Lo que el pasado despierta.
Gabriel Montoya leyó el expediente por tercera vez.
Las palabras no habían cambiado, pero algo dentro de él sí. Las fechas seguían ahí, frías, exactas, imposibles de ignorar.
Embarazo registrado.
Parto: ocho meses después de su salida al extranjero.
Gabriel dejó caer el folder sobre el escritorio y se llevó ambas manos al rostro. El desconcierto lo golpeó con una fuerza que no había previsto. Durante años había pensado que su historia con Elena terminó de forma dolorosa, sí, pero definitiva. Nunca —ni una sola vez— había considerado la posibilidad de algo más.
Un hijo.
—No… —susurró, negando con la cabeza—. No puede ser.
Se levantó y comenzó a caminar por la oficina, incapaz de quedarse quieto. Recordó a Elena joven, decidida, sentada en los pasillos de la universidad, hablando de sueños que parecían demasiado grandes para el mundo que les había tocado.
El expediente continuaba.
Universidad abandonada.
Motivo: maternidad y falta de recursos.
Gabriel se detuvo en seco.
—Dejaste todo… —murmuró—. Y yo estaba allá, estudiando, creciendo, avanzando… sin saber nada.
La imagen lo atravesó con crudeza: Elena sola, embarazada, enfrentando miradas, juicios, noches sin dormir, decisiones imposibles. Mientras él construía un futuro, ella sostenía una vida.
—Dios… —susurró—. Te dejé sola.
Aún no había pruebas definitivas. No había una confirmación absoluta. Pero el peso de la sospecha era demasiado grande para ignorarlo.
—Si es mío… —dijo en voz baja—. Si tengo un hijo…
El silencio no respondió.
Pero algo dentro de Gabriel ya había cambiado para siempre.
Esa misma noche, Valeria caminaba junto a Sebastián por el pasillo del edificio, todavía con el eco del triunfo resonándole en el cuerpo. La celebración, la cena, las confesiones… todo había sido demasiado intenso para procesarlo con calma.
El ascensor llegó.
Entraron.
Las puertas se cerraron y, de pronto, el espacio se volvió demasiado pequeño. El silencio, demasiado denso.
Sebastián la miró.
Valeria también.
No hubo palabras. No hicieron falta.
Sebastián dio un paso hacia ella y la besó. No fue un beso contenido ni cuidadoso. Fue urgente, profundo, cargado de todo lo que se habían estado negando durante semanas.
Valeria se aferró a su abrigo, sorprendida por su propio atrevimiento, por la forma en que su cuerpo reaccionó sin pedir permiso. Sebastián la sostuvo con firmeza, como si necesitara sentirla real, ahí, con él.
El ascensor subía, pero ninguno de los dos lo notó.
Cuando las puertas se abrieron, salieron casi sin separarse, riendo entre besos contenidos, respiraciones agitadas.
Entraron al apartamento.
La puerta se cerró detrás de ellos y el beso continuó con la misma intensidad, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Sebastián la apoyó suavemente contra la pared, besándola con hambre, con una necesidad que lo sorprendía incluso a él.
Valeria sintió el corazón desbocado, la piel sensible, la cabeza nublada.
—Sebastián… —murmuró, sin saber si era una advertencia o una súplica.
Él apoyó la frente en la de ella, respirando hondo.
—Dime que pare —dijo con voz baja—. Y paro.
Valeria negó lentamente.
—No quiero.
Ese susurro fue suficiente.
Sebastián la besó otra vez, más lento ahora, más consciente, como si quisiera memorizar cada reacción, cada estremecimiento. Sus manos recorrían su espalda con firmeza, pero sin prisa, provocando una mezcla peligrosa de seguridad y deseo.
Valeria cerró los ojos, dejándose llevar, sabiendo que estaba cruzando una línea… y que ya no quería regresar.
El beso se convirtió en una promesa silenciosa.
Nada más.
Nada menos.
Esa misma noche, Elena no lograba conciliar el sueño.
La casa estaba en silencio, pero su mente no. Sentada al borde de la cama, con una taza de té ya frío entre las manos, miraba un punto fijo sin verlo realmente. Gabriel había vuelto. No como un recuerdo, no como un nombre que dolía en silencio, sino como una presencia real, cercana… inevitable.
—¿Cómo será volver a mirarte a los ojos? —susurró para sí.
Se levantó y caminó hasta la ventana. La ciudad seguía viva, indiferente a su tormenta interna. Durante años había ensayado ese encuentro en su cabeza: mil versiones distintas, mil finales posibles. En algunos, ella era fuerte. En otros, fría. En casi todos, el corazón le temblaba igual que ahora.
Gabriel Montoya.
El hombre al que había amado sin condiciones. El hombre al que prometió esperar.
Y lo hizo.
No hubo otros. No porque no tuviera oportunidades, sino porque nunca pudo mentirse. Cada intento de rehacer su vida terminaba igual: comparaciones silenciosas, ausencias que nadie lograba llenar, un nombre que regresaba sin permiso.
—Te esperé… —murmuró, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Tal como te lo prometí.
Pensó en Valeria, dormida en su habitación, ajena a la tormenta que se avecinaba. Pensó en todo lo que había callado, en todo lo que había cargado sola. En las noches de cansancio extremo, en los miedos, en la fuerza que tuvo que inventarse cuando no tenía de dónde sacarla.
Y entonces, el teléfono sonó.
Elena se sobresaltó.
Miró la pantalla.
Número desconocido .
Su mano tembló al tomar el celular. El corazón comenzó a latirle con una intensidad que no sentía desde hacía años. Por un instante pensó en no responder. En dejar que sonara. En protegerse.
Pero no pudo.
—¿Hola? —respondió, con la voz apenas firme.
Del otro lado, el silencio fue breve, cargado.
—Elena… —Hola soy Gabriel.
Su nombre, en su voz, la desarmó y hubo un silencio por varios segundos.
—Hola, Gabriel —contestó, cerrando los ojos.
—Perdona que te llame tan tarde —continuó él—. Sé que es inesperado, pero… necesitaba escucharte.
Elena apoyó la espalda en la pared, como si las piernas ya no pudieran sostenerla.
—Lo entiendo —dijo, aunque no entendía nada.
Gabriel respiró hondo antes de continuar.
—Quisiera verte. Mañana, si es posible. Invitarte a desayunar.
Elena abrió los ojos de golpe.
—¿Desayunar? —repitió, más para ganar tiempo que por confusión.
—Sí —respondió él—. Quiero verte. Hablar contigo. Hay cosas que… necesito aclarar.
El silencio se volvió espeso.
Elena sintió que el pasado entero se le venía encima. Todas las emociones que había mantenido bajo control durante años comenzaron a empujar desde adentro. El amor que nunca se fue. El miedo. La esperanza que juró no volver a alimentar.
—Gabriel… —dijo, y su voz se quebró apenas—. Han pasado muchos años.
—Lo sé —respondió él con suavidad—. Y aun así, aquí estamos.
Elena apretó los labios.
Aceptarlo significaba abrir una puerta que jamás había logrado cerrar del todo.
—Está bien —dijo finalmente—. Desayunemos.
Gabriel exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración.
—Gracias —dijo—. Pasaré por ti a las ocho.
La llamada terminó, pero Elena siguió mirando el teléfono durante largos segundos.
Se dejó caer en la cama.
El corazón le latía con fuerza, con miedo… con amor.
—Dios mío… —susurró—. Aún lo amo.
Y lo supo con certeza:
algunas promesas no se rompen.
Solo esperan.