Capítulo:3

502 Words
Las promesas que empiezan en casa. La casa olía a café recalentado y a cansancio. Ese cansancio que no se dice, pero se siente en las paredes. —Llegaste —dijo mamá desde la cocina. —Sí —respondí, dejando el bolso sobre la silla—. Y no llegué tarde. Eso la hizo sonreír sin voltear. Me senté a la mesa mientras ella terminaba de servir la cena. Tenía las manos ásperas, marcadas por años de trabajo. Pensé en todo lo que había cargado sola… y en lo poco que se había quejado. —¿Cómo te fue? —preguntó al fin. Respiré hondo. —Bien. Mejor de lo que esperaba. Le conté del edificio, de la entrevista rápida, del puesto. No entré en detalles innecesarios. No quería preocuparla. —El sueldo es bueno, mamá —añadí—. Muy bueno. Ya no tendrás que hacer horas extra. Dejó la cuchara en la mesa. —Valeria… —En serio —la interrumpí—. Ahora me toca a mí. Tú puedes descansar un poco. Sus ojos se llenaron de algo que no supe si era alivio o miedo. —Siempre supe que llegarías lejos —dijo, acariciándome la mano—. Solo prométeme que no te perderás en el camino. Asentí. Sin saber lo difícil que sería cumplirlo. ⸻ Un rato después, tocaron la puerta. —¡Camila! —dije al reconocer su voz. Entró como siempre: sin pedir permiso y con una sonrisa enorme. —Vengo a celebrar —anunció—. ¿O ya eres millonaria y no recibes visitas? —Todavía no —reí. Nos sentamos en mi habitación. Camila me miró con esa expresión que solo usa cuando quiere saberlo todo. —Entonces… cuéntame del trabajo. Y no me mientas. —Es como otro mundo —dije—. Todo es grande, ordenado, frío. —¿Y el jefe? Suspiré. —Es… complicado. —Eso no responde mi pregunta —sonrió—. ¿Es guapo? —Camila… —Valeria. —Sí —admití—. Lo es. Aplaudió en silencio. —¡Lo sabía! ¿Y tú qué? ¿Ya te miró como se mira a alguien? —Me miró como si ya supiera cosas de mí —respondí—. Y eso me inquieta. Camila frunció el ceño. —Eso no suena bien. —Hubo un encuentro antes de la entrevista —confesé—. Nos chocamos en la calle. Lo insulté. Me insultó. Fue horrible. Camila abrió los ojos. —¿Y ese hombre es tu jefe? Asentí. —El CEO. —Ay, amiga… eso no es destino, eso es una advertencia. Reí, intentando restarle importancia. —Solo fue incómodo. Pero mientras lo decía, su sonrisa peligrosa volvió a mi memoria. La forma en que me miró. Como si ya me estuviera esperando. Esa noche me acosté pensando que había tenido un buen día. Un día que cambiaría muchas cosas. No sabía que algunas oportunidades llegan disfrazadas de milagro… y se quedan como trampas.
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