( Capítulo 4: Los rumores y la certeza de un amor ciego y Cuando el río suena es por que piedras trae )

1029 Words
Una tarde tranquila de abril, Marian disfrutaba de una copa de vino mientras la voz de Ricardo Montaner llenaba la sala con una de sus canciones favoritas. Era un fin de semana diferente; sus hijos estaban de vacaciones con su madre, y Antonio, su esposo, aún no regresaba de su viaje de trabajo. El reloj marcaba casi las seis de la tarde cuando un repentino toque en la puerta interrumpió su paz. Se levantó del comedor, donde estaba deleitándose con la música, y al mirar por el ojo mágico vio a su mejor amiga y confidente, Luz Guerrero. Luz era una mujer de piel blanca y cabello oscuro, más baja que Marian, quien calculaba que medía aproximadamente 1.68 metros y pesaba unos 70 kilos. Con su figura bien proporcionada, especialmente su trasero, siempre llamaba la atención. Era la única amiga verdadera de Marian, alguien que, a pesar de sus propios problemas, siempre estaba allí para ella. Marian abrió la puerta con una gran sonrisa. —Hola, fea. —Hola, mi fea favorita. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no me has llamado? Solo habían pasado dos días sin hablar, pero Luz ya estaba reclamándole con cariño. —Mami, he estado full con lo del salón y la escuela de los niños. Pero mira, ¿por qué tú no has ido al salón, ingrata? Marian rió mientras le pasaba una copa de vino, invitándola a sentarse como tantas otras veces. Luz aceptó con gusto, y entre risas y charlas, el ambiente se llenó de complicidad. --- El rumor Entre sorbos de vino y anécdotas, Luz bajó el tono y, con una expresión seria, dijo: —Mari, tengo que decirte algo que escuché, pero no sé si creerlo. Marian, intrigada, se levantó para buscar algo de comer mientras le respondía: —Dime, mi reina. Luz vaciló un momento antes de hablar. —Me encontré con Irma, la que trabajó conmigo en Traki, y me dijo que vio a Antonio en Farmatodo con una mujer embarazada. Marian se detuvo un instante, procesando lo que acababa de escuchar. Con una leve sonrisa incrédula, respondió: —¿Fea, tú crees que Antonio me sea infiel? Tenemos años juntos, y nunca lo he agarrado en nada. Quién sabe quién sería esa señora, tal vez una clienta o una familiar. Luz se encogió de hombros mientras cambiaba la música por una de Marco Antonio Solís. —Mami, no importa lo que yo crea. Solo repito un chisme de una conocida. No puedo asegurar algo que no he visto con mis propios ojos. Marian no podía enojarse con ella por algo así. —Olvidemos eso, mi hermana. Qué bueno que viniste, mis fines de semana son aburridos desde que los niños no están y Antonio siempre está viajando. Luz, mirándola fijamente, preguntó con un tono más serio: —Mari, ¿no te parece raro que tu esposo casi nunca esté en casa? Marian lo pensó por un momento, pero su respuesta fue firme: —No tengo motivos para dudar de Antonio. Tú sabes que no me dejo llevar por chismes ni habladurías. En eso, Luz sabía que Marian decía la verdad. Era una mujer reservada, con pocas amistades, y su única confidente era ella. —Bueno, mami, entonces olvidemos eso. Con ese comentario, dejaron atrás el tema y continuaron la tarde entre risas, música y charlas, hasta que el reloj marcó las diez de la noche y el sonido del auto de Antonio anunció su llegada. --- La llegada de Antonio Antonio entró con un jarrón en la mano, una costumbre suya cada vez que regresaba de viaje. Marian, algo mareada por el vino, se levantó del sofá con una sonrisa y lo saludó cariñosa. —Hola, mi chocolate. ¿Cómo te fue? Él le devolvió una sonrisa mientras le mostraba el jarrón. —Bien, mi princesa hermosa, gracias a Dios. Mira lo que te traje. Hola, Luz, ¿cómo estás? —Hola, bien. Aquí tomando vino con tu mujer, como siempre. Antonio rió y preguntó: —¿Y qué hay de comer? Traigo mucha hambre. Marian le ofreció lasaña que había sobrado de la cena con Luz. Mientras él comía en el comedor, Marian decidió mencionar el rumor de forma despreocupada. —Amor, adivina lo que le contaron a Luz. Antonio, tranquilo, levantó la mirada con curiosidad. —Dime, mi reina. —Le dijeron que te vieron en Farmatodo con una mujer embarazada y que creyeron que era tu amante. ¿Qué te parece? Por un momento, Antonio dejó de comer. Su reacción fue completamente calmada, casi ensayada. —Seguro me vieron con la esposa de Gerardo. Le di un aventón hace unos días, mi niña. Marian lo miró, convencida por la naturalidad de su respuesta. —Eso mismo dije yo. Lo más seguro es que era una clienta o algo así. —Claro, mami. La gente ve lo que quiere ver. Con una expresión de triunfo, Marian miró a Luz. —¿Ves, fea? Por eso a veces es mejor no dejarse llevar por los comentarios de las personas. Luz levantó las manos en señal de defensa. —Yo no dije que lo creyera. Solo comenté lo que escuché. Antonio, no creas que vine a envenenar a Mari. Antonio sonrió y respondió con calma: —Tranquila, Luz, lo sé. Pero ya sabes que no hay ninguna otra mujer para mí que no sea esta india. Señaló a Marian, quien sonrió satisfecha, segura de la sinceridad de su esposo. --- La ilusión del amor Horas después, Antonio y Marian llevaron a Luz a su casa, que quedaba a unas cuadras. De regreso, ya solos, Marian acarició la rodilla de Antonio y le susurró con un tono juguetón: —Esta noche quiero que me ames como nunca, para recordarme que soy tu única mujer. Antonio respondió con una mirada intensa. Al llegar a casa, entre besos y caricias, Marian sintió que Antonio volvía a confirmar su amor por ella. Se sentía única, especial, e irónicamente, segura. Sin saberlo, cada gesto de Antonio era una daga que él clavaba con cuidado en el corazón de Marian, manteniéndola en una ilusión que ella no estaba lista para enfrentar.
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