Declan
Salí de la sala de cuidados especiales donde se encontraban los pacientes con alguna enfermedad terminal quitándome el cubrebocas y los guantes cuando la enfermera me lo indicó. Había organizado hace un par de semanas la visita anual a uno de los hospitales de Londres que me encargaba de hacer por mi cuenta desde que era futbolista profesional. Pero tenía desde los diez años visitando hospitales alrededor del país con mi madre, en su mayoría llevando comida que los enfermos pudieran disfrutar por un día que no fuera la comida insípida del hospital.
Mi madre era la persona más bondadosa y amable que pudiera existir, era la persona que se encargaba de ayudar, dar y compartir con aquellos que tenían poco. Me había inculcado que, así como recibía debía dar, era el circulo de la vida para que todo volviera a mi multiplicado, y la manera de mantenerme con los pies sobre la tierra. Era un acto que no me costaba nada e incluso gozaba.
Conocía a personas increíbles durante mi pequeña estancia, los doctores y enfermeras hacían un trabajo excelente para ayudar a los enfermos y yo me encargaba de alegrar su día un par de minutos. Aunque debo confesar que cada que salía del hospital mi estado de ánimo era diferente. En su mayoría era tristeza, sabía que algunas de las personas no tenían cura y sus días estaban contados. Lo cual odiaba porque en su mayoría algunos eran demasiado jóvenes o niños que tenían mucho por delante, pero era parte de la vida. Una vida que a veces era injusta y que me enseñaba a valorar lo que tenía; buena salud.
Agradecía a mi madre por haberme enseñado este medio de gratitud, porque me hacía más humano y menos egoísta, una de las razones por las que me preocupaba tanto por mi familia y amigos. No me importaba quedar como el cursi cuando se trataba de amor, o el villano cuando se trataba de defender y cuidar a mis amigos o el exagerado cuando se trataba de alguna enfermedad y los obligaba a ir al doctor, todo fuera por verlos felices y contentos.
No había perdido a nadie, y no quería hacerlo.
Aunque un hospital no era agradable, éste hacía el esfuerzo por no parecer tan aterrador. Las paredes blancas y los pisos limpios eran una buena señal para no querer salir corriendo. Las sillas en las salas de espera no eran las mejores, eran de plástico y bastante incomodas para largas horas de espera. Pero al menos la cafetería funcionaba las veinticuatro horas, los siete días de la semana.
—Gracias, Declan —habló uno de los doctores— Gracias por tu ayuda y lo que haces por nuestros enfermos, ningún otro futbolista se había tomado el tiempo de hacer este acto por su cuenta. Siempre vienen con el equipo en temporada navideña.
—No hay de que. Es algo que disfruto mucho y que debería hacerse durante todo el año, no solo en temporada navideña —respondí—. ¿Por qué hacerlo sólo en diciembre? Las personas que se sienten culpables quieren hacer su momento de caridad en navidad por ser una noche mágica en la que nadie debería sentirse menos, pero ¿y el resto del año? ¿qué hay de los demás enfermos los otros 364 días?
Traté de sonar lo más tranquilo posible, pero en el fondo me molestaba un poco aquellos actos de caridad. Aquellas campañas para donar juguetes, ropa o los comedores que proporcionaban comida para aquellos que lo necesitaban, no me terminaban de convencer. No me mal entiendan, no tenía nada en contra de ellas, me parecían una buena iniciativa, pero me molestaba el hecho que cuando más se escuchaban aquellos programas eran en temporada navideña. Era algo muy comercializado, absurdo y sin sentimientos.
Todo el mundo merecía ser amado los 365 días del año por el resto de sus vidas, no importaba en qué situación se encontrarán. Por esa razón iba a los hospitales, casas hogares o asilos cada que mi trabajo me lo permitía. Y siempre lo hacía solo, porque Laura decía que ir a esos lugares la enfermaba o deprimían. Nunca pregunté la razón exacta, no la iba a obligar a hacer algo que no quería y mucho menos le nacía, pero muy en el fondo sabía que convivir con enfermos, huérfanos y ansíanos le daba asco.
—El mundo necesita más personas como tú, con los pies sobre la tierra y un gran corazón… —alagó el doctor antes de que una enfermera se acercara a decirle algo al oído— El deber llama, fue un placer tener tu visita, Declan, y éxito el resto de la temporada —Me animó.
Agradecí con una pequeña sonrisa, antes de que desapareciera en una de las habitaciones continuas.
Satisfecho con el gran día que tuve me di media vuelta para salir de las instalaciones e irme a casa, pero algo llamó mi atención. Por los pasillos caminando deprisa miré a una pequeña silueta con cabello oscuro que me parecía bastante familiar.
—¿Sofía? —pregunté en voz alta llamando su atención— ¿Qué haces aquí?
Se giró alarmada y nuestras miradas se cruzaron. Di un par de pasos hacía ella sin romper aquel pequeño momento. Algo en su mirada pedía ayuda, sus ojos estaban ligeramente enrojecidos y se mordía el labio inferior nerviosa. Estaba conteniendo unas lágrimas que no tardaron en manifestarse tan pronto me vieron.
Confundido y preocupado no dudé en envolverla en un fuerte abrazo. Su pequeño cuerpo temblaba entre mis brazos, y soltaba pequeños sollozos. No tenía la más mínima idea de qué era lo que estaba pasando, pero estaba seguro de una cosa y era que Sofía necesitaba ayuda.
—¿Es usted el familiar de la señorita Gálvez? —interrumpió una enfermera.
Desorientado solo atiné a asentir.
No sabía quién era la señorita Gálvez, pero intuí que se refería a Sofía.
—Llegó justo a tiempo. La señorita Gálvez ya no está reaccionando al primer tratamiento, y el doctor ordenó que le aplicaran una infusión, pero al ser un medicamento fuerte siempre solicitamos que los acompañe un familiar…
La enfermera seguía hablando, pero yo solo miraba como movía sus labios. Su información me había caído como valde de agua fría, era demasiada que necesitaba tiempo para procesarla.
¿Sofía estaba enferma? Y yo no sabía.
Instintivamente, mi chip preocupón se activó y lo único que podía pensar era en que por favor su enfermedad no fuera alguna de las miles que cruzaban mi cabeza.
—¿Joven? —Llamó mi atención la enfermera. Parpadeé rápido y volví a asentir incapaz de poder articular una palabra— Puede acompañar a su novia a la sala de quimioterapias, por favor.
Mis brazos seguían envueltos en Sofía quien tenía su rostro oculto en mi pecho, y agradecía que estuviéramos abrazados porque su cuerpo me servía de soporte para no caerme. Una parte de mí no quería pensar que Sofía tuviera cáncer y la otra me decía que sí. Quería creer que solo debía ir a la sala de quimioterapias por una inyección o pastillas.
—No es como parece —murmuró Sofía separándose de mí y siguiendo a la enfermera por el largo pasillo.
Caminé a paso rápido acortando la distancia y entrelacé nuestras manos. Me observó confundida y a la vez sorprendida por mi acto, apreté ligeramente su mano y le regalé una sonrisa reconfortante. Sabía que ante aquel acto ponía demasiadas cosas en juego, como por ejemplo que alguien nos tomara una foto y rondara los encabezados. Cosa que, en ese momento, no me importó. Lo único que me importaba era apoyarla y animarla en lo que fuera que estuviera pasando.
Desconocía porque Memphis no estaba con ella. Tal vez una visita de rutina no había salido como pensaba, pero ahora que estaba yo allí no la dejaría sola.
Nunca había entrado a la sala de quimioterapias, porque era un lugar especial en el que solo los familiares de los que estaban ahí podían entrar y pare ser honestos, nunca creí que llegaría a conocerla. Era bastante amplia y vacía. Era una habitación blanca como todas las demás, con alrededor de quince sofás de piel color beige distribuidos por el lugar. A lado de cada uno había pequeñas maquinas que programaban con el medicamento y sonaban cuando éste se terminaba. Al fondo había un escritorio con una enfermera que se encargaba de llenar la información de los pacientes mientras que los otros tres enfermeros tomaban el material que necesitaban de la mesa contigua.
En la sala solo había siete pacientes, de los cuales la mayoría estaban dormidos y el resto observando alguna película de la televisión colgada en la pared. Sofía se sentó en el sofá más alejado del resto de pacientes, pero a la vez más cerca del escritorio. No estaba de ánimos para platicar con otras personas.
La enfermera trajo un carrito lleno de algodón, alcohol y todo el material necesario para canalizar a la chica. Sofía desvió la vista evitando observar la aguja, aun cuando la enfermera le avisó que solo sería una pequeña molestia.
—¿Memphis sabe? — pregunté frente a ella tratando de distraerla y a la vez saber si debía avisarle a mi amigo. Me observó confundida— ¿Sabe que estas en el hospital? —Negó con la cabeza— ¿Quieres que le llame…?
—¡No! —Se apresuró a decir y soltó un pequeño gemido de dolor cuando la enfermera ajustó la aguja con cinta adhesiva— No quiero preocuparlo.
—Está bien —respondí no muy convencido.
La enfermera se retiró dejando a Sofía canalizada por las próximas tres horas.
Me senté en uno de los bancos frente a ella un poco afligido, no quería preocuparme sin antes saber la verdad, pero no podía evitarlo. Mi mente reproduciendo mil posibles escenarios me atormentaba.
—No me veas así —habló mientras se recostaba en el sofá—. Pregúntame cualquier otra cosa, Declan, menos lo que sé que estás pensando.
Su rostro reflejaba una mezcla de sentimientos: preocupación, cansancio y miedo. Sus mejillas ligeramente enrojecidas y sus labios partidos por el frío me incitaban a querer besarlos y aunque quería verla con otros ojos, no podía. Quería verla como mi amiga y nada más, sin embargo, me sentía atraída por ella.
Muy en el fondo quería creer que era solo atracción física, pues no la conocía lo suficiente para que su personalidad o su carácter me hicieran sentir como si tuviera quince años: nervioso y enamorado. Pero es que después de aquella noche en mi cumpleaños era como si hubiéramos conectado, no sentía la necesidad de saber cuál era su color favorito o cuáles eran sus manías.
Asentí ante su petición.
No la obligaría a decirme algo que tal vez ella no estaba lista para contar y fuera lo que fuera yo esperaría.
—¿Declan? ¿Crees que la vida es injusta? —preguntó de repente con los ojos cerrados.
Guardé silencio. Me había tomado con la guardia baja. ¿Acaso era una pregunta capciosa?
—¿Por qué lo dices? —pregunté un poco incómodo.
Necesitaba ganar tiempo para pensar la respuesta. Esa pregunta se sentía como pregunta de examen en la que mi respuesta podía ponerme en una posición difícil. Era como un problema matemático, al principio parecía complicado, pero solo necesitabas pensar y razonar para llegar a la solución.
—Simple curiosidad —justificó, no muy convencida.
—Creo que Dios no nos pone más de lo que no podamos tolerar —respondí con las palabras que mi madre me decía cada que sentía que algo me sobrepasaba.
Guardó silencio sopesando su respuesta.
—Pues yo digo que se vaya a la mierda —expresó molesta—. No me ha dado más que dolor.
—Y a mí me ha puesto contra la espada y la pared —quise decir— ¿A qué te refieres? —pregunté aún más confundido.
El silencio y la falta de respuesta me indicaron que se había quedado dormida como efecto del medicamento. Me quedé ahí sentado observándola dormir, mientras me preguntaba qué era aquel dolor al que se refería y si Memphis sabía todo esto.
Tenía muchas preguntas y pocas respuestas.
Un par de horas después la máquina indicando que el medicamento había terminado y una enfermera apagándola la despertaron.
—Listo. Nada más quito el catéter y puedes irte a casa —informó tomando un algodón.
—Gracias —murmuró Sofía soñolienta.
—Parte de los efectos secundarios son cansancio, mareo o nauseas. Si sientes algún otro dolor o síntoma ven a urgencias para que te atiendan —Asintió y le tendí mi mano para ayudarla a levantarse—. Que tengan bonito día y nos vemos en consulta, Sofía.
Al salir de la sala soltó mi mano y la llevó a su brazo en un intento por darse calor mientras caminábamos a la salida. No lo pensé dos veces y me quité la sudadera colocándola sobre sus hombros, si aquí se estaba muriendo de frío en cuanto pusiéramos un pie al aire libre se congelaría.
—Te llevo a casa —informé firme al salir del hospital.
Sofía no dijo nada y caminó detrás de mi hasta mi auto. No podía dejar que se fuera sola en el transporte público y si se rehusaba era capaz de irme con ella con tal de saber que había llegado con bien.