—¿Pasa algo? —me pregunta Sebastián.
Yo lo miro indecisa.
—No, solo quería revisarlo bien.
—¿No confías en mí? —me pregunta con una sonrisa pícara.
—¿En serio quieres que responda a esa pregunta?, no te va a gustar la respuesta...
—Tienes razón, mejor firma y acabemos con esto —me dice muy serio de repente, la sonrisa de hace un momento ha desaparecido.
Lo hago, tomo aire y firmo, no hay marcha atrás, en unas semanas seré su esposa, con todos sus pros y sus contras.
—Muy bien, pequeña, ahora empieza nuestra verdadera aventura —me dice cogiendo el papel y dandóselo al abogado —.Listo, gracias, Fer, te llamaré más tarde para consultarte sobre el negocio —le dice al abogado, el cual ahora sé que se llama Fer, a mi ni me ha mirado.
—Vale, Sebas, suerte.
—No la necesitaré —sonríe mi prom..., mi prometido, todavía no me acostumbro a esa palabra.
¿Qué quiere decir con eso?, ¡suerte!, ¿ni que fuera una especie de apuesta o un décimo de lotería?, pero lo que me preocupa no es eso, sino la sonrisa al mirarme de Sebastián, es..., turbia.
Cuando el tal Fer se va, Sebastián lo acompaña, yo aprovecho para recoger mis cosas e irme, no quiero quedarme sola con él, sé que tarde o temprano no tendré más opción, pero mientras pueda evitarlo, lo haré.
Cojo a mi sobrino, mi mochila, o más bien de Juan y me dirijo hacía la puerta.
—¿Ya te vas? —me pregunta Sebastián acercándose a mí de vuelta.
—Sí, tengo cosas que hacer —le respondo, no es cierto, mi agenda está completamente vacía desde lo de mi hermana.
De repente está tan cerca, tan pegado a nosotros, que puedo oler su perfume, su esencia varonil, y ahora no estoy hablando de la artificial, sino de la suya, la que emana su piel, su calor.
—¿Dónde te gustaría ir de luna de miel? —me pregunta suavemente.
¿Está mirando mis labios?, ¡sí, maldita sea!, ¡me quiere besar!, pues pronto decide destrozar nuestro pacto.
—A ningún sitio, no es de verdad, recuérdalo —le contesto firme y seria.
—Lo sé, preciosa, pero tenemos que mantener las apariencias, así que haremos todo lo que hace una pareja enamorada de verdad, como la luna de miel.
Yo suspiro exasperada, pienso rápido.
—Donde quieras, me da igual.
—Perfecto, te sorprenderé —me dice según se acerca más a mí.
Sus labios rozan los míos, tengo a mi sobrino en brazos, así que me cuesta empujarlo, la pared está detrás de mí, sin querer me centro en su boca, en la humedad de su lengua, en los labios perfectos.
Mi corazón empieza a ir muy deprisa, mi mente se nubla aunque lucho para que reaccione, ¡está tan cerca!, ¡mierda, me va a besar y como una idiota yo le voy a dejar!
—Esta noche te iré a buscar para llevarte a cenar, ponte un vestido bonito —me susurra sonriendo.
¡Lo peor es que hasta esa puñetera sonrisa es tan bonita que te rompe!, ¡no podré tenerlo a mi lado dos años!, ¡no podré!
—Vale, ¡adiós! —le digo moviéndome a un lado y saliendo de su piso rápido.
En el ascensor vuelvo a pensar, respirar y aclarar mis ideas, "¡bajo ningún concepto dejes que te bese o te toque!", me ordeno mentalmente.
Llego a casa, mi padre se levanta velozmente del sofá, nunca se levanta tan rápido como hace últimamente.
—¿Y?, ¿ya has firmado? —me pregunta impaciente.
¡Oh, por eso!, ahora sí tiene sentido, quiere saber si pronto podré darle dinero para sus vicios, ¡qué padrazo!, nótese el sarcasmo.
—Sí, papá, ¡hola a tí también! —lo reprendo indirectamente.
—¡Déjate de hola!, ¿cuándo os casáis?
—No lo sé, papá, no hemos puesto una fecha, primero tenemos que fingir estar enamorados.
—¡No la cagues ahora!, ¿me oyes?, ¡si es necesario hazle creer que estás loca por él!, ¡igual que la ingenua de tu hermana!, solo que esta vez jugamos con ventaja...
Me asusta como habla mi padre, como si yo hubiese planificado todo esto, como si fuese una ladrona, manipuladora, como si fuese una caza fortunas.
Recuerdo que hoy pasará a buscarme Sebastián para cenar, no puede ver a mi padre, más bien mi padre a él, temo lo que dirá, es capaz de darle su consentimiento para tomarme a la fuerza, se cree que esa decisión es suya, tengo que buscar la manera de que Sebastián no venga aquí.
Son las ocho y media, Sebastián me mandó hace un rato un mensaje que a las nueve estaría aquí, me cambio de ropa, cojo a mi sobrino y sus cositas, salgo de casa y me alejo, ya a minutos de las nueve, llamo a Sebastián.
—¿Sí, preciosa?
—¡Lina!, ¡llámame Lina! —le grito, me cabrea que use apelativos cariñosos conmigo.
—Vale, Lina, dime, ya estoy saliendo de la oficina.
—No estoy en casa, he salido a pasear.
—¿En serio?, ¡son casi las 9!
—Ya, bueno, Juan no se dormía y pasear siempre lo calma —miento, obviamente, mi sobrino lleva rato en el quinto sueño.
—Está bien, salgo a buscarte ya mismo, mándame tu ubicación y no te muevas de ahí.
—Como quieras —le cuelgo.
Doy vueltas en círculo mientras espero, su tono de voz ha sido extraño, como si desconfiara de mí, aunque tiene motivos, creo que nunca había mentido tanto como hago como desde que lo he conocido.
No tarda en llegar en su lujoso coche, siento cierta rabia, ¿cree que porque tiene dinero puede hacer lo que le dé la gana?, ¿qué puede ir destrozando corazones y utilizando a las mujeres?
Por lo menos es educado, baja rápido y me ayuda con el carrito, ¡qué menos!, es su hijo al fin y al cabo, aunque no lo parezca, él encoge el carrito y lo guarda en el maletero mientras yo coloco al bebé con su sillita.
Se me complica la tarea al ser de noche, no veo los broches para encajarlo bien y tenerlo bien sujeto.
—¡Mierda! —exclamo exasperada.
Sé que no estoy molesta por esto, en realidad es la rabia que empezó a crecer días atrás dentro de mí, la muerte de mi hermana, la actitud de mi padre, el chantaje de Sebastián y lo último, pero no menos importante, que me sienta atraída por él, por este cretino que tanto daño ha hecho a mi familia.
—¡Esa boquita!, espera, te ayudo —me ordena colocándose a mi lado.
Está muy cerca de mí, me empiezo a incomodar, su brazo bien formado me roza, su cara está casi pegada a la mía, y como buscándome las cosquillas, cruza un brazo por encima de mi espalda.
—Yo sujeto la sillita, atalá —es su explicación para tenerme acorralada.
Asi me siento, en todo caso, puede ser que todo sean imaginaciones mías, que sea yo la única que sienta tan íntima su cercanía.
Por fin lo conseguimos, pero él no se aparta, mira al bebé y sonríe, me pregunto en qué estará pensando, ¿estará cogiendo cariño a su hijo?, ¿será que no había asimilado la realidad?
Corta mis pensamientos cuando la mano que estaba por encima de mi cuello empieza a acariciar la nuca, me quedo muda, suspirando por un idiota, me acerca a él suavemente, y me besa.
El beso es cálido al principio, muy dulce, pero entonces introduce la lengua y no puedo evitar excitarme, sin querer suelto un gemido, sigue jugando con su lengua dentro de mi boca, buscando la mía y empezando a hacer esto insoportable, a impacientarse, lo sé porque su mano está bajando por mi pecho buscando la entrada de mi camiseta.
—¡No!, ¡para! —le grito en cuanto consigo reaccionar, él no responde, ni pregunta, solo me mira intrigado —.Vamonos por favor —le digo dirigiéndome al asiento del copiloto.
Se sienta en el de conducir y arranca, sigue en silencio, lo miro de reojo fingiendo que me acomodo en el asiento, su expresión es de rabia, ¿está enfadado porque lo he rechazado?, pues ya puede ir acostumbrándose, fui muy clara, nada de sexo.
Ninguno cede durante el pequeño trayecto, el silencio gana, me ha traído a un restaurante de los más conocidos de Teruel, uno que yo no me puedo permitir, bajo del coche y saco a mi sobrino con su sillita, él saca el carrito donde lo acoplaré ahora.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me pregunta evidentemente frustrado de golpe.
—¿A mí?, nada.
—¿Y por qué me has apartado cuando es obvio que te estaba gustando tanto como a mí?
¡Estaba en lo correcto!, ¡sabía que le molestaría!, intento no soltar una sonrisa triunfal, no todavía, ahora ya conozco su punto débil, el ego, el rechazo, algo que usaré una vez estemos casados.
—Ya te avisé, nada de sexo.
—¡Un beso no es follar! —grita vulgarmente.
—¡No hables así! —le digo colorada cuando todos nos miran.
Él también es consciente de los ojos clavados en su persona, se acerca y baja la voz.
—Hablaremos de esto en otro momento, ahora finge que estás enamorada de mí, ¿podrás hacerlo?, ¿o es mucho pedir a la señorita?
—Pues no lo sé, lo veo complicado, tendrás que correr el riesgo... —le digo sonriente adelantándome con el pequeño.
Lo escucho resoplar, suelto una risa suave para que no se dé cuenta de lo que pienso, de la gracia que me está haciendo en este momento.
Entramos al restaurante, un camarero vestido de traje nos guía hasta una mesa, he de decir que es asombroso lo que el dinero puede lograr, no sé cuánto le habrá costado, pero nos dan una apartada con vistas a la gran escalera y el paisaje hacía las montañas, una vista preciosa.
No se lo digo, permanezco fingiendo desinterés, no soy un lugar que pueda pagar, ni mucho menos podrá comprarme con ropa bonita.
El camarero nos trae la carta, la observo sin entender nada, carraspeo por los nervios y me muevo en la silla.
—¿Necesitas ayuda? —me pregunta Sebastián sonriendo.
—¡No!, ¡qué va!, entiendo el francés —le digo dispuesta a correr el riesgo de pedir algo que no me guste con tal de borrar esa sonrisa.
—Entonces tienes un problema, porque no está en francés, son diferentes platos europeos.
—Me apañaré —contesto sin mirarlo.
Después de que nos tomen nota miro a mi sobrino, está dormido, no me importaría que ahora se despertase, no estaría tan incómoda.
—Mírame —me ordena repentinamente Sebastián.
Lo hago sin saber el porqué de su orden, entonces me pierdo en sus ojos serios, en el brillo que emanan y la sensualidad con la que me mira.
Me coge la mano, la suya está suave pero tiene algunas marcas, me sorprende, alguien nacido en cuna de oro, como él, esperaba que tuviera una piel lisa.
—Me voy a levantar y te voy a besar, no te asustes —me informa muy serio.
Me quedo en silencio, sobre todo porque la forma en la que lo ha dicho me ha hipnotizado, mi corazón vuelve a latir desbocado y siento cosquillas en el estómago.
Se pone de pie, se acerca a mí, acaricia mi mejilla dulcemente y acerca sus labios hasta rozar los míos, cuando éstos se juntan su lengua entra en mi boca y se vuelve caliente, es tan intenso que vuelvo a reaccionar a él.
Se aparta despacio y me mira a los ojos, creo que voy a tener un orgasmo sin tan siquiera tocarme.
—Hay un periodista en la mesa de atrás, le han debido contar la reserva, así que fingiremos hasta que se vaya —me cuenta con voz bajita.
Me duele, ¡para qué voy a mentir!, mientras yo me derrito con sus besos como una adolescente en su primer amor, él solo estaba pensando en el periodista, actuando y clavando su papel en esta obra.
Me da otro beso suave antes de volver a su sitio con una sonrisa, pero vuelve el silencio, ninguno sabe que decir, está más que claro que somos como la noche y el día, no tenemos nada en común.
Comemos el primero en silencio, por suerte me ha salido bien la elección, resulta que era una especie de sopa ligera deliciosa, luego traen el segundo, un pescado con salsa amarilla, reconozco que está delicioso, miro el plato de Sebastián, tiene buena pinta, él también ha escogido un pescado, pero en su caso lleva ostras y langostinos con la salsa.
—Pruébalo —me pide mientras coge un poco de cada alimento con el tenedor y lo acerca a mis labios.
Sí, desde luego está tan bueno como parece, lo degusto complacida, él sonríe.
—Hay más cosas que podrás disfrutar en tus labios cuando estemos casados —salta él provocando que tosa y me atragante.
Toso sin querer , la comida se me ha ido por otro lado, bebo agua para que pase y me consigo calmar, lo miro con rabia.
—¿Qué?, ¿acaso eres virgen?
—¡No!, eres tan vulgar... —le contesto esperando herirlo y cabrearlo, él se lo está buscando.
—No dirás lo mismo cuando ruegues.
Vuelvo ha atragantarme, esta vez con el agua, no aguantaré el resto de la cena si sigue hablando así, no solo porque no espero ese vocabulario por su parte, sino porque muy a mi pesar, me pone cachonda que hable así.
Decidida a calmarme y perder los sentidos, me sirvo una copa de vino blanco, con el tiempo que llevo sin beber no tardará en hacer efecto.
El problema es que esa primera copa lleva a una segunda, el vino está delicioso, pierdo algo más que los sentidos, pierdo los recuerdos de esta noche y la voluntad.