar una verdad que me ha destrozado. No quería irme, pero quedarme se volvió imposible. No quiero contarte más detalles porque sé que con la pérdida de Esmeray todos estamos mal, y mis problemas no importan en comparación.
Solo quiero que sepas que te amo con mi vida y que siempre podrás contar conmigo. Tienes mi número y mi dirección en París. Porque sí, volveré a París. No puedo quedarme en un lugar donde todo me recuerda a él.
Por favor, no te cierres. Abre tu corazón. Mira lo que pasó con Esmeray, lo que me pasó a mí. Vive, ama, llora. A veces es necesario sufrir para recordar que seguimos vivos.
Con amor, Raquel."
No.
No.
No.
Ella no podía irse. No podía abandonarme también.
Pero si lo había hecho, significaba que realmente no tenía otra opción.
Apreté la carta contra mi pecho, sintiendo el peso de sus palabras.
No lo pensé dos veces. Me levanté y salí al pasillo, caminando con paso firme hasta la puerta de su habitación. El aroma que me envolvió me erizó la piel.
Levanté el puño y golpeé.
Silencio.
Toda mi valentía comenzó a desmoronarse.
Estaba a punto de regresar a mi habitación cuando su voz me detuvo.
—¿Qué sucede, Luz?
Cerré los ojos, tragándome el nudo en mi garganta. Luego, sin dudarlo, me giré y avancé hacia ella.
—Quiero que sepas que me arrepiento de todo lo que te hice pasar. Cada palabra hiriente, cada vez que te traté mal… me dolió más a mí. Me partía el corazón lastimarte. Me moría de celos cuando alguien se acercaba a ti, cuando les regalabas esa sonrisa tuya que podría deslumbrar hasta la luna.
Tomé aire antes de continuar.
—Te amo. Desde el primer momento en que te vi. He sido una maldita perra egoísta, preocupándome por lo que dirán en vez de luchar por lo que quiero. Pero ya no más. Si me quieres, quiero intentarlo. Quiero estar contigo el resto de mi vida. Quiero besarte sin miedo. Quiero hacerte el amor. Quiero todo contigo.
—Te amo, Luz —susurró Laura con una intensidad que me dejó sin aire—. Te amo desde la primera vez que te vi bajar de ese auto queriendo juntarme con Marcos.
Una carcajada compartida, un roce de manos, y luego nada más importó.
Nos devoramos en un beso hambriento, desesperado, nuestros cuerpos pegándose con una necesidad abrasadora. La piel ardiendo, los suspiros entrecortados.
Entramos en su habitación, y aquella noche no hubo más dolor, solo pasión, deseo y el amor que habíamos reprimido demasiado tiempo.
Laura era fuego en mis manos. Su piel ardía bajo mis labios, sus gemidos eran la melodía más hermosa que había escuchado en mi vida.
Y cuando nuestros cuerpos se unieron, supe que nunca más volvería a negarme a ella.
Porque Laura era mi destino. Y yo, el suyo.